Más allá del escándalo
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Sin precedente las revelaciones de la gobernadora de Chihuahua, Marú Campos, a Carlos Loret, en su noticiero nocturno sobre el accidentado encuentro con la presidenta Sheinbaum, en una sala del aeropuerto de Ciudad Juárez, el 19 de septiembre. La entrevista ocurre después de la detención del fiscal del Estado, César Jáuregui, y la socializada sospecha de un acuerdo entre ambas. Campos, señala, sale a medios para aclarar que no hubo acuerdo alguno.
Ventilar reuniones privadas no es propio de las buenas formas, más en los menesteres del poder; singular que sea una gobernadora y de un encuentro con la presidenta. Excesivo decir que se lastima a la República, como si lo que el país ha padecido volviera relevante un asunto de buenas maneras. Sin duda, un escándalo porque devela que las personas empoderadas son iguales a cualquiera, con sus impulsos, frustraciones y enojos.
Llama la atención que después de la espléndida entrevista de Loret -episodio de buen periodismo-, al día siguiente la atención pública se centrara en por qué la gobernadora violó una buena práctica de urbanismo y no en lo fundamental. Tal parece que a periodistas y al público les merece más la atención que se gritaran, que lo que cada una dijo y la agenda de cada cual.
De antemano es preciso señalar que, por mucho, la Presidenta tiene más qué perder. La gobernadora actúa a partir de su propia vulnerabilidad. Importa lo que dicen que se dijeron, no menos lo dicho por ellas después del encuentro. La crónica no favorece a la gobernadora especialmente si se considera que el balance del desencuentro es una presidenta exhibida como irascible, una presidenta del partido gobernante señalada como asociada al narcotráfico y un candidato igualmente relacionado con los grupos criminales. Nadie observa, por ejemplo, que la gobernadora refiere a dichos grupos como terroristas, lenguaje semejante al del gobierno norteamericano.
Hay errores fatales involuntarios. Dos deben destacarse, el primero es insistir sobre las pruebas para fundar la acusación sobre Ariadna Montiel; no se advierte que es lo mismo que se ha pedido respecto de Rubén Rocha Moya, a quien se le da como culpable y beneficiario del código de impunidad. No menos es que los gobernadores morenistas salieran a defender a la presidenta de Morena, se les olvida que igual hicieron con Rocha Moya. Desde luego, es injusto poner en un mismo canasto al gobernador defenestrado y a la dirigente de Morena, pero se hizo como medio de defensa. Sólo faltó el grito de “no estás sola” por sus correligionarios.
Otro asunto no registrado es que la gobernadora sí tiene una estrategia o al menos su accionar sí atiende a un escenario que le puede beneficiar. Esto es repudiable para sectores de opinión independientes al gobierno; no se diga para el régimen, y que consiste en actuar en función de qué pudiera acontecer de ser supuesto de una embestida mayor -política o judicial- por el gobierno norteamericano. En eso ha habido consistencia de la gobernadora, “me atacan por combatir al narco” quienes han hecho de la impunidad divisa; “hay una narcodirigente y un narcocandidato”. Apuesta audaz la de Marú Campos, irresponsable, pero no absurda, tampoco suicida. Extraño que casi nadie lo advierta en el ánimo anti yanki, como si se viviera en los 90’s en el entorno de la grilla universitaria. El país merece una reflexión crítica de los acontecimientos y de sus personajes más seria, menos superficial y con más ataduras con la realidad.
Esto muestra la dificultad que tienen críticos y afines al régimen para ubicarse en la realidad del país y el contexto global. Se parte de un mundo que dejó de existir hace tiempo, de un entorno sumamente incierto, además con riesgos monumentales prácticamente en todos los frentes. Se confirma que las élites y buena parte de quienes opinan y piensan han resuelto vivir en la negación, porque la realidad les resulta tan incómoda como preocupante. La valoración de los acontecimientos y sus personajes pertenecen a este plano de observación, el “no pasa nada”, “las cosas como están van bien y nos irá mejor”. La condena es inevitable ¿por qué alguien fuera de la urbanidad política rompe con la comodidad que hemos resuelto suscribir como razón de supervivencia? Ciertamente, algunos necesitan muy poco para ser felices.