Fauci en la picota
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Fauci tiene la desgracia de ser el moderno enemigo de clase al que todos odian, porque durante una pandemia devastadora, les dijo a los estadounidenses que llevaran mascarillas y se vacunaran, mientras Trump insinuaba la conveniencia de inyectarse desinfectante
Por Ian Buruma, Project Syndicate.
NUEVA YORK- Anthony Fauci ha tenido una larga y distinguida trayectoria como inmunólogo. Pero nadie lo diría a juzgar por su reciente comparecencia ante la Comisión de Seguridad Nacional y Asuntos Gubernamentales del Senado de los Estados Unidos, donde el exdirector del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (1984‑2022), ex asesor médico principal de la presidencia (2021‑22), figura fundamental del desarrollo de los tratamientos contra el VIH/sida y líder de la respuesta de Estados Unidos a la pandemia de COVID‑19 fue blanco de ataques gratuitos de los senadores republicanos.
La combativa sesión estuvo centrada en los orígenes del coronavirus. Fauci cree que el virus se originó en animales, de donde pasó a los seres humanos. Pero sus críticos (en particular, el senador republicano Rand Paul, exoftalmólogo) sostienen que escapó del Instituto de Virología de Wuhan (China), donde se hacían investigaciones experimentales parcialmente subvencionadas por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos a través de una organización sin fines de lucro intermediaria. Cada lado acusa al otro de mentir.
Paul, como parte de una investigación más amplia, publicó una serie de entradas del diario de Fauci correspondientes a este período. Se aprecia en ellas cierto placer por haberse convertido en una figura con fama nacional (lo cual es plenamente humano). Además, Fauci hacía frente a un virus del que al principio se sabía muy poco, y es posible que haya dado consejos que más tarde tuvieron que revisarse. No tiene por ello ninguna culpa: así funciona la ciencia.
Puede ser que a veces Fauci se mostrara demasiado seguro de sí mismo. Tal vez fuera un poco vanidoso. Pero nada justifica la conducta de los republicanos en la comparecencia. Puestos frente al doctor de 85 años, Paul y otros lo hicieron objeto de escarnio y le gritaron. El senador Josh Hawley (Misuri) dijo que era un “megalómano y mentiroso”, y luego lo acusó de usar la función pública en beneficio propio.
También sumó su voz al linchamiento verbal el senador Rick Scott (Florida): “Usted obligó a personas queridas a morir aisladas, destruyó la credibilidad del gobierno federal en materia de salud pública”. Y en sus observaciones finales, Paul conjeturó que tal vez Fauci se estaría preguntando “a altas horas de la noche” si sus acciones habían causado “la mayor plaga provocada por el hombre en la historia” y si “sus experimentos” habían causado millones de muertes.
Fauci estaba bien asesorado para no caer en la trampa de decir nada que pudiera incriminarlo, de modo que respondió a la andanada de insultos y preguntas capciosas con la misma declaración repetida más de cien veces: “Por consejo de mi abogado, me niego respetuosamente a responder, amparándome en mis derechos en virtud de la Quinta Enmienda de la Constitución”. Incluso invocó su derecho a no autoincriminarse cuando le preguntaron por el color de su corbata.
Por supuesto que los mecanismos de supervisión del Congreso son una herramienta de gobierno esencial, tal y como reconoció Fauci en su declaración inicial. Pero el grado de hostilidad lisa y llana con que lo trataron sus interlocutores fue extraordinario. Esto no fue mero teatro político; a Fauci lo pusieron en la picota. Es verdad que escribir su diario personal en una computadora perteneciente al Estado fue un acto imprudente, pero al exponer sus pensamientos privados al ridículo, los senadores republicanos lo sometieron a un intento de humillación pública.
Cabe preguntarse por qué la fundamentación científica de las vacunas (o del cambio climático) provoca semejante furia rabiosa a los populistas de derecha en todo el mundo. Vacunar a la población contra enfermedades contagiosas o tomar medidas para evitar que las olas de calor sigan destruyendo vidas no tiene nada que sea intrínsecamente de izquierda. Por supuesto, algunas personas se oponen a las vacunas por motivos religiosos. Pero quizá el problema tenga menos de científico que de clasista.
Lo que los populistas odian no es tanto la ciencia en sí cuanto a los científicos: personas dotadas de erudición que, sobre la base de su conocimiento superior, afirman que saben lo que nos conviene. Es una historia que viene de lejos. Ya desde la antigüedad, hechiceros, curanderos, jefes de aldea, mulás, rabinos y sacerdotes reaccionaban con violencia cuando personas que buscaban la verdad en otros sitios cuestionaban su autoridad. Son conflictos ideológicos que casi siempre han girado en torno a la cuestión de la autoridad: quién obtiene las cátedras universitarias, los premios, el estatus social y el poder político.
A partir del siglo XIX, los logros académicos ganaron importancia como fuente de estatus y poder, mientras que los orígenes familiares la perdieron. Aprendimos a confiar en los conocimientos especializados de médicos, profesores y abogados. En las democracias liberales gobiernan políticos electos, pero se asesoran con especialistas sobre las cuestiones de las que saben poco. De allí la abundancia de organismos formados por expertos encargados de orientar las decisiones de los legisladores. Al fin y al cabo, ¿cuántos políticos pueden declararse versados en ciencia climática o control de enfermedades?
Pero ahora vivimos en una época de reacción airada contra la autoridad de los expertos. Es bien sabido que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, no lee. Se jacta de confiar más en los instintos que en el intelecto. Muchos votaron por él, no a pesar de sus evidentes carencias intelectuales, sino precisamente por ellas. Odia y desconfía de los expertos tanto como lo hacen sus seguidores.
Los ataques a las universidades (cuyo profesorado, hay que admitirlo, a veces se ha comportado con la arrogancia típica de las élites privilegiadas) es parte de esta guerra de clases. Igual que el esfuerzo concertado por menoscabar o expulsar a los expertos encargados de ayudar a los funcionarios electos a gobernar con eficacia. El asalto de la administración MAGA al “Estado profundo” es en realidad un intento de destruir organismos públicos poseedores de experiencia práctica y conocimientos institucionales vitales.
Fauci tiene la desgracia de ser el moderno enemigo de clase al que todos odian, porque durante una pandemia devastadora, les dijo a los estadounidenses que llevaran mascarillas y se vacunaran, mientras Trump insinuaba la conveniencia de inyectarse desinfectante. Por eso los senadores republicanos citaron a Fauci a comparecer ante ellos: para poder lanzarle (y con él, a cualquier experto con presencia pública) huevos podridos frente a las cámaras. Copyright: Project Syndicate, 2026
Ian Buruma es autor de numerosos libros, entre ellos Year Zero: A History of 1945 (Penguin Books, 2014), The Collaborators: Three Stories of Deception and Survival in World War II (Penguin Press, 2023) y el más reciente Spinoza: Freedom’s Messiah (Yale University Press, 2024).