Mirador 02/04/18

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Politicón
/ 2 abril 2018
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El perro que cuida la casa del Potrero es un perro muy grande.   Sin embargo su nombre es un diminutivo: se llama Solito.   Y es que de cachorro apareció en el rancho un día sin que nadie supiera quién lo trajo ni de dónde vino.   Llegó solito, dijeron las mujeres. Y Solito fue ya para siempre.   Voy por la huerta, y el Solito va conmigo. De súbito le salta un conejito entre las patas. El perro corre tras él movido por su instinto y lo arrincona contra la tapia de la galera grande. No tiene escapatoria el conejito. El Solito abre las fauces para atraparlo entre ellas. Yo le voy a gritar: “¡Quieto!”, pero no alcanzo a hacerlo. El perro se detiene. Ha visto que el conejo es un gazapo, un asustado conejito niño, y no lo toca. Se aleja sin hacerle daño y vuelve a mí.   Le doy unas palmadas de aprobación y me quedo pensando por qué nosotros los humanos no respetamos la vida que comienza, si ante ella hasta los perros de rancho se detienen.   ¡Hasta mañana!...

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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