‘He perdido mis facultades’

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Opinión
/ 24 enero 2026

Para el amor no hay edad. Ni para el desamor. George Abbott, dramaturgo y director teatral norteamericano, vivió una larga y azarosa vida. A los 95 años seguía dirigiendo en Nueva York comedias musicales, y lo hizo hasta que murió a la matusalémica edad de 108 años. Tenía 81 cuando empezó un tórrido romance con la actriz de cine Maureen Stapleton, de 43. La relación duró 10 años, y terminó por causa de infidelidad... de él. Maureen lo sorprendió en la cama con una mujer 30 años menor que ella. Si en el rancho del Potrero se conociera esta singular historia los señores dirían: “¡Ésos son hombres!”, y dirían las señoras. “¿Pa’ qué sirve un hombre así?”. Casos famosos de varones de avanzada edad y a la vez viripotentes se han conocido: Chaplin, Casals, Picasso. Y don Francisco, cuyo apellido no pondré aquí por discreción. Casó con muchacha en flor de edad. Se ha dicho que la mujer se entrega por uno de estos tres motivos: inocencia, insistencia o indigencia. La que unió su vida a la de don Francisco lo hizo por esta última razón, pese a que el maduro galán ya era octogenario. La noche de las bodas, acostados los disparejos novios en el lecho nupcial, ella le dijo a él en la penumbra de la habitación: “Don Francisco: su codo me está calando en la espalda”. Aclaró el provecto desposado: “No es el codo”. Y exclamó la novia, extática: “¡Paco!”... Alguna semejanza tiene ese relato con el del añoso caballero que llevó al altar a mujer joven, sin hacer caso del proverbio que dice: “Casamiento a edad madura, cornamenta o sepultura”. Antes del desposorio le advirtió a la novia: “No vayas a esperas mucho de mí, linda. Con los años he perdido mis facultades”. Los hijos del señor temieron por su integridad, pues sabían de varios hombres que contrajeron matrimonio cuando eran ya mayores, y en la primera batalla de amor se les fue la vida. “¡Me voy! ¡Me voy!” –exclamaba con acezante voz el contrayente. La novia pensaba que esas voces se debían al orgásmico deliquio, y a su vez decía excitada: “¡Sí, papacito!”. En verdad el señor se estaba yendo, pero del mundo. Bonita forma es ésa de irse, ciertamente, pero pienso que el señor habría preferido quedarse. El caso es que los hijos temieron por la vida de su anciano padre, pues la amorosa pasión podía quitársela, así que dispusieron que los novios pasaran la noche nupcial en habitaciones separadas, a fin de que el señor no quedara expuesto a la tentación que todo varón siente en presencia de una persona del llamado sexo débil, que en verdad es el más fuerte. Grande fue entonces la sorpresa de la recién casada cuando a medias de la noche escuchó discretos toquecitos en la puerta. La abrió, y ahí estaba su senil marido. La sorpresa fue aún mayor cuando el valetudinario caballero la llevó al tálamo y le hizo el amor dos veces seguidas, tras de lo cual se retiró en silencio. Poseída por el dulce sopor que sigue al amor bien cumplido iba la muchacha a conciliar el sueño cuando he aquí que nuevamente el señor llamó a la puerta. Otra vez llevó a cabo el amoroso acto, y por segunda vez asegundó, hecho lo cual salió del cuarto sin decir palabra. Fatigada por las dos insólitas visitas del veterano follador la joven cerró los ojos para dormir. En eso -difícil es creerlo- se oyeron por tercera vez toques en la puerta. Ya sabemos quién llamaba: era el maduro esposo. Abrió la muchacha y le dijo sin contener su asombro: “¿Cómo es posible? ¡Ésta es la tercera vez que viene usted en el curso de la noche, y en cada ocasión me ha hecho el amor dos veces seguidas!”. Respondió, apenado, el cachondo señor: “Ya no me acordaba, chula. Te digo: he perdido mis facultades”... FIN.

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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