Proteger a la niñez es una tarea de tiempo completo
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No puede haber excusas ni pretextos en relación con las obligaciones que todos tenemos, todos de proteger a niñas, niños y adolescentes: se trata de un deber irrenunciable
Que los niños y los jóvenes representan el futuro de nuestras comunidades puede sonar a frase trillada por el abuso que solemos hacer de ciertas expresiones, pero eso no implica que, en este caso, la afirmación deje de ser cierta. Mucho menos que el desgaste de las palabras permita ignorar los compromisos que ellas contienen.
Porque para que no se trate de una simple frase de ocasión, desprovista de contenido, es indispensable que las comunidades, desde la acción individual de cada uno de sus integrantes y, sobre todo, desde sus instituciones, asuman el compromiso de proteger a niñas, niños y adolescentes, así como de contribuir a la garantía de su sano desarrollo.
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Y cuando decimos que es necesario asumir el compromiso con quienes representan el futuro de nuestra especie debe entenderse que se trata de una vocación de protección y cuidado hacia todos por igual, es decir, con independencia de su origen, nacionalidad, antecedentes familiares o cualquier otro rasgo individual.
Para decirlo más claro: cuando nos encontremos ante un menor en condición de vulnerabilidad, el deber de cuidado hacia él debe conducirnos a garantizar su protección por encima de cualquier característica individual que posea. Y eso incluye el que se trate de un menor de nacionalidad extranjera.
El comentario viene al caso a propósito del reporte que publicamos en esta edición, relativo al preocupante crecimiento que ha tenido la localización, en territorio coahuilense, de niños migrantes viajando solos.
De acuerdo con la Unidad de Política Migratoria, de la Secretaría de Gobernación, durante los primeros ocho meses del año 2024 se detectaron 302 niños migrantes en el territorio estatal, lo cual implica un incremento de 52 por ciento en la incidencia de este tipo de casos, en comparación con todo el año previo, cuando se identificaron 198 casos en total.
¿Cómo pueden los menores ingresar a México y recorrer los miles de kilómetros que separan la frontera sur del límite con los Estados Unidos?
La respuesta a dicha interrogante sólo puede ser una: porque no estamos cumpliendo, como país, con el deber de cuidado que tenemos hacia las infancias y, lejos de proteger a los menores, permitimos que arrostren los riesgos que implica viajar solos por un país desconocido.
Se trata de una circunstancia inaceptable que debe ser corregida en el punto de origen, es decir, en el lugar donde se registra el ingreso de los menores a nuestro país. ¿O acaso estos ingresan con sus padres a México y luego se extravían en el camino?
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Los casos de “menores no acompañados” evidencian la irresponsabilidad con la cual se ha manejado la política migratoria del país en los últimos años y ponen de manifiesto la urgente necesidad de que tal situación se corrija para evitar que sigan exponiéndose a cientos de niños a riesgos de todo tipo.
Cabría esperar que el Gobierno Federal mexicano asuma la responsabilidad que tiene en este rubro y rectifique de inmediato.