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Hace años –al parecer, desde que me nació la razón y la conciencia y gracias a Dios fue a temprana edad–, me niego a creer sermones católicos, cristianos o de otro tipo de índole religiosa. Soy un hombre de fe... basada en la razón. De aquí entonces que buscando y hurgando en mi muy personal conocimiento, trato de encontrar y renovar mi fe todo el tiempo. Y no, no creo sea una fe personal la cual me he cocido a la medida.
Y lo anterior, cuando di grandes pasos en este aspecto, fue cuando entré al Instituto Seglar Fray Juan de Larios a cursar estudios serios de Teología. Con la muerte de don Antonio Usabiaga, para mi desgracia, me alejé del Instituto y de sus aulas. Mis estudios de clase están interrumpidos momentáneamente. Pero no olvidados, y claro, me he seguido preparando mediante mi formación personal.
Decía que en esta búsqueda personal que emprendí desde mis mocedades, fui lo mismo con testigos de Jehová –de los cuales, cuando dejé de ir a sus reuniones, hubo una comisión creada ex profeso que me visitó en mi residencia, amenazándome de las calamidades que se abatirían sobre mi patética humanidad, todo por obra y venganza de Jehová. En fin, amenazas de ellos, no de Dios–, que a un templo brahmán; fui también con metodistas, bautistas y otros hermanos, donde este escritor aporreaba con singular alegría el pandero y otros instrumentos de percusión.
Todo lo anterior viene a cuento por lo siguiente: cuando al humano le hace falta razón y entendimiento (“sesera”, decía mi padre, señalándose con el dedo índice de su mano derecha esa parte del cuerpo que los humanos usamos poco), conocimientos y reflexión, todo lo convierte en magia, superchería, encantamientos y demás bisutería de la cual está plagada no sólo la Iglesia católica, sino casi todas las religiones y sectas.
En el año 2010, cuando ya era papa Joseph Ratzinger, en su discurso de Año Nuevo, este dijo a la letra: “Sólo contemplando el misterio del verbo encarnado, el hombre puede encontrar la respuesta a las grandes interrogativas de la existencia humana y descubrir la verdad sobre su propia identidad”. ¿Ya no lo notó el lector? Retórica, palabrería huera; poco o nada de sustancia, pedrería de fantasía. Pero, otra cosa son los libros salidos de su inagotable pluma. No los tengo todos, pero si una buena parte de ellos los cuales ahora se agigantan por su muerte. Y sí, me ha podido su muerte, la muerte de un teólogo, de un intelectual de altos vuelos como lo fue él.
En su momento, lo dijo el poeta y filósofo ibérico Antonio Machado: “Hay que combatir el catolicismo”. Y una declaración no menos fuerte: “El catolicismo nos hace pasivos”. Pasivos, “contemplativos” dijo el Papa en su momento; de aquí entonces que el catolicismo lleva lustros inoculándose a sí mismos las células madres de su propio aniquilamiento y desaparición. Más con ese papa que no me cae nada, el argentino Francisco.
Esquina-bajan
Con la muerte del papa Benedicto XVI, la cual insisto me ha dolido, habría que hacer una profunda reflexión sobre las bondades del catolicismo y su papel cotidiano en el mundo convulso de hoy. Habría que revisar su posición en temas candentes como el celibato, el triste papel al que está condenada la mujer en sus ritos y misterios y en fin, cuál es su apuesta en este milenio que se deteriora a pasos agigantados al cual han llegado desprestigiados. No tienen consuelo ni esperanza, menos ayuda para los jodidos. Que son legión.
Uno de los libros que he tomado al azar de mi librero donde anidan los libros del intelectual Ratzinger es “Nadar Contra Corriente”, el libro de entrevistas donde se muestra, según el subtítulo, al “papa más sincero y más íntimo”. Es un volumen de conversaciones realizadas con Joseph Ratzinger, el papa Benedicto XVI. La edición corrió a cargo de José Pedro Manglano para editorial Planeta.
El volumen tiene más de 300 páginas, pero se deja leer en una o dos sentadas. Las respuestas del teólogo alemán son rápidas y ágiles a periodistas, la mayoría de ellos, especializados en el tema. Es decir, medios de comunicación católicos: revistas, radio, televisión, quienes cubren cotidianamente la vida y obra del Papa, los cardenales y los obispos en Roma y sus viajes alrededor del mundo. Aunque las preguntas no son sencillas, tampoco lo cuestionan a fondo, para decirlo claramente. Pero, insisto, el libro se deja leer y se disfruta en dos o tres sentadas en el mullido sillón de lectura, café amargo y fuerte de por medio.
Uno de los temas, de entre decenas de ellos que merecen atención hoy, fue el del resurgimiento del paganismo, la magia, la superchería, el espiritismo y toda suerte de charlatanería que domina al mundo entero. Joseph Ratzinger sabe de lo que habla. Lo repite en las entrevistas una y otra vez y habla fuerte y rudo al respecto. La Iglesia católica lucha entonces contra esto y nada contra corriente. Asistimos, dijo el intelectual y teólogo, a la “hora de tentación pagana profunda.”
Letras minúsculas
Hay mínimo 100 brujos por cada 3 mil 500 ciudadanos en México. Según la Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología en México (Conacyt y el Inegi), 83.6 por ciento de los mexicanos reconocen confiar más en la fe y “poco en la ciencia”. Así nos va.