Latinoamérica en la sala de casa
COMPARTIR
Una noche de 1966 la pequeña Gabriela se despertó en su habitación. Hasta ella llegaban ruidos, voces hablando casi a gritos, sonidos de cajas, raspadores y un penetrante olor a tabaco. A su lado dormía su hermano Rubén, afuera discurría el rumor nocturno de la Ciudad de México. La pequeña Gabriela llamó a su mamá. Luego calzó las sencillas pantuflas de fieltro, anduvo hasta la puerta de la recámara. Por sobre el rechinar de las suelas de goma llegaban las voces de los hombres entre golpes y silencios. Abrió la puerta y llamó de nuevo a su mamá. De entre el barullo sobresalió la voz de la señora María Elena: “¡La niña!”, exclamó. Luego carreras, una puerta que se abre, un haz de luz iluminando el pasillo y unos brazos abiertos en pos de Gabrielita. Desde esa noche, una de las primeras en la que los padres de la niña, Rubén Ortiz y María Elena Torres, recibían a ensayar a Gerardo Tamez, José Ávila, René Villanueva y Salvador El Negro Ojeda, y durante el resto de su infancia, Gabrielita se habría de despertar por las noches al compás de quenas, charangos, bombos, o chirimías. En aquella casa familiar, hace 60 años, nacía el legendario grupo Los Folkloristas.
La casa era una selva instrumental que imposibilitaba moverse sin topar con el piano, las maracas, guitarras, violines o flautas de carrizo. A diferencia de otros papás tradicionales, los de Gabrielita y Rubencito les permitían tocarlos, jugar con ellos y hasta experimentar. La niña llevó a la escuela esta manera de aprender música, y “En sexto grado, cuando un maestro pidió a los estudiantes que compusieran un tema juntos, Gabriela Ortiz tomó las riendas, asignando a sus compañeros instrumentos como el xilófono y las maracas, y diciéndoles qué tocar. “Descubrí que solo tocando y experimentando podíamos crear una canción”, dijo Gabriela años más tarde.
“Empecé tocando la guitarra y música folclórica, y me uní a mis padres —dice Gabriela Ortiz, quizá la compositora mexicana viva más importante del siglo XXI, a la revista de música y arte sonoro Sulponticello—. Cuando tenía nueve años, mi madre me sugirió que empezara a tocar el piano y a leer música, para que tuviera una educación musical más formal. Así que empecé a tocar el piano cuando tenía nueve o diez años. Con esta sencilla sugerencia inició una de las carreras más brillantes de la música clásica contemporánea.
A su formación académica, Gabriela Ortiz añadió las profundas, apasionadas y con frecuencia soterradas discusiones políticas en su casa. Durante los años 70 la casa de los Ortiz Torres fue socorrida casa de huéspedes y centro de debates de Víctor Jara, Daniel Viglietti, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, los Inti-Illimani, y cuanto trovador contestatario trajese al generalato latinoamericano pisándole los talones.
En pocos años Gabriela Ortiz ha recibido una docena de Premios y reconocimientos coronados en febrero pasado al recibir un Grammy a Mejor Composición Clásica Contemporánea por su obra Dzonot; y dos Premios Grammy por su obra Yanga: Mejor interpretación coral y Mejor compendio de música. De esta obra hablaremos en otra entrega. Por ahora permítaseme dos palabras sobre su ballet Revolución diamantina, de 2023.
En marzo de 2019, durante las marchas feministas, se arrojó diamantina rosa sobre Jesús Orta Martínez, entonces secretario de seguridad pública de la Ciudad de México, por no responder a la epidemia de feminicidios que asolaba la capital. Esto, más la popularización de El violador eres tú del colectivo chileno Las tesis, más la empatía de las mujeres policías al marchar junto a otras mujeres en marzo de 2022, llevó a Gabriela Ortiz a plantearse la urgente necesidad de componer una obra que respondiera y recogiera el grito femenino de sus contemporáneas. Esta obra urgente fue el ballet Revolución diamantina, con escenografía de la tamaulipeca Cristina Rivera Garza —quien perdiera a su hermana Liliana por feminicidio en 1990—. El ballet está conformado por seis actos: I: Los sonidos que hacen los gatos, II: No nos amamos, III: Fronteras y cuerpos, IV: Decir lo indecible, V: Purpurina rosa, y VI: Todas.
Por la dificultad natural de contener toda la fuerza de la lucha femenina en un ballet, sencillamente se dirá que hay en él una gran intensidad rítmica, notables contrastes de masas sonoras, y, el empleo casi anecdótico de timbres brillantes para sugerir la diamantina.
Revolución diamantina está en YouTube con LA Phil, y Los Angeles Master Chorale con Gustavo Dudamel al frente. (Platoon Rec., 2024).