'El robo' (cuento navideño)
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Había trabajado desde el atardecer y ya era muy noche. Lo sabía porque las cabrillas brillaban ya muy arriba y por el cansancio que cargaba sobre los hombros.
No podía llegar con las manos vacías… y menos ahora. En diciembre, cuando las manos vacías se sienten más vacías que nunca, cuando la pobreza duele más, especialmente en esta noche, Nochebuena.
Se había metido en ese barrio último de calles polvosas y oscuras desde donde las casitas apretujadas unas contra otras le mostraban su pobreza tiritando en la madrugada de invierno.
Las manos vacías…
Pesó en los niños, sus niños… y se decidió. Dio media vuelta y enfiló hacia el centro, el frío cortaba a navajazos el rostro y las calles eran líneas de soledad rotas por algunos ventanales de luz aquí y allá y una algarabía trasnochada y fría.
Se paró frente al gran anuncio luminoso del almacén y no pudo evitar ese como hueco que se le estaba formando en el estómago y que tuvo que confesarse: es miedo. Voy a robar. Sigilosamente entró al patio trasero: vio a un vigilante que de espaldas a él se alejaba despacio echando bocanadas de vaho que se recortaban contra la luz de un arbotante y aprovechó el descuido para llegar hasta la puerta donde se descargan las mercancías, la empujó, estaba sin seguro.
Avanzó repegado a la pared, con la bolsa terciada en el hombro, evitando los claros… poco a poco… volteando para cerciorarse de que el guardia no lo había seguido. En la cabeza sus latidos eran retumbos del oleaje rojo de su sangre empujada por el miedo. Tomó los juguetes con una mezcla de cautela y frenesí, metiéndolos en la bolsa rápido, muñecas, rápido. Trenes, carritos, rápido, juegos de video, rápido, rápido… cuando de pronto… ¡se encendieron las luces del almacén!. Y empezó el estruendo de una sirena de alarma que venía del patio trasero.
Oyó las voces, no de uno sino de varios vigilantes que gritaban “¡es en el departamento de juguetes por allá, por allá!”, y las pisadas atropellantes iban acercándose, acercándose. Arrastró la bolsa y trepó al marco de una ventana para saltar a la calle.
El guardián de la bocanadas de vaho había llegado al callejón lateral y alcanzó a verlo cuando bajaba deslizándose por un tubo de desague de la azotea. Desenfundó el revólver, apuntó …y cuando iba a disparar lo reconoció, entonces, en un acto cómplice se metió en la penumbra y le dejó el paso libre.
Mientras tanto, él, sudoroso, se acomodó la bolsa y venciendo su gordura echó a correr hacia el final del callejón, recortada su figura por la luz de esa calle donde le esperaba el trineo con ocho renos que tan pronto como lo sintieron acomodarse se elevaron perdiéndose en el cielo.