No debemos, ni podemos acostumbrarnos a la muerte
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Flavio Josefo escribió los famosos libros “La guerra de los judíos” y “Antigüedades judías”, lecturas imprescindibles para aderezar los días “santos” que estamos viviendo. Pongo santos entrecomillado, porque son tan ordinarios o más, que los que cotidianamente vivimos.
Josefo vivió en el tiempo posterior a la muerte de Jesús de Nazareth y había nacido siendo esclavo, acogido después por la familia de los Flavios. Por él se conocen las costumbres que vivían los judíos y las prácticas que tenían los diferentes grupos que vivían hacia dentro del pueblo, a saber; sicarios, zelotas, fariseos, saduceos y esenios. Es sin lugar a dudas, un buen complemento contextual para entender lo que se nos narra por todas partes, aunque como todo, en el año poco se hable de ello. Al final del día la circunstancia nos asiste.
En “La guerra de los judíos”, nos narra las guerras que tuvo el pueblo de Israel desde los Macabeos, hasta la de la fortaleza de Masada por el año 70 después de Cristo. Por supuesto, los judíos estuvieron siempre y hasta la fecha, marcados por los conflictos. Los egipcios, los asirios, los persas, los babilonios, los griegos y los romanos fueron sus victimarios. En “Antigüedades judías” entrecruza algunos acontecimientos que tienen su paralelo en la Biblia. Lo interesante de ambos libros es que nos muestran, desde la neutralidad de la pluma lo que se vivió en tiempo y forma, justamente en tiempos de Cristo. Un pueblo acostumbrado al conflicto, a la violencia y por supuesto a ver la muerte de frente.
Es a Flavio Josefo y a otros autores, a quien se les debe las noticias que han llegado hasta nosotros sobre cómo se practicaban los castigos en la Roma Imperial, y en el caso de la muerte por crucifixión bajo qué criterios se desarrollaba. En principio, quienes eran víctimas de este castigo, eran todos aquellos a los que se les consideraba enemigos del Imperio y que conspiraban contra el César. Las formas eran variadas, desde colocar los cuerpos en el tronco de un árbol, hasta en instrumento en forma de T (tau griega).
Por tanto, era algo común como lo afirma Josefo, “ver crucificados por los cruces de los caminos”. Es decir, la muerte de Jesús, no fue nada extraordinaria en el entorno de violencia que se vivía en el contexto de Jerusalén a principios de la era cristiana. El dato de extraordinario y hasta sobrenatural se lo dio la fe cristiana, la literatura y Hollywood. Veámoslo por el lado contrario, son unos cuantos los que alcanzan a descubrir y a magnificar el acontecimiento Cristo. Son unos pocos, en ese momento, los que encuentran en la muerte una lectura distinta de lo que ordinariamente se entiende por ella. Al tiempo, el elemento hiperbólico jugó un papel elemental en la narración del relato.
Evidentemente, la vida de un hombre que en palabras de San Marcos “paso haciendo el bien”, no debía tener el fin que tuvo. Sus palabras sobre la fraternidad, la solidaridad, el arrepentimiento, la generosidad, la dignificación del ser humano fundada en la igualdad, la caridad, el compartir y el dar la vida por los demás no debían terminar así. El final de la narrativa fue distinto. En el entendido de la injusticia, se busca el final feliz, la Ascensión a los cielos.
Sin embargo, en la interpretación que se ha dado al hecho “Muerte de Cristo” ha prevalecido el emotivismo y el sensacionalismo con las consecuencias respectivas, la poca liga con la realidad que vivimos. No se da, como se dijera en términos educativos, el aprendizaje significativo, es decir, la liga de lo ocurrido en el año 33 y la realidad que hoy experimentamos. Para fines prácticos, abruptamente, no pasamos de Iztapalapa y de las puestas en escena en los barrios. Es decir, de lo superficial, de lo sentimental y de lo mecánico que se queda ahí, pero que no hace mella en lo social.
Hoy en este país eminentemente cristiano, donde según datos de INEGI en 2016, el 82% de la población, son católicos; 8.3 millones son evangélicos, 1.5 millones son Testigos de Jehová y 2.5 millones pertenecen a otras denominaciones cristianas y pareciera ser que igual como en tiempos de Flavio Josefo, la muerte de Jesucristo sigue pasando desapercibida. La razón es simple, estamos acostumbrados a ver muertos por todas partes, por tanto, no hay novedad.
En datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública en 2017 (SNSP) y tomo la estadística del gobierno para no generar suspicacias, durante el período de gobierno de Felipe Calderón hubo 120 mil 935 homicidios, hasta mayo del año pasado, según la misma fuente, en el presente sexenio, según la misma fuente van más de 90 mil personas muertas. Nada más para que se dé una idea de noviembre de 2017 a enero de 2018 asesinaron a más de 23 mil personas.
En estos días en Reynosa, Nuevo Laredo, Monterrey y en muchos lugares del país la vida sigue siendo poco apreciada. También existen otras formas de muerte. En datos de CONEVAL en México, 2 millones de personas carecen de ingreso suficiente para adquirir los productos básicos para sobrevivir. Casi 3 de cada 4 indígenas viven en pobreza; 4 de cada 10 no tienen ingreso suficiente para adquirir la canasta alimentaria.
Da pena ver a gente emocionada, sensible y dolida con las narraciones y películas que en éstos días pululan por todas partes, pero poco comprometida con los nuevos vía crucis que producen muertes a gran escala. Jóvenes sin esperanza, migrantes, pobres, desempleados, pensionados, madres solteras, indígenas, madres de desaparecidos, niños víctimas de pederastas, enfermos que carecen de servicios de salud pública, ancianos que viven en el abandono, un sistema de corrupción que divide y complica la vida social, en fin, nuevas formas de muerte.
¿Cuál es mi responsabilidad en este momento en una sociedad donde la injusticia, la desigualdad, la impartición de la justicia, la corrupción, la impunidad y la pobreza siguen generando dolorosos calvarios? ¿Qué tiene que ver Cristo con la pasión de millones de mexicanos que dificultan realizarse como seres humanos? ¿Cómo pasar de la devoción a la participación activa que genera vida? ¿Qué tiene que ver la religión, la semana santa o la adhesión a Cristo con esta realidad? ¿Qué tengo que ver yo?
Así como para una parte de los mexicanos la muerte de Jesucristo, por razones de religiosidad, hoy Viernes Santo, no puede pasar desapercibida; todos los días del año, no podemos, ni debemos acostumbrarnos a ver muertos por todas partes, sería muy poco cristiano.