Saltillo y sus historias de miedo: fantasmas, brujas y leyendas que también construyen la ciudad
Durante octubre, VANGUARDIA recorrerá 31 relatos de terror ligados a lugares reales de Saltillo para explorar cómo el miedo, lo sobrenatural y la memoria popular también forman parte de nuestra identidad.
Por las noches, la ciudad recuerda cosas por su cuenta. Se viste con el folclore de todos sus años, se despoja de cualquier rastro de modernidad y revive algo mucho más antiguo: lo instintivo, lo primitivo, esos miedos y terrores que nunca terminaron de dejarnos.
Una casa que durante el día no tiene nada de particular adquiere otro peso cuando cae la luz; una ventana empieza a parecer demasiado profunda, el ruido de una tubería se vuelve un paso y esa calle que hemos cruzado cientos de veces deja de sentirse segura cuando, desde lo lejos, detrás de un poste o apenas asomado por un resquicio, algo parece acecharnos y pronunciar nuestro nombre casi en un susurro.
Podemos reírnos, buscar una explicación razonable, encender la linterna del teléfono y comprobar que no hay nadie. Aun así, volteamos.
Eso es lo más delicioso del miedo: no necesita que creamos en él. Le basta con encajarnos sus afilados y mugrosos dientes cerquita de la nuca, arañarnos la espalda y, cuando menos nos damos cuenta, ya lo tenemos metido en las entrañas.
Fantasmas, brujería, criaturas, crímenes, sucesos que ni siquiera sabemos cómo nombrar. Todos conocemos una historia que alguien juró que era verdad. Un familiar. El amigo de un amigo. Nosotros mismos, en esas cosas que preferimos no contar porque... ¿quién va a creernos si ni siquiera estamos seguros de lo que vimos?
Octubre es el mes perfecto para explorar estos relatos de Saltillo que, más allá de los datos, la ciencia y cualquier atisbo de razón, parecen contagiarse mejor en el rubor de la madrugada, alrededor de una fogata o a solas, justo antes de dormir, cuando despiertan las voces y las miradas que nos observan desde la nada.
Por eso, durante cada día del mes estaremos contando una historia de terror distinta, ligada a lugares reales de Saltillo, para explorar cómo el miedo, lo sobrenatural y la memoria popular también forman parte de nuestra identidad.
Pero no queremos quedarnos solamente con nuestros hallazgos. Queremos escuchar tus relatos, saber dónde ocurrieron y empezar a construir un mapa del terror en la ciudad, una especie de censo de fantasmas de Saltillo. Algo así como un INEGI paranormal.
Mándanos tu historia a través de las redes sociales de VANGUARDIA, envíanos un mensaje de voz o escríbenos por WhatsApp al 844 256 0929. También puedes contactarme en cgaytan@vanguardia.com.mx.
Cuéntanos qué pasó, exactamente en qué lugar ocurrió y, si tienes fotografías, videos, documentos o cualquier otra evidencia que ayude a reconstruir el relato, adelante. Estaremos publicando algunas de las historias en nuestro sitio web y en la edición impresa.
Llámale sobrenatural, cosas sin sentido, tradiciones orales que dieron paso a leyendas, charlatanería. No importa.
Las historias de terror son tan relevantes para el imaginario colectivo como los hechos más comprobables. Me atrevo a decir que a veces son más importantes todavía, porque aquello que consigue sobrevivir al tiempo suele contar cosas más profundas y crudas sobre quienes somos.
Miedo, deseo, culpa, prejuicio, violencia, duelo, advertencias, sentido del humor. De todo se alimentan. Y como plantea Linda Dégh, una de las grandes investigadoras de la tradición oral, los medios modernos, lejos de matar este tipo de creencias y relatos, les abren nuevas carreteras a los mitos viejos.
Saltillo está lleno de ejemplos. En el Ojo de Agua todavía sobrevive la historia de Mónico, convencido de que brujas y lechuzas lo perseguían, hasta que una mañana apareció muerto en la pila de Altamira. Por esas mismas calles quedaron Las Galindo, tres hermanas ancianas que, según el relato, sorprendieron a unos ladrones dentro de su casa, los mataron a hachazos y después volvieron a rezar como si aquella noche pudiera continuar con toda normalidad.
Hacia el centro, las casas acumulan sus propios muertos. En la antigua Casa de las Figueroa se hablaba de una dama blanca, luces, pasos y de un guardia al que algo habría arrastrado de los pies. En la Casa de los Espantos, detrás de Catedral, la leyenda escondió dos cadáveres entre los muros y dejó durante años un velorio visible desde las ventanas.
Frente a la Plaza de Armas existe incluso una vieja fotografía en la que algunos han querido reconocer a un niño fantasma sentado sobre un barril. En esas mismas casonas, distintas restauraciones encontraron cabellos humanos mezclados con materiales de construcción y huesos de animales enterrados bajo pisos y paredes.
Hay tesoros acompañados de muertos, niñas vestidas de blanco, botas y espuelas que se escuchan cuando no hay nadie, puertas que se cierran solas y bendiciones que, según quienes estuvieron ahí, consiguieron exactamente lo contrario de lo esperado.
En el Teatro García Carrillo, el incendio de 1918 terminó mezclándose con una historia de brujas, lechuzas y un conjuro llamado los Siete Amarres. Tiempo después, cuando el inmueble tuvo otros usos, comenzaron también los relatos de un piano que tocaba solo. Otro piano, otras apariciones y otros guardias asustados aparecen en las historias del Museo de las Aves.
El mapa se extiende. En Landín quedó un fraile sin cabeza que cargaba un crucifijo. En el antiguo lago de lo que hoy es El Chapulín, una niña llamada Luz María habría encontrado a una mujer de rostro descarnado, mientras otra leyenda hizo caminar de noche a una estatua para consolarla.
En una hacienda al sur de Saltillo, durante los años treinta, un hombre aseguró haberse cruzado y hasta saludado con Gonzala Guevara mientras regresaba del panteón. Sólo después supo que ella había muerto durante la madrugada.
Y no todo quedó en cuentos transmitidos alrededor de una mesa. Los archivos dejan rastros de personas reales acusadas de aquello que sus contemporáneos llamaban hechicería. En 1748, Manuela de la Fuente fue secuestrada y azotada después de que varios hombres la culparan de haber embrujado a una mujer.
Décadas después todavía había expedientes que discutían si determinadas acusadas debían responder ante autoridades eclesiásticas o ante el Santo Oficio. En 1751, un proceso contra supuestas brujas llegó a incorporar demonios con forma de perro, casas donde se decía que olía a azufre y madres aterradas ante la posibilidad de que alguien dañara a sus hijos. Más tarde aparecerían curanderas perseguidas, hombres denunciados como brujos y sanadores expulsados de haciendas.
También están las historias que llevan el miedo debajo de nuestros pies. Un cuento publicado en Nueva York en 1884 puso a un arriero de Saltillo frente a un niño luminoso que lo conducía por galerías subterráneas hasta un manantial poblado de figuras fantasmales. Años después seguirían circulando relatos sobre túneles entre iglesias, criptas con esqueletos infantiles y tesoros escondidos por religiosos.
Hacia La Hibernia, la leyenda de Lucas y Marín cuenta que dos hermanos trabajaron la tierra en un día santo y fueron tragados por ella, dejando unos pozos como cicatriz y advertencia.
Tomadas por separado, todas estas historias pueden parecer curiosidades, exageraciones o simples cuentos para espantar a alguien antes de dormir. Juntas son otra cosa: un caleidoscopio bastante más incómodo, extraño y revelador a través del cual mirar a Saltillo y, de paso, mirarnos nosotros mismos.
Así que, venga, compartan sus historias que estaremos ansiosos de leerlas y compartirlas.