Tumba de Sada 25/09/17
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Tumba de Sada
¿Tuvo deudas o deudos Daniel Sada?
Si la hospitalidad para él fue hospicio
y el Seguro Social un beneficio
más miserable, no nos debe nada.
Le debemos su prosa aclimatada
a las anomalías del oficio,
en las alegorías del solsticio
coahuilense, que alumbra como espada.
Fue la red de limosnas un insulto:
¿dónde fueron las becas y los premios?
Dejamos que los otros se hagan cargo
y que el Estado condecore el bulto.
Sada nos contemplaba sin apremios:
fue su perdón, cual su agonía, largo.
Memento mori
Así pues, falleció Bonifaz Nuño,
silenciando a la musa con erudito dedo;
más allá de la cólera y el miedo,
juntó sus noventa años con vigoroso puño.
Nos traía su sintaxis y el éter del terruño
a un café en Miguel Ángel de Quevedo,
y Catulo imprimía al medido denuedo
de la conversación su fierro y cuño.
Abandona por fin la biblioteca,
los pies y el ataúd de libros por delante,
vendidos a las arcas del Estado,
con la hija adoptiva que, no venal, depreca,
por treinta años pasados al diamante
de don Rubén, marcharse y continuar a su lado.
Molino del polvo
Cuando Rulfo murió fue un sábado. Yo entraba
a la cantina: imágenes de la televisión
convertían en cosa de irrisión
el casco de la Muerte que repara en la grava.
Cada sábado, entonces, un paquete compraba
de Delicados; para la ocasión,
exigía mi tequila y mi canción:
la mandíbula de la radiola rió sin traba.
Era un sábado más, cotidiano y festivo,
como acostumbra ser la muerte en México;
nadie se lamentó por la noticia.
La cantina de pronto se quedó sola –escribo
de memoria–: se hizo el sol parapléjico
tolvanera y eclipse esa tarde ficticia.