Mirador 02/04/18
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El perro que cuida la casa del Potrero es un perro muy grande. Sin embargo su nombre es un diminutivo: se llama Solito. Y es que de cachorro apareció en el rancho un día sin que nadie supiera quién lo trajo ni de dónde vino. Llegó solito, dijeron las mujeres. Y Solito fue ya para siempre. Voy por la huerta, y el Solito va conmigo. De súbito le salta un conejito entre las patas. El perro corre tras él movido por su instinto y lo arrincona contra la tapia de la galera grande. No tiene escapatoria el conejito. El Solito abre las fauces para atraparlo entre ellas. Yo le voy a gritar: “¡Quieto!”, pero no alcanzo a hacerlo. El perro se detiene. Ha visto que el conejo es un gazapo, un asustado conejito niño, y no lo toca. Se aleja sin hacerle daño y vuelve a mí. Le doy unas palmadas de aprobación y me quedo pensando por qué nosotros los humanos no respetamos la vida que comienza, si ante ella hasta los perros de rancho se detienen. ¡Hasta mañana!...