Que no muera la fiesta de toros... para que no muera el toro

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Opinión
/ 25 enero 2026

“Bubis”. Esa palabra del lenguaje coloquial sirve familiarmente para nombrar al busto femenino. El vocablo, aunque de empleo popular, tiene origen culterano. En la Inglaterra de la época de Chaucer y Shakespeare ya se usaba el término bubbie, derivado quizá del latín puppa, que significa “muñeca” o “muchachita”. De ahí viene posiblemente el uso de la voz “papa” con que los niños pequeños piden su alimento. En la rica lengua hebrea buba es también “muñeca”, y la expresión bubele tiene en Yiddish una connotación de afecto. Pero advierto con moderada alarma que estoy divagando. A lo que voy es a recordar al educado caballero que al ser presentado a una joven mujer de prominente y muy visible busto le dijo con exquisita cortesía: “Beso a usted las manos, señorita”. Y añadió luego: “Claro, como segunda opción”... Yo no quiero que desaparezca la fiesta de toros porque no quiero que los toros desaparezcan. El toro de lidia es una de las más bellas y majestuosas criaturas que existen. Su instinto es combatir, y el hombre, desde un millar de años antes de Cristo, se valió de esa característica para crear la tauromaquia, oficio que se da en la presencia de la muerte. El toreo es una de las artes que a más artes convoca: la poesía, la pintura, la música, la danza, la escultura. Es arte efímero: una lenta verónica dura un par de segundos, igual que un hondo pase natural. Su visión, sin embargo, permanece en la memoria. ¿Que el toro es herido antes de ser muerto? Sí, pero para que el toro viva los toros tienen que morir, y su lidia no puede cumplirse sin que su sangre brote, igual que brota a veces la del lidiador. Si desaparece el toreo desaparecerá también el toro, reducido entonces a mera res que morirá sórdidamente en un rastro o matadero, en vez de acabar su vida en el ritual esplendoroso de una tarde con marco de oro, seda, sangre y sol, en medio de música vibrante y vibrantes olés. Algunos enemigos de la fiesta de toros –de toros, obsérvese bien, no de toreros– se oponen a ella de buena fe, pero los más piden su desaparición porque no la conocen, y por tanto no sienten su belleza y su profundidad. Yo defenderé hasta lo último el toreo porque hasta lo último defenderé al toro, amenazado de extinción por causa de quienes dicen protegerlo. Ahora bien: ¿a qué estas apasionadas digresiones? Vienen a colación porque el pasado jueves asistí en Monterrey a un venturoso encuentro. Un grupo de excelentes aficionados regios se reunieron para homenajear a uno de los mejores toreros que ha dado México al mundo de la torería: Eloy Cavazos. El muy querido y admirado diestro conserva su prestancia y gallardía, lo mismo que su extraordinaria calidad humana, fincada en la sencillez y la bondad. Don Antonio O’Farril y don Jesús Humberto Garza le entregaron una placa con la inscripción siguiente: “El Grupo de Amigos de la Fiesta Brava otorga el presente reconocimiento al Maestro Eloy Cavazos, torero de puerta grande, en ocasión de cumplirse 58 años de la confirmación de su alternativa, 28 de realizar por tercera ocasión la hazaña de cortar cuatro orejas y un rabo en la Plaza México, y 26 de cortar tres orejas y un rabo en la misma Plaza alternando con el torero español Enrique Ponce”. Eloy agradeció con emoción el homenaje, y con humor recordó a cierta tía suya que no estimaba en mucho eso de cortarles a los toros las orejas y el rabo. Decía desdeñosa: “Se los cortan cuando ya están muertos. A ver, córtenselos cuando estén vivos”. Vayan por ese medio mi homenaje y mi afecto a Eloy Cavazos, y mi vehemente deseo de que no muera la fiesta de toros, para que no muera el toro... FIN.

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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