La lógica estratégica de la carrera armamentística en torno a la IA

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Opinión
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Los drones y la IA están hechos el uno para el otro, y sus capacidades se están ampliando rápidamente a medida que evolucionan conjuntamente

Por Charles Ferguson, Project Syndicate.

SAN FRANCISCO- Ahora está claro que la revolución de la IA presagia una profunda reorganización de los factores determinantes del poder militar mundial. Para Estados Unidos y Europa, mucho dependerá de su capacidad para revertir el grave declive de sus sectores de defensa e industrial.

Aunque se observan algunas tendencias alentadoras, los posibles efectos de la IA sobre la seguridad colectiva de las democracias del mundo, así como sobre el control mundial de armamento, la no proliferación y los esfuerzos antiterroristas, son cada vez más preocupantes. El hecho de que el auge de la IA coincida con una transición hacia un mundo cada vez más caótico, que probablemente diferirá radicalmente de una era definida por la hegemonía estadounidense y las armas nucleares, amplifica aún más estos riesgos.

La llegada de las armas nucleares dio lugar a un elaborado régimen mundial liderado por Estados Unidos, diseñado para contener a la Unión Soviética, evitar la guerra nuclear y gestionar los arsenales atómicos. Este régimen incluía el paraguas nuclear estadounidense, la OTAN y los sistemas que regulaban el diseño, la producción, los ensayos, el despliegue y el uso de las armas nucleares. También abarcaba sistemas de inteligencia y de alerta temprana, el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), múltiples tratados de control de armamento entre EE. UU. y la Unión Soviética y mecanismos de verificación, así como controles de exportación, entre los que destaca el Régimen de Control de la Tecnología de Misiles. Todo ello se sustentaba en una amplia infraestructura dedicada al análisis de políticas estratégicas.

Aunque imperfecto, este régimen resultó ser un éxito notable: la proliferación nuclear se mantuvo limitada, no estallaron guerras directas entre potencias nucleares y no se han detonado armas nucleares (salvo en ensayos) desde 1945. Sin embargo, ese orden se ha ido desmoronando gradualmente a medida que Occidente declina y China asciende, lo que ha dado lugar a una distribución cada vez más anárquica del poder militar entre numerosos países e incluso empresas privadas. Las consecuencias ya son visibles en el retraso de Occidente en cuanto a capacidades de combate basadas en la inteligencia artificial (IA), en los débiles controles de exportación y en la insuficiencia de las normativas de seguridad relacionadas con la IA.

A lo largo de las últimas décadas, los aparatos de defensa tanto de Estados Unidos como de Europa se han vuelto rígidos, lentos y lamentablemente desconectados de la realidad. Las Fuerzas Armadas de EE. UU. y sus principales contratistas siguen dependiendo en gran medida de sistemas tripulados por personas, enormemente caros y extremadamente vulnerables: aviones, buques, tanques, portaaviones y submarinos. Incluso los misiles individuales cuestan millones de dólares, y solo se producen cientos o miles de cada tipo al año.

Dado que los mercados comerciales de gran volumen impulsan cada vez más el rendimiento tanto económico como militar, Estados Unidos se ha quedado muy por detrás de China y otros países en sectores críticos como la fabricación aditiva, los semiconductores, la robótica, los drones, los ordenadores personales, los teléfonos móviles y las baterías. Como resultado, las armas estadounidenses suelen ser órdenes de magnitud más caras que los sistemas contra los que están diseñadas para atacar o defenderse. A estos problemas se suman la inestabilidad y la disfunción de la política estadounidense, que afectan cada vez más a la adquisición de material de defensa y a la política de EE. UU. hacia Irán, China, Rusia y Ucrania.

Se observan dinámicas similares en Europa, especialmente en las disputas internas sobre Ucrania y la cooperación en el sector de la defensa. Al mismo tiempo, el creciente poder político del sector tecnológico ha debilitado los esfuerzos de seguridad occidentales, sobre todo al socavar los controles de exportación a China, erosionar el régimen de sanciones a Rusia e impedir importantes iniciativas gubernamentales de investigación y desarrollo en materia de inteligencia artificial.

A menos que se produzcan cambios drásticos en el comportamiento de EE. UU. y Europa, el equilibrio de poder mundial podría inclinarse rápidamente a favor de China y otros países innovadores, a medida que la integración de la IA, los drones y los robots dé lugar a nuevas formas de poder militar. Las guerras en Irán y Ucrania ofrecen un primer atisbo de esta realidad emergente.

LA REVOLUVIÓN DE LOS DRONES QUE NO SE PRODUJO

En 2015, la administración del presidente estadounidense Barack Obama negoció el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), imperfecto pero significativo, que limitó drásticamente el programa nuclear de Irán y garantizó una resolución posterior del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que restringía las actividades de Irán en materia de misiles balísticos. Sin embargo, la primera administración Trump abandonó el PAJA, restableciendo las sanciones y dando vía libre a Irán para reanudar el desarrollo tanto de armas nucleares como de armas convencionales, y la administración de Joe Biden agravó el problema al permitir que Irán se acercara al umbral de la capacidad de armas nucleares y desarrollara drones avanzados. La administración Biden tampoco logró modernizar las Fuerzas Armadas de EE. UU. en respuesta al auge de los drones y la IA, incluso después de que la guerra entre Rusia y Ucrania y el rápido ritmo de desarrollo comercial de la IA pusieran de relieve la urgencia de hacerlo.

$!Militares ucranianos de la brigada Khartia lanzan un dron hacia posiciones rusas en la línea del frente en la región de Kharkov, Ucrania, el 20 de mayo de 2026.

Cuando la segunda administración Trump atacó a Irán, se basó, por tanto, en un aparato militar construido en torno a armas cada vez más obsoletas y lastrado por una coordinación inadecuada con Ucrania, un aliado potencialmente vital. Como resultado, EE. UU. carecía de capacidades críticas, entre ellas fuerzas a gran escala de drones y antidrones basados en la IA, y acabó perdiendo una guerra que debería haber ganado.

Algunos observadores han argumentado que la guerra de Irán demuestra que la nueva era de la guerra con drones favorece intrínsecamente a los países más pequeños y menos avanzados tecnológicamente frente a las grandes potencias. Esto es rotundamente erróneo, y una ilusión peligrosa. Al igual que el fragmentado sector de Internet fue sustituido por unas pocas empresas gigantes, también la guerra con drones en sus inicios está siendo transformada rápidamente por enormes fuerzas de drones controladas por modelos militares de IA que se apoyan en centros de datos masivos. En igualdad de condiciones, la IA favorece claramente a las grandes potencias frente a sus rivales más pequeños. Sin embargo, y no menos importante, la era de la IA también premia a los innovadores flexibles y penaliza a los ejércitos tradicionales obsoletos.

Lo que el fiasco de Irán demuestra realmente, por lo tanto, es que el ejército estadounidense se ve cada vez más paralizado por su propia obsolescencia. En este sentido, Estados Unidos guarda un parecido sorprendente con Rusia, cuya incapacidad para derrotar a Ucrania refleja de manera similar una profunda disfunción institucional ante la revolución de los drones con IA.

El cambio ya era evidente en 2024, cuando quedó claro en Ucrania que los drones dominarían las guerras futuras y que la dependencia occidental de una industria global de drones dominada por China y otros adversarios potenciales planteaba importantes riesgos estratégicos. La guerra también puso de manifiesto que una guerra con drones eficaz requiere tanto sistemas avanzados de IA como una retroalimentación en tiempo real entre las unidades de combate y unas industrias de IA y drones altamente reactivas.

Ante esta profunda disrupción, Estados Unidos y Europa podrían (y deberían) haber puesto en marcha un esfuerzo urgente para construir una industria occidental de drones estrechamente integrada con las capacidades de IA y las unidades de combate de primera línea. En preparación para posibles conflictos con Irán y China, las bases aéreas estadounidenses y los grupos de combate de portaaviones podrían haberse transformado en plataformas de última generación capaces de desplegar decenas de miles de drones, con el apoyo de centros de datos especializados, I+D en tiempo real y capacidad de producción de emergencia.

Con este fin, las fábricas de drones de Taiwán, Japón y Corea del Sur podrían haber aportado una capacidad fundamental para protegerse contra el riesgo de un ataque chino a Taiwán. Medidas similares podrían haber reforzado a la OTAN y a las fuerzas estadounidenses en Oriente Medio, mientras que los programas militares de IA podrían haberse entrenado con datos del campo de batalla de Ucrania, acelerando el desarrollo de sofisticadas capacidades ofensivas y defensivas con drones.

De haberse tomado esas medidas, es probable que la guerra con Irán se hubiera desarrollado de forma muy diferente. Estados Unidos podría haber desplegado decenas de miles de drones coordinados y equipados con IA al día, cubriendo el litoral iraní, los depósitos de armas, las fábricas de drones, las bases de lanzamiento y las instalaciones nucleares. Esto, a su vez, habría permitido a Estados Unidos localizar y destruir muchos más activos militares iraníes, incluidas lanchas rápidas, drones y lanzamisiles móviles.

La mayoría de los ataques iraníes, ya fueran llevados a cabo por drones o por personas, habrían sido detectados y neutralizados en tiempo real, enfrentándose a las mismas probabilidades casi suicidas que las tropas rusas que atacan en Ucrania. Mientras tanto, enormes “muros de drones”, cada uno compuesto por miles de drones coordinados, podrían haber protegido a las fuerzas estadounidenses, las infraestructuras del Golfo y el transporte marítimo comercial. En tales condiciones, EE. UU. podría haber neutralizado o destruido la mayor parte de los activos militares de Irán, salvaguardado las instalaciones de petróleo y gas del Golfo y, posiblemente, mantenido abierto el estrecho de Ormuz durante toda la guerra.

LECCIONES DE UCRANIA

Este escenario puede parecer descabellado, pero la guerra de Ucrania ha demostrado que es totalmente factible. Ucrania, con una población de 40 millones de habitantes, ya produce y utiliza entre 10 mil y 20 mil drones al día, y está ampliando rápidamente su producción. Aunque Rusia también produce ahora drones en masa, sigue siendo rehén de unas instituciones obsoletas plagadas de incompetencia y corrupción. Ucrania, por el contrario, cuenta con un ecosistema de startups extraordinariamente dinámico, ingenieros de talla mundial y las fuerzas de drones más sofisticadas del mundo. Los ciclos de producto se miden ahora en semanas, ya que los fabricantes de drones y software, vinculados directamente a las unidades de combate en primera línea, se adaptan continuamente a los avances en inteligencia artificial y a las condiciones cambiantes del campo de batalla.

$!En la imagen se observa el humo que sale de un edificio dañado tras un ataque con drones ucranianos en las afueras de Moscú el jueves 18 de junio de 2026.

Durante la fase inicial de la guerra, principalmente convencional, en 2022-23, la mayoría de las bajas fueron causadas por la artillería y las bombas; menos de un tercio de las bajas fueron mortales, y las bajas rusas superaron a las ucranianas en una proporción de dos o tres a uno. Hoy en día, los drones son responsables del 70-80 % de todas las bajas rusas, de las cuales más de la mitad son mortales. Un inversor del sector de la defensa ucraniano me ha comentado en privado que las bajas rusas superan ahora con creces a las de Ucrania.

La magnitud de la guerra con drones de Ucrania es asombrosa. En 2025, Ucrania llevó a cabo más de 800 000 ataques con drones que tuvieron éxito, un tercio de los cuales se dirigieron contra personal ruso y el resto contra armas, vehículos y edificios. El ritmo de los ataques con drones de Ucrania ha seguido aumentando considerablemente; solo en mayo de 2026, Ucrania alcanzó 180 mil objetivos militares rusos, lo que supone un incremento del 12 % con respecto al mes anterior. Rusia está perdiendo ahora 35 mil soldados al mes y solo recluta a unos 29 mil. Dado que el reenganche es ahora, por decirlo suavemente, difícil de vender, el ejército ruso se está reduciendo.

Con la excepción de los ataques con misiles balísticos de Rusia contra ciudades, Ucrania se está defendiendo con eficacia, utilizando “muros de drones” que coordinan miles de drones de reconocimiento, detección y kamikaze, cada vez más controlados por IA, así como guerra electrónica. La línea del frente se ha convertido en una “zona gris” dominada por drones, de 20 millas de ancho, donde la esperanza de vida humana suele medirse en minutos.

Mientras que los drones ucranianos de medio alcanceparalizan la logística militar rusa, los drones de mayor alcance, capaces de atacar objetivos a una distancia de hasta mil millas, están deteriorando progresivamente la industria petrolera, el ejército, el sector de la defensa y otros activos estratégicos de Rusia, lo que obliga a imponer racionamientos y prohibiciones de exportación de gasolina y combustible para aviones. La selección de objetivos por parte de Ucrania depende en gran medida de la IA: los objetivos se identifican casi en tiempo real utilizando imágenes de satélite y grabaciones de vídeo procedentes de drones, cámaras de CCTV pirateadas y teléfonos móviles. Como resultado, a pesar de su población, economía y ejército mucho más numerosos, Rusia ya no puede avanzar y podría estar perdiendo territorio.

Sin embargo, Ucrania está imponiéndose únicamente debido a la incompetencia de Rusia y a su tecnología de IA inferior frente al ingenio ucraniano. Lo mismo ocurre con el empate o la victoria estratégica de Irán frente a EE. UU. Si EE. UU. hubiera modernizado su ejército, podría haber aprovechado la sofisticación y la escala mucho mayores de las que dispone como la mayor economía del mundo y el ecosistema de IA más avanzado. Pero hacerlo habría requerido un ejército de última generación capaz de producir y desplegar decenas o incluso cientos de miles de drones con IA al día, potencialmente millones a lo largo de la guerra, respaldados por un sistema de selección de objetivos en tiempo real basado en la IA.

Ni Estados Unidos ni Europa pueden alcanzar actualmente nada que se acerque ni remotamente a esto. En diciembre de 2025, solo tres meses antes de que comenzara la guerra con Irán, el Departamento de Defensa de EE. UU. publicó un plan de «dominio de los drones» destinado a aumentar la producción de drones militares hasta las 300 mil unidades para 2027, aproximadamente una vigésima parte de la producción ucraniana.

La diferencia resulta aún más llamativa si se compara con China. Se prevé que los fabricantes chinos produzcan entre 8 y 15 millones de drones este año (Ucrania espera producir diez millones este año, según una reciente declaración del presidente Volodymyr Zelensky). China también está desarrollando enjambres de drones militares y es líder mundial en software de control de enjambres. Varias empresas chinas compiten entre sí produciendo espectáculos a gran escala, algunos de los cuales han superado recientemente los 30 mil drones coordinados.

Estados Unidos, por el contrario, sigue estando lamentablemente mal preparado. Sus primeros drones embarcados en portaaviones no recibieron la autorización para una producción inicial a baja escala hasta el mes de mayo. Los sistemas de control de drones del ejército estadounidense están igualmente atrasados, incapaces de gestionar grandes murallas de drones, enjambres o ataques por fases. Israel, que en su día fue líder en tecnología militar, también se ha quedado atrás.

Pero la lección más importante que se extrae de Irán y Ucrania va más allá de los propios drones. Lo que revelan es un cambio más profundo: la IA se está convirtiendo en un elemento central de la guerra y el poder militar.

“HARD POWER” AUTOMIZADO

Los drones y la IA están hechos el uno para el otro, y sus capacidades se están ampliando rápidamente a medida que evolucionan conjuntamente. En poco tiempo, coches, camiones, barcos, aviones, submarinos, torpedos, robots humanoides y tanques se convertirán en drones controlados por IA. Incluso las minas, los misiles, los radares, los fusiles, las bombas y los proyectiles de artillería incorporarán IA; algunos ya lo hacen.

Esta transformación se debe a cuatro factores. El primero es la complejidad: ningún ser humano, organización o sistema informático tradicional puede gestionar el despliegue de cientos de miles de armas al día, sobre todo en medio de la confusión de la guerra. El segundo es la eficacia, ya que los sistemas de IA ya han superado tanto a los humanos como al software tradicional a la hora de orientarse en el terreno, identificar objetivos y eludir las defensas.

Un tercer factor es el tiempo de respuesta. La guerra con misiles, láseres y drones exige tiempos de reacción que superan con creces las capacidades humanas. Un ataque de 10 MIL drones equipados con IA o misiles hipersónicos solo puede contrarrestarse con defensas basadas en la IA.

Por último, la caída de los costos de los semiconductores y el aumento de la potencia de procesamiento están haciendo posible integrar potentes capacidades de IA en cada dron a bajo coste, lo que mejora considerablemente la eficacia de los drones al tiempo que reduce la dependencia de comunicaciones vulnerables a las interferencias.

Detrás de todas estas tendencias se esconde un hecho sencillo: las armas son ahora mucho más eficaces cuando no tienen que incluir a seres humanos. Los sistemas tripulados por humanos deben ser grandes, relativamente lentos, seguros de manejar y capaces de regresar a la base. Si se elimina al ser humano, las armas pueden ser más pequeñas, más rápidas, más baratas y desechables, y se pueden fabricar en cantidades mucho mayores.

Las generaciones anteriores de drones aún requerían un operador humano, que podía estar muy lejos pero que, no obstante, era esencial, lo que dificultaba el despliegue de formaciones de drones grandes y altamente coordinadas. La IA está eliminando progresivamente esa limitación. Como ha descubierto Rusia, ni las armas blindadas ni los soldados humanos pueden competir contra enjambres de drones equipados con IA.

Puede que el presidente Vladimir Putin esté dispuesto a sacrificar a cientos de miles de soldados rusos cada año, pero muchos otros gobiernos no lo estarán. En consecuencia, los sistemas basados en IA sustituirán cada vez más a los seres humanos en el campo de batalla. A medida que la IA siga avanzando, también lo hará el armamento basado en IA, incluidos los sistemas capaces de planificar y gestionar batallas y, con el tiempo, incluso guerras enteras.

GANADORES Y PERDEDORES DE LA GUERRA DE LA IA

Dejando de lado las armas nucleares, el poder militar en la era de los drones con IA dependerá de cuatro factores determinantes: la capacidad de fabricación de drones, las capacidades e infraestructuras de IA, el acceso a datos de entrenamiento y, quizá lo más importante, la capacidad política y organizativa para desplegar estos recursos de forma eficaz, incluso ante la resistencia de intereses arraigados de la industria, el ejército y el gobierno. Alcanzar el estatus de superpotencia en la era de la IA como prioridad exigirá inversiones masivas, comparables a las que se dedicaron a las infraestructuras de armas nucleares de EE. UU. y la Unión Soviética durante la Guerra Fría.

Dadas estas condiciones, China parece ser la beneficiaria más evidente de la revolución de los drones con IA. Cuenta con enormes recursos y menos limitaciones heredadas del pasado, domina la fabricación mundial de drones y su industria de la IA se está acercando a la paridad con la de EE. UU.

Si bien gran parte de ese progreso refleja el fracaso de larga data de los controles de exportación de EE. UU., y su elusión por parte de empresas estadounidenses y europeas, China cuenta ahora con un ecosistema tecnológico y de IA sólido y autosuficiente. Sin embargo, sigue adoleciendo de graves carencias en datos de entrenamiento de IA militar, en gran parte porque China no ha librado una guerra desde 1979. Aunque probablemente obtenga datos de Rusia, Irán y operaciones cibernéticas, esas fuentes son muy inferiores a los datos que poseen Ucrania, Estados Unidos e incluso Israel.

La futura posición de Estados Unidos frente a China sigue siendo una incógnita, dada su falta de una industria de drones competitiva, su anticuado sistema de defensa y su sector tecnológico, que antepone sus propios intereses. Pero Estados Unidos también conserva ventajas significativas: un ecosistema de IA líder a nivel mundial, una sólida cultura de startups, una amplia experiencia en combate y aliados potencialmente valiosos, especialmente Ucrania, con acceso a los mejores datos de entrenamiento de IA militar del mundo. Sin embargo, aún está por ver si el país será capaz de superar sus disfunciones internas.

Esto deja a dos claros perdedores en la era de los drones con IA: Europa Occidental y Rusia. Ambos adolecen de profundas debilidades estructurales. En Europa, estas incluyen un sistema de defensa obsoleto, una capacidad limitada de producción de drones y una posición en deterioro en la fabricación de alto volumen y alta tecnología. Aparte del Reino Unido, también cuenta con escasa experiencia reciente en combate y ocupa una posición débil, y quizá en empeoramiento, en materia de IA. Esas debilidades podrían dejar a Europa vulnerable frente a Rusia, que cuenta con una experiencia militar mucho mayor.

Dicho esto, Ucrania podría resultar ser el mayor activo de Europa si la Unión Europea y la OTAN la acogen. Ucrania está emergiendo rápidamente como líder mundial, no solo en el ámbito militar, sino también en el tecnológico, gracias a un ecosistema de startups extraordinariamente dinámico que cada vez se compara más con el de Israel.

Rusia, por el contrario, se encuentra en la peor posición de todas las grandes potencias, a pesar de su poderío militar. A los pocos meses de la invasión de Ucrania por parte de Putin, aproximadamente un millón de personas huyeron del país, entre ellas muchos de sus ciudadanos más formados, productivos y tecnológicamente avanzados. Con su ecosistema tecnológico en ruinas, Rusia se queda ahora muy rezagada en todos los niveles de la pila tecnológica de la IA, desde los semiconductores y los centros de datos hasta los modelos avanzados de IA. La guerra de Putin podría dejarla con recursos naturales y armas nucleares... y prácticamente nada más.

EL CONTROL ARMAMENTISTA EN MATERIA DE IA EN UN MUNDO CAÓTICO

En lo que respecta al control de armas y la no proliferación, las perspectivas no son alentadoras. A diferencia de las armas nucleares y las instalaciones necesarias para producirlas, los componentes clave del armamento de IA, la fabricación aditiva, los diseños de drones, los explosivos, las GPU y los modelos de IA de código abierto, ya están ampliamente distribuidos, son relativamente fáciles de ocultar y es poco probable que puedan controlarse por completo, incluso si las principales potencias mundiales acordaran intentarlo. Una sola empresa del mercado de la IA, Hugging Face, alberga miles de modelos y conjuntos de datos de código abierto procedentes de una amplia variedad de países y empresas. Si bien las superpotencias cuentan con ventajas decisivas, muchas potencias de segundo nivel están, por lo tanto, en condiciones de adquirir capacidades significativas en materia de drones con IA.

A pesar de la debacle de EE. UU. en Irán, las dos probables superpotencias en IA, EE. UU. y China, probablemente conservarán una capacidad sustancial para imponer cierto grado de mantenimiento de la paz mundial, siempre que estén dispuestas a cooperar y a asumir ese papel. De lo contrario, podrían proliferar conflictos regionales de menor envergadura impulsados por la IA. Lamentablemente, la delincuencia facilitada por la IA ya es una realidad, y es probable que le siga el terrorismo facilitado por la IA, sobre todo teniendo en cuenta la peligrosa debilidad de la normativa de seguridad en materia de IA y de las medidas de protección del sector.

Las perspectivas para el control estratégico de armamento son igualmente sombrías. Algunos han defendido que Estados Unidos debería intercambiar controles de exportación por un tratado de seguridad en materia de IA con China, mientras que otros han propuesto un tratado similar al TNP que prohíba los drones letales con IA. A principios de este mes, Anthropic fue más allá, expresando su preocupación por que sus modelos pudieran estar alcanzando niveles inmanejables de superación autónoma y abogando por una pausa en el desarrollo de la IA.

A pesar de la incuestionable virtud de sus objetivos, estas propuestas son poco acertadas y tienen pocas posibilidades de éxito. El problema fundamental es que requieren un cumplimiento universal, pero una verificación fiable es casi imposible, ya que el software y los datos de entrenamiento pueden ocultarse, falsificarse o manipularse con relativa facilidad. Al mismo tiempo, todas las grandes potencias se preocupan profundamente por la seguridad de sus propios sistemas de IA, al tiempo que dedican enormes recursos a penetrar, inutilizar o engañar a los de sus rivales. Las inspecciones supondrían graves riesgos de seguridad y crearían poderosos incentivos y oportunidades para el espionaje y el desarrollo de armas cibernéticas ofensivas.

Sobre todo esto se cierne la perspectiva de la inteligencia artificial general (AGI), o incluso la superinteligencia, y la carrera por desarrollarla primero. Es poco probable que ni Estados Unidos ni China acepten ninguna limitación en ese ámbito, sobre todo cuando Rusia, la India, Corea del Norte, Israel y múltiples empresas privadas persiguen ambiciones similares.

Por lo tanto, resulta difícil imaginar que las grandes potencias frenen el desarrollo de la IA y se permitan mutuamente inspeccionar sus sistemas y armas de IA más avanzados. E incluso si lo hicieran, hay pocos motivos para creer que se darían por satisfechas con la exhaustividad o la precisión de la información revelada.

Sin duda, China y Estados Unidos podrían seguir cooperando en ámbitos de interés mutuo, por ejemplo, garantizando que los modelos de IA no desencadenen accidentalmente una guerra ni faciliten el terrorismo. Se trata, sin duda, de objetivos loables, pero una cooperación estratégica amplia sobre el control de armamento en materia de IA entre dos superpotencias rivales es altamente improbable. Un régimen verdaderamente global es aún menos plausible.

¿En qué situación nos deja esto, entonces? Como reza una cita que a menudo se atribuye al escritor de ciencia ficción William Gibson: «El futuro ya está aquí; simplemente no está distribuido de manera uniforme». Por el momento, nuestro futuro distribuido también parece mucho más complejo y peligroso de lo que muchos anticipaban. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Charles Ferguson, analista político y director de documentales, entre los que se encuentra el ganador de un Óscar *Inside Job*, es socio comanditario de seis fondos de capital riesgo dedicados a la IA y socio no exclusivo de Davidovs Venture Collective. Entre sus inversiones directas figuran tres gigantes tecnológicos (Apple, Microsoft y Nvidia) y numerosas startups de IA, entre las que se incluyen Perplexity, Etched, CopilotKit, Paradigm, Browser Use, FuseAI y Pally.

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