Mi papá murió el 11-S en el vuelo 93. Extraño la forma en que EE. UU. Respondió

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Opinión
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A diferencia de los aviones que se estrellaron contra el World Trade Center y el Pentágono esa mañana, el vuelo 93 nunca alcanzó su objetivo

Por Charlie Greene, The New York Times.

Cuando tenía 10 años, el trauma llegó de forma sutil, a través de la voz de mi pediatra. Esa mañana no había ido a la escuela porque tenía una infección en el dedo del pie; cuando el doctor entró al consultorio, nos dijo a mi madre y a mí que un avión se había estrellado contra el World Trade Center, en la ciudad de Nueva York.

A los 10 años, el mundo en el que vives es pequeño y está hecho de lo inmediato. Apenas una semana antes, habíamos pasado el fin de semana del Día del Trabajo en casa de mi abuelo, a orillas del lago Candlewood, en Connecticut, navegando, cocinando y disfrutando de la dulce e irreflexiva comodidad de un fin de semana completamente normal juntos.

Esa mañana, en el consultorio del médico, mi mente no conectó la noticia con el hecho de que, horas antes, mi papá nos había dado un beso de despedida en nuestra casa de Greenwich, había conducido al aeropuerto de Newark y abordado un vuelo a primera hora de la mañana con destino a San Francisco para visitar a sus hermanos. Mi papá trabajaba en aviación y volaba con frecuencia por negocios, por lo que su partida no era nada raro. Sin embargo, por alguna razón, la noche antes de que se fuera le pedí que me despertara para despedirse, una petición que mi madre más tarde recordaría con incredulidad.

De regreso a casa después de ir al médico, mientras veíamos en CNN cómo el humo se elevaba de las Torres Gemelas y del Pentágono, mi madre se volvió hacia mí con una expresión que jamás olvidaré y me dijo que el avión de mi padre había perdido comunicación.

Mi padre, Donald Greene, iba en el vuelo 93 de United Airlines el 11 de septiembre de 2001. A diferencia de los aviones que se estrellaron contra el World Trade Center y el Pentágono esa mañana, el vuelo 93 nunca alcanzó su objetivo. Conscientes de que su avión había sido desviado por terroristas hacia Washington, los pasajeros y la tripulación organizaron un contraataque en el aire. Durante su lucha por recuperar el control, el avión se estrelló en un campo vacío en Shanksville, Pensilvania. Quienes estaban a bordo sacrificaron sus vidas para prevenir una catástrofe aún mayor.

En el cuarto de siglo transcurrido desde esa mañana, el ritual de recuerdo de mi familia nos ha llevado a ese campo rural.

En los primeros años, en Shanksville había un hoyo calcinado, desolado y ennegrecido. Mi hermana menor, Jody, y yo caminábamos por su perímetro, recogiendo cables sueltos de los escombros. Con el tiempo la naturaleza hizo lo que siempre hace, y la tierra chamuscada dio paso a la hierba alta y las flores silvestres.

Hoy, el lugar es un imponente monumento nacional, donde los visitantes —muchos de ellos alumnos de secundaria en viajes escolares a Washington, nacidos mucho después de 2001— recorren el terreno donde 40 personas comunes y corrientes eligieron mostrar una valentía extraordinaria. Jody finalmente se incorporó a la junta directiva de Friends of Flight 93 National Memorial, el monumento creado para honrarlas, y escribió maravillosamente sobre lo que ese terreno sagrado significa para ella.

Ver cómo aquel paisaje se recuperaba reflejaba mi propio proceso. En los días inmediatamente posteriores, me vi arrojado a una dualidad surrealista. Era un niño que intentaba sobrellevar el vacío, devastador e íntimo, de haber perdido a mi padre, pero mi duelo privado era absorbido constantemente por la liturgia nacional. El presidente George W. Bush me saludaba por mi nombre. Una nota escrita a mano por Karl Rove, el asesor principal del presidente, hizo que me excusaran de hacer la tarea de la secundaria.

Intentaba conciliar una contradicción fundamental: ¿cómo podía la pérdida más privada de mi vida pertenecer también a 300 millones de desconocidos?

La respuesta llegó lentamente y se medía en aniversarios. En el décimo aniversario, el vicepresidente Joe Biden, quien no es ajeno a la tragedia personal, ofreció un consejo que parecía imposible en ese momento. Un día, dijo, pensar en tu ser querido traerá “una sonrisa a tus labios antes de traer una lágrima a tus ojos”. Tenía razón.

Hoy, como padre, me encanta hablar de mi papá. Lo recordamos en la mesa familiar durante la cena. He compartido su historia en salas de juntas. He hablado de él en el programa Shark Tank, donde presenté Remento, una empresa que recopila y conmemora la historia familiar. El filo agudo de la pérdida se ha suavizado hasta convertirse en gratitud.

Al conmemorar los 25 años, me encuentro lidiando con un tipo diferente de dolor: no por mi padre, sino por el país que compartimos en su memoria.

Dos frases de aquella época quedaron grabadas para siempre en la identidad estadounidense: “Nunca olvidar” y “Manos a la obra”. Esta última se escuchó a bordo del avión de mi padre, cuando los pasajeros comenzaron a avanzar hacia la cabina de mando, transformando la crisis en una acción colectiva. La primera era un pacto que hicimos entre nosotros. Una promesa que Bruce Springsteen retomó en su himno posterior al 11 de septiembre, “My City of Ruins”: que, ante una pérdida inmensa, debíamos aferrarnos a un propósito común como nación, rezando no solo para resistir, sino para levantarnos.

Tres días después del ataque, se formó espontáneamente una vigilia con velas afuera de la casa de mi familia. A nuestros vecinos no les importaban la política, la ideología ni las divisiones sociales. Simplemente se presentaron en nuestra entrada para crear y llevar luz. Por primera vez en mi corta vida, sentí el orgullo visceral y espontáneo de ser estadounidense. Fue un patriotismo nacido no del poderío militar ni de la retórica política, sino de una empatía radical y vecinal.

Ahora, al observar un panorama nacional fracturado por un cinismo implacable y el agotamiento político, casi siento nostalgia de esa unidad estadounidense. A menudo tratamos nuestra polarización actual como una realidad ineludible de la democracia moderna. Sin embargo, habiendo vivido la profunda solidaridad de septiembre de 2001, sé que nuestra capacidad de conexión es mucho más profunda que nuestra propensión a la división.

No podemos, ni debemos, esperar que otra tragedia nacional nos recuerde quiénes somos los unos para los otros.

Cuando tomo de la mano a mi hija de 2 años, veo al abuelo que nunca llegó a conocer: el hombre cuya sangre corre por sus venas y cuyo recuerdo influye en la manera en que la crío todos los días. No quiero que solo aprenda sobre el heroísmo vivido en los cielos de Pensilvania. Quiero que herede el espíritu que echó raíces en tierra firme durante los días que siguieron.

Para honrar a los que perdimos, debemos hacer más que construir monumentos de piedra o recitar nombres una vez al año.

Debemos volver a comprometernos con el trabajo constante y cotidiano de la ciudadanía: saludar a nuestros vecinos, superar nuestras divisiones y elegir la unidad antes de que la tragedia nos obligue a hacerlo.

Los héroes de ese día nos mostraron cómo responder en nuestra hora más oscura. Nuestra tarea ahora es demostrar que, incluso 25 años después, recordamos cómo vivir juntos en la luz.

Charlie Greene es fundador y director ejecutivo de Remento.

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El periódico publicado en la ciudad de Nueva York es editado por Arthur Gregg Sulzberger y se distribuye en los Estados Unidos y otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta la fecha, lo ha ganado 132 veces.

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