Historia de un abrigo de mink

Opinión
/ 2 septiembre 2021

Oscar Wilde es autor de una extraña teoría: no es el arte el que copia a la naturaleza; es la naturaleza la que copia al arte. Afirma con toda seriedad el escritor que jamás se habían visto en Inglaterra crepúsculos hermosos hasta que Turner pintó los suyos y la naturaleza comenzó a imitarlos.

En esa misma línea de ideas muy bien podría decirse que no es la literatura la que copia a la vida, sino la vida la que copia a la literatura. Guy de Maupassant tiene un hermoso y triste cuento. Trata de una muchacha de condición modesta cuyo esposo es invitado a una fiesta en casa de su rico empleador. Ella, pensando en el bien de su marido, le pide a una amiga de fortuna que le preste un collar a fin de lucirlo en el sarao. Al regresar a su casa se da cuenta de que lo ha perdido. El esposo busca uno igual en una joyería de lujo y lo compra a crédito fin de que su mujer pueda devolver la prenda. Dos, tres años, viven en la penuria, pues la mayor parte del sueldo que gana él se les va en pagar los carísimos abonos de la joya. Pasa el tiempo, y un día la muchacha le cuenta a su amiga lo que había sucedido. Ella le revela que el collar era de fantasía: le había costado unos cuantos francos. El collar que la amiga pobre le había devuelto lo regaló a una criada creyéndolo baratija.

Con esta historia tiene cierto parecido otra que hace unos días escuché, sacada de la vida real. Sucede que una señora se pasó varios años ahorrando en secreto, pues la ilusión de su vida era tener un abrigo de mink. Del gasto de la casa apartaba algunos pesos cada día y los guardaba.

Finalmente logró reunir la cantidad necesaria para comprar aquel valioso abrigo. Pero ¿cómo justificar la adquisición ante su esposo? Se le ocurrió una idea: después de comprarlo fue al Monte de Piedad y lo empeñó. El empleado del montepío se asombró cuando ella le pidó que le fijara a la prenda un valor muy bajo. Luego, de regreso en su casa, le dijo a su marido:

-Encontré tirada en la calle esta boleta de empeño. Parece que todavía está vigente. Ve y rescata la prenda, a ver qué es.

Al día siguiente fue el hombre al Monte de Piedad. Volvió y dijo a su esposa:

-Aquí tienes la prenda que amparaba la boleta que te hallaste.

Y le entregó un viejo abrigo, corriente y desgastado.

Nada pudo decir ella, por supuesto. Se habría traicionado; habrían salido a la luz a la luz su mentira y sus robos domésticos. Así, guardó silencio. Llora, sí, cuando no está su marido, y se pregunta qué fue del hermoso abrigo de mink que compró con tanto sacrificio y que jamás pudo lucir.

Yo sé dónde está el abrigo: lo luce ahora la joven secretaria de su esposo. Fue el regalo que él le dio a cambio del que le dio ella, regalo largamente regateado, pero que un abrigo de mink pudo por fin lograr. Para su esposa compró en una pulga un abrigo usado. Yo le contaría eso a la señora. Si no se lo cuento es por caridad, por no aumentar su pena.

Qué extraña historia ésta, ¿verdad? No acierto a decir si es trágica o es cómica, y ni siquiera puedo proponer una moraleja para ella, pues no soy moralista. Soy sólo alguien que cuenta historias que le han contado a él.

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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