Perrunos UAAAN: El legado de Diana Rodríguez y su enseñanza de amor y bienestar por los animales
Nacido en la Narro, este proyecto demuestra que las universidades educan y que las causas cuestan. Desde el principio el objetivo fue claro: “Perrunos UAAAN no se trata únicamente de proteger animales, sino de formar personas”
Antes de que existieran las campañas de esterilización, los croquetones, las adopciones y los estudiantes haciendo servicio social, hubo una cachorrita parada en la puerta de un salón. Tenía alrededor de tres meses. La Ing. Agrónomo Parasitólogo Diana Isela Rodríguez Durón estaba dando clase en la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro cuando la pequeña apareció frente al aula. Le habló, pero la perrita no entró. Tampoco se fue. Cuando Diana terminó su clase y caminó hacia su oficina, la cachorra comenzó a seguirla.
Después volvió a buscarla. Diana empezó a darle alimento y agua y, con el tiempo, aquella perrita se convirtió en una presencia conocida por alumnos, maestros y trabajadores de la universidad. La llamaron Canela. Permaneció cerca de ocho años en el campus, hasta que durante la pandemia una maestra de la propia institución la adoptó. Hoy tiene alrededor de 12 años y continúa bajo su cuidado. Pero su historia dejó algo más. “Ella fue mi motivación para hacer algo aquí en la universidad”, recuerda Diana. Canela fue, de alguna manera, el inicio de Perrunos UAAAN.
DE ALIMENTAR PERRITOS POR AMOR, A CONSTRUIR UN PROYECTO
Diana siempre había sentido cercanía con los animales, le encantan, la hacen sentir tranquila y en paz. Desde niña tuvo perros en casa y, cuando comenzó a trabajar en la universidad, encontró una realidad difícil de ignorar. En ese tiempo, el campus no estaba completamente delimitado con bardas, y numerosos perros llegaban desde las carreteras y zonas cercanas. Había cachorros, hembras embarazadas, animales enfermos y peleas. Diana comenzó haciendo algo sencillo: llevaba croquetas, dejaba alimento y colocaba recipientes con agua afuera de su oficina.
Un grupo de estudiantes se dio cuenta. Ellos también habían observado la cantidad de perros que vivían o llegaban al campus. Diana les dijo: “Propongan qué hacemos”. La Ing. en Horticultura Alejandra Bahena, un alumno de Zootecnia, hoy Ing. César Rojas, y dos jóvenes de la carrera de Alimentos, Ing. Mariana Salas e Ing. Dary Zárate, integraron aquel primer grupo. Comenzaron realizando un censo; después llevaron animales a esterilizar, los bañaron, atendieron y promovieron su adopción.
El trabajo creció rápidamente y Diana entendió que las horas, el esfuerzo y la responsabilidad que los jóvenes estaban invirtiendo podían convertirse también en una experiencia formativa. En 2014 registró oficialmente Bienestar Animal en Especies Menores como proyecto de servicio social. Los estudiantes, sin embargo, ya le habían dado un nombre mucho más cercano para presentarse con la comunidad: Perrunos UAAAN.
SIETE PERROS COMUNITARIOS Y 35 CASOS DE ADOPCIÓN
Cuando comenzaron, Diana recuerda que alrededor de 42 perros habitaban el campus. Como animales territoriales, estaban distribuidos en diferentes zonas de la universidad, lo que permitió al equipo ubicarlos, atenderlos, esterilizarlos y promover su adopción. Cada perro nuevo que llegaba era evaluado y, cuando era posible, se buscaba primero localizar a su propietario.
Actualmente, confirma Diana, hay siete perros comunitarios registrados dentro del campus, todos esterilizados, vacunados y desparasitados. Para ella, pasar de 42 a siete perros en la universidad representa uno de los resultados más claros de Perrunos UAAAN: 35 historias de adopción.
El proyecto pronto dejó de limitarse al control de la población canina de la universidad. Llegaron campañas de vacunación y esterilización, bazares, rifas, croquetones y actividades para obtener recursos. Los estudiantes comenzaron también a visitar escuelas primarias y secundarias para hablar sobre el cuidado responsable de los animales. El rescate se convirtió también en educación.
“LAS UNIVERSIDADES EDUCAN Y LAS CAUSAS CUESTAN”
Al inicio hubo críticas. Algunos compañeros cuestionaban que una universidad tuviera que involucrarse en alimentar, rescatar o atender perros. Incluso llegaron a llamar a Diana “la loca de los perros”. Ella decidió tomarlo de otra manera: si la estaban observando, significaba que también estaban viendo lo que hacían.
Con los años encontró una respuesta más profunda para quienes cuestionaban la función del proyecto: “Las universidades educan”. Para Diana, Perrunos UAAAN no se trata únicamente de proteger animales, sino de formar personas. Cuando un estudiante llega, debe estar dispuesto a cargar a un perro enfermo, limpiar recipientes, recoger excremento, administrar alimento y acercarse a animales que en ocasiones llegan lastimados o desconfiados. Después aprende a identificar perros nuevos, buscar a sus propietarios, consultar legislación relacionada con la protección animal, elaborar materiales informativos y participar en la organización de campañas de vacunación y esterilización.
También tienen que aprender a conseguir recursos. Perrunos organiza bazares, rifas y ventas; en distintos momentos los jóvenes han vendido desde elotes en vaso hasta dorilocos. Diana procura que no dependan únicamente de las donaciones porque quiere enseñarles algo más: “Yo prefiero que ellos trabajen, que vean que tener una causa cuesta”.
LO APRENDIDO TAMBIÉN SE VA CON ELLOS PARA SIEMPRE
La formación tampoco termina cuando los estudiantes cumplen las horas de servicio social. Muchos alumnos de la UAAAN provienen de comunidades, pueblos y estados donde, según relata Diana, las campañas de esterilización o vacunación son poco frecuentes y el bienestar de los animales de compañía no siempre recibe la misma atención. Algunos llegan sorprendidos por la manera en que los perros son tratados dentro del campus y comentan: “Es que en mi pueblo nadie los vacuna, en mi pueblo no se esterilizan”.
Diana espera que cuando regresen a sus lugares de origen puedan reproducir algo de lo aprendido: organizar una campaña, visitar una escuela, promover una esterilización o comenzar su propia iniciativa. “El objetivo del proyecto es que todo lo que ellos aquí aprenden luego se lo lleven a su casa, a su origen”. A lo largo de los años incluso han participado jóvenes de otras instituciones, como la UANE, el Tec de Saltillo y la UADEC. Diana calcula que entre 70 y 80 estudiantes han formado parte del proyecto desde su creación. Algunos terminan su servicio social y continúan como voluntarios; otros comienzan como voluntarios y permanecen durante años.
CADA PERRITO ES UNA HISTORIA
Una vez llegó al campus un perro prácticamente sin pelo. Al principio todos pensaron que tenía sarna, pero después de llevarlo al veterinario descubrieron que padecía un problema relacionado con la tiroides. El tratamiento era riguroso: durante aproximadamente un mes, dos estudiantes se encargaron de bañarlo diariamente y documentaron su recuperación con fotografías. Poco a poco el pelo comenzó a crecer hasta revelar un perro de pelaje gris.
Para entonces, los jóvenes ya habían participado en sus baños, paseos, cuidados y recuperación. Se habían encariñado tanto con él que finalmente lo adoptaron. “Cada perrito es un caso”, dice Diana. La historia de Dante resume algo que se repite dentro de Perrunos: mientras los estudiantes ayudan a transformar la vida de un animal, el contacto con ese animal también puede transformar la suya.
LO QUE OCURRE ANTES DEL “FINAL FELIZ”
Una fotografía de adopción suele mostrar la parte más sencilla de contar: un perro, una familia y una nueva casa. Lo que no aparece en esa imagen son los meses anteriores. Algunos animales llegan enfermos, lesionados o desnutridos; otros muestran las consecuencias del abandono o el maltrato y necesitan recuperar la confianza antes de estar preparados para convivir con una familia. Diana explica que la adaptación a un nuevo hogar puede tomar hasta tres meses y por eso, resulta especialmente difícil cuando alguien devuelve al perro después de apenas unos días porque “no se adaptó”.
Perrunos establece requisitos para reducir ese riesgo. El primero es que toda la familia esté de acuerdo con la adopción. También buscan que exista un espacio adecuado, protección contra las condiciones climáticas, atención veterinaria, vacunación y alimentación. Los animales no deben permanecer abandonados en patios o azoteas ni vivir amarrados. Después de la adopción, los estudiantes solicitan fotografías y videos y, en algunos casos, realizan visitas para verificar las condiciones de las mascotas. No piden dinero, alimento ni otra compensación a cambio: la condición principal es garantizar el bienestar del animal.
PREVENIR TAMBIÉN ES RESCATAR
Para Diana, hablar de bienestar animal exige hablar de esterilización. Una de las ideas que más busca combatir es que una hembra debe tener una camada antes de ser esterilizada. A través de campañas organizadas con médicos veterinarios, Perrunos busca facilitar procedimientos a costos accesibles y promover la esterilización tanto de hembras como de machos como una herramienta de prevención y control de la población.
Diana estima que durante la historia del proyecto se han realizado o facilitado más de 300 esterilizaciones entre perros y gatos, además de la participación de más de 500 mascotas en campañas de vacunación. Cuando interviene un solo médico veterinario, una jornada de esterilización suele abrir alrededor de 35 espacios mediante cita previa. Los procedimientos son realizados por profesionales veterinarios, mientras Perrunos participa en la organización, vinculación y gestión de apoyos para hacerlos accesibles.
Pero el problema, insiste Diana, no puede resolverse únicamente desde las asociaciones, los rescatistas o el gobierno. “Todo perrito que anda en la calle tuvo un dueño”. Mientras las familias no asuman responsabilidad sobre sus animales, considera, el abandono continuará alimentando el mismo ciclo. Por eso insiste en educar antes incluso de adoptar: preguntarse si existe tiempo, espacio y recursos suficientes y si el animal elegido es compatible con el estilo de vida de la familia. No basta con querer una mascota; hay que poder hacerse responsable de ella.
LOS GUARDIANES NOCTURNOS DE LA UAAAN
Los siete perritos que actualmente viven en el campus tienen una rutina particular. Durante el día, Shaggy, Cocoa, Bellota, Avena, Cebollín, Albino y Artemisa se distribuyen por diferentes espacios de la universidad, pero cuando oscurece se acercan al área de vigilancia. Ahí permanecen con los guardias y, según relata Diana, incluso conocen los recorridos de sus rondines y los acompañan.
Durante las vacaciones esa relación cobra todavía más importancia. Diana y los voluntarios se organizan para acudir al campus, limpiar y rellenar los recipientes de agua y alimento y revisar el estado de los perros. Los vigilantes también colaboran: si alguno parece enfermo o presenta una lesión, llaman a Diana. Así, aun cuando las aulas se vacían, los siete habitantes de cuatro patas siguen teniendo una comunidad pendiente de ellos.
UNA CAUSA QUE TAMBIÉN TIENE QUE APRENDER A SOSTENERSE
Las donaciones representan una ayuda importante y Perrunos recibe alimento, casitas, vacunas, ropa y artículos que pueden convertirse en recursos. Diana calcula que alrededor del 40% del sostenimiento del proyecto depende de estos apoyos. El resto exige organización y trabajo.
Esa independencia también forma parte de lo que busca enseñar, porque los donativos no son seguros, y las mascotas siempre necesitan atención. Los jóvenes deben aprender a organizar una rifa, realizar un bazar, vender, administrar lo recaudado y encontrar soluciones en sus horas libres. Para Diana, aprender a defender una causa implica comprender también cuánto cuesta mantenerla. “Cualquier causa que tú tomes necesita recursos y hay que trabajarle, nosotros tenemos que salir adelante”.
EL SUEÑO QUE TODAVÍA FALTA POR CUMPLIR...
Después de más de una década, Diana todavía tiene una misión pendiente y comparte con un nudo en la garganta, que su sueño es que la universidad pueda contar algún día con un quirófano móvil que permita llevar campañas fuera del campus y llegar a rancherías y ejidos donde la atención veterinaria y la esterilización son menos accesibles. Ha visto en esas comunidades animales lesionados, camadas abandonadas y necesidades que difícilmente llegan hasta los programas de apoyo. Imagina a los estudiantes participando, aprovechando su energía, iniciativa y capacidad para llevar lo aprendido mucho más allá de la UAAAN.
Para Diana, la manera en que una comunidad trata a sus animales dice mucho más que eso: “La mascota es un indicador de cómo se comporta una familia, una colonia, una ciudad y un país”.
El sueño tiene además una urgencia personal. Diana sabe que su vida laboral dentro de la universidad se acerca a una nueva etapa. “Dentro de poco me tengo que jubilar y no me quiero ir así. Quiero que esto se cumpla”. Su preocupación no parece ser simplemente dejar de dirigir Perrunos, sino asegurarse de que alguien continúe: que otro maestro tome la responsabilidad, que sigan llegando estudiantes y que el proyecto permanezca cuando ella ya no esté.
Quizá por eso el legado de Perrunos UAAAN no pueda medirse únicamente en perros adoptados, esterilizaciones o campañas. También está en las personas que descubrieron que ayudar implica limpiar, organizar, investigar, vender, insistir y sostener una causa; en los jóvenes que algún día volverán a sus comunidades con herramientas para comenzar algo parecido; y en una cachorrita llamada Canela que, sin saberlo, se quedó parada frente a la puerta correcta.