El nacimiento de la palabra guerra. Adiós Heba Abu Nada
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El mundo dividido por la ONU de contabilizar 51 países, ahora registra 195 en una lista sí se incluye Palestina, país no reconocido por algunos de los miembros de la ONU, entre los que figura su agresor sistemático: Israel
Una palabra no nace en el ámbito académico donde se sientan hombres -y ahora algunas mujeres-, para discurrir sobre la pertinencia o no de alguna voz. Las palabras son paridas en el mundo pleno: en el desierto, en las calles de pueblos, en la selva, en la convivencia festiva, en las charlas dentro de una casa, y también, en las zonas donde no se convive, es decir, en las zonas donde se pelea.
El origen de la guerra es siempre, por más que se busque ocultar, el control político de un territorio, de su población y de sus recursos naturales, sobre todo de sus pobladores, ya que son quienes pueden usar o no los recursos allí contenidos en disputa.
El vocablo guerra proviene del germánico werra, que significa desorden, querella, pelea o enojo y dio origen en inglés a la palabra war, y en alemán a wirren, que significa disturbios y también en francés a la voz guerre.
Como bien escribiese la multifacética filósofa y ensayista Susan Sontag: “la guerra ha sido la norma, y la paz, la excepción”. Es la historia de la humanidad, ¿cómo podría ser de otro modo si los poderes políticos y económicos (una cúpula ínfima) deciden cómo atender los asuntos de las ciudades o poblados para no perder poder, conservarlo o tomarlo. Así dijo claramente el militar Karl von Clausewitz, sobre la guerra: “es la continuación de la política por otros medios”.
Como se ve, la guerra es un instrumento político de un grupo, organización o nación que impacta, aniquila o norma la forma en la que se comportan quienes habitan y usan el territorio en cuestión.
Ahondemos un poco: la ausencia de una guerra declarada oficialmente no implica la existencia de la paz, ya que la paz, para existir, requiere del respeto de los derechos humanos y de una dinámica social que garantice el tránsito seguro de todas y todos sus habitantes, entre algunos factores.
Apenas hace dos días, el 20 de octubre por la noche, la poeta y novelista Heba Abu Nada, autora de la novela El oxígeno no es para los muertos, publicó: “La noche en la ciudad es oscura, excepto por el brillo de los misiles; / silenciosa, excepto por el sonido del bombardeo;/ aterradora, excepto por la promesa tranquilizadora de la oración; / negra, excepto por la luz de los mártires. / Buenas noches”.
Así escribió antes de ser otra más de las asesinadas con los bombardeos que deja caer el Estado de Israel.
Y en México ¿podríamos decir que todavía hay territorios en guerra? ¿o cómo podría llamársele a este estado latente que explota por momentos en algunas zonas del país, ese que inició el 12 de diciembre de 2006 cuando ocurrieron los enfrentamientos entre el Ejército Mexicano con grupos armados de Michoacán y Guerrero?
Evidentemente, como escribiese Susan Sontag, la guerra es la norma, ya que en el planeta actualmente hay 58 guerras y conflictos activos mientras usted lee esta columna. La más difundida ahora es la guerra que Israel ha emprendido contra Palestina, la cual ha cobrado la vida de 6,896 personas. También permanece la guerra de Rusia hacia Ucrania con más de 70 mil pérdidas, así como la tercera guerra civil sudanesa con 11,501 muertes, el conflicto producto de la insurgencia en el Magreb que ha costado 11,075 vidas, la guerra de Birmania con 10,790 seres humanos muertos, y la guerra contra el narcotráfico presente en México con más de 5,726 vidas perdidas. Estos son solo algunos de los puntos de violencia activa en el planeta.
Así, el mundo dividido por la ONU de contabilizar 51 países, ahora registra 195 en una lista sí se incluye Palestina, país no reconocido por algunos de los miembros de la ONU, entre los que figura su agresor sistemático: Israel.
La guerra que ha derivado en epopeyas, novelas, películas, obras artísticas diversas y en la generación de nuestros dispositivos y herramientas tecnológicas, tiene un objetivo puntual: acabar con la otredad. La guerra es el rostro más oscuro de la humanidad. Y siempre habrá quién le quiera lavar la cara. Pero no importa, será siempre un rostro deforme, putrefacto.