La acción de la inacción
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Todos los días dos hombres esperan al lado de un árbol la llegada de un tercer personaje llamado Godot. Todos los días Godot informa a través de un mensajero que no podrá asistir, aunque quizás mañana lo haga. Es imprudente en esta época revelar spoilers de cualquier cosa, pero me arriesgo en esta ocasión, pues Esperando a Godot es la obra más conocida de Samuel Beckett, así que probablemente algunos ya conozcan la trama. Por otro lado, revelar la trama de la obra en este caso no hace prácticamente ningún daño, pues no son los acontecimientos los que dictan el significado de la obra, y aunque eso no parezca tener mucho sentido en cualquier otro tipo de obra de teatro, aquí sí lo tiene, pues estamos hablando de teatro del absurdo.
El teatro del absurdo es el nombre que recibe una corriente de teatro escrito y representado por primera vez en el periodo de 1940 a 1960, principalmente en Europa y Estados Unidos. Se caracteriza por tramas circulares, estructuras de diálogo entre personajes que no se corresponden y una intensa sensación de existencialismo que a decir verdad no es nada sorprendente a juzgar por los años de su apogeo. No es casualidad que esta corriente teatral coincida con los años de desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y el posterior periodo de reconstrucción, como veremos más adelante. Tampoco se sorprenda si la obra del absurdo de su preferencia acaba omitiendo a personas o acontecimientos mencionados en el título, pues además de a Godot, seguimos esperando a la cantante calva.
Este tipo de teatro estimula mi capacidad de divagar sobre detalles aparentemente insignificantes, pero lo que realmente interesa en este momento, es el ataque deliberado que este tipo de obras hacen a la estructura dramática clásica. Si la “toda poderosa” acción dramática es considerada uno de los elementos intocables en el Teatro, en el teatro del absurdo vemos un muy interesante intento de tirarla por la borda. Volviendo al ejemplo de Esperando a Godot: si bien no podemos negar que la acción física, emocional y mental suceden durante toda la obra, esta acción no nos lleva a ningún lado. La estructura circular dota toda acción de un sin sentido que lleva al espectador a pensar que Vladimir y Estragón – nuestros personajes principales – bien podrían quedarse quietos, abandonarlo todo y parar de gastar la energía propia y de los otros. Y aunque esto parece la receta para una obra muy mala, en realidad se trata prácticamente de una obra de arte de su tiempo. Claro, eso contradice todo lo que se había venido diciendo acerca de los componentes de la obra de teatro “ideal”, pero tomemos en cuenta que uno de los ejes de crítica de la corriente es la dificultad para comunicarse, y eso se cumple magistralmente. Resulta que este tipo de teatro es especialmente eficaz en contextos en los que la realidad no se comporta de maneras especialmente sensatas. Quien sabe y por eso Esperando a Godot sigue siendo tan popular en nuestros días.
El nombre “teatro del absurdo” no viene solamente del sin-sentido aparente que permea a las obras, sino también del absurdo existencial. Albert Camus y Jean-Paul Sartre son considerados raíces del movimiento y si bien en ellos no vemos el nivel de desconexión a nivel de diálogo y la falta de referente con la realidad espacial y temporal que vemos más adelante en otros autores, ya notamos la incapacidad de explicar los acontecimientos por la razón y la falta de justificación de las acciones del hombre como temas centrales. Por favor, no vayamos al teatro del absurdo en busca de respuestas porque sólo obtendremos más preguntas.
Como la acción de los personajes no tiene razón de ser, entonces tampoco tiene dirección clara, así que descanse en paz aquella afirmación de que la acción dramática detonaba el movimiento y dirección de la historia. Los personajes del absurdo en realidad no están yendo a ningún lado. Sirva de evidencia el final de la famosa obra de Beckett:
Vladimir: ¿Qué? ¿Nos vamos?
Estragón: Vamos.
No se mueven.