La liminalidad del patrimonio
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“Siempre es levemente siniestro volver a los lugares que
han sido testigos de un instante de perfección”.
Ernesto Sábato
Los rituales generalmente se crean a partir de un suceso, es decir, se presenta un cambio en la vida y se llevan a cabo tradiciones o costumbres para celebrarlos o conmemorarlos. Es decir, se realiza el rito del bautismo para dar la bienvenida y nombrar oficialmente para la religión católica a la persona a quien se va a bautizar entonces pasa de un estado de pecado original a un estado de gracia. También hay rituales más cotidianos como los familiares o comunitarios que son parte de la vida de un grupo social y que se vuelven tradición, esto, de alguna manera permite la integración de la vida común y también fortalece la identidad individual y colectiva. El hecho de pasar de un estado a otro, es decir, de soltero a casado, de la infancia a la adultez, etcétera, la antropología lo denomina liminalidad. Este término tiene su origen en la voz del latín limen, que quiere decir umbral y este concepto se entiende como el estado de tránsito que se produce en ciertos ritos que comparten una estructura común en diversas culturas.
El concepto de espacio liminal, derivado de la antropología, alude a una condición de tránsito representada simbólicamente por la figura del umbral. Como es sabido cruzar un umbral tiene connotaciones no solamente físicas, sino también metafóricas, para el antropólogo Víctor Turner, el estado liminal, suele ir acompañado de marginalidad, desorientación e incomodidad por parte de quien atraviesa estos umbrales. El autor añade que estos estados generan mitos, símbolos, rituales, sistemas filosóficos y obras de arte.
Aunque recientemente el concepto ha ganado visibilidad en la cultura popular a partir de la película Backrooms, su desarrollo teórico se remonta a los estudios antropológicos de mediados del siglo XX.
Si trasladamos el concepto de la antropología a la arquitectura, y tomando como pretexto la película Backrooms, estos espacios liminales pueden ser definidos como lugares transitorios, (en el umbral), pasillos, salas de espera, plazas comerciales o salas de cines abandonadas, incluso aeropuertos o estacionamientos, lo que los hace ser espacios liminales es justamente esta atmósfera de incertidumbre, de marginalidad, de desorientación e incomodidad entremezclada con cierta nostalgia en algunos casos. Y no pude evitar preguntarme: ¿cuántas zonas de nuestro Centro Histórico son liminales?
Casas, edificios, espacios públicos, calles, banquetas o callejones atrapados entre el pasado y el futuro, abandonados en un eterno presente que se deteriora, se vuelve marginal, incierto, inseguro, incómodo hasta que se cae o lo tumban para convertirse nuevamente en otro espacio liminal vacío en muchos de los casos. Porque cuando un edificio histórico pierde los rituales que le daban vida y sentido, se queda suspendido entre la memoria y el olvido, está presente pero también ausente. Quizás resulte pertinente reflexionar algunos de nuestros espacios patrimoniales desde esta noción del umbral; cuando un edificio deja de cumplir con su función, cuando deja de almacenar memorias o cuando un espacio público deja de tener vida cotidiana que lo habite, no se esfuma, queda suspendido en un estado intermedio, atrapado entre la permanencia y la destrucción. En esa condición liminal, la arquitectura patrimonial se convierte en un testimonio de una transición que queda en un punto medio. El abandono y la destrucción de la arquitectura histórica, no solamente evidencia el deterioro, sino también la fragilidad de los vínculos culturales que la sostienen. Me pregunto si por esa razón, los espacios liminales serán tan inquietantes, porque el patrimonio no se pierde únicamente cuando se derrumba un muro, sino cuando una comunidad deja de reconocerse en él.