Reencuentro o la pasión por el piano
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Una década y un poco más de un lustro es el tiempo que el maestro y pianista Alejandro Reyes-Valdés estuvo alejado del repertorio pianístico. Sin embargo, durante los 16 años de dicho distanciamiento (debido a una distonía focal que afectó el funcionamiento de su mano derecha), Reyes-Valdés desarrolló una intensa actividad como pianista acompañante, coach vocal, director de orquesta, director de la Compañía de Ópera de Saltillo, director artístico musical de numerosas puestas operísticas en escena, actividades que lo mantuvieron vigente.
“Reencuentro”, título que dio a su recital, es el retorno del músico per se, del pianista solista, del ejecutante del repertorio de envergadura, de las obras de lirismo, de los ciclos poéticos. Con una curaduría de nueve piezas icónicas concebidas para el piano, el programa constó de obras de Mozart, Beethoven, Chopin, y el mexicano Ricardo Castro. Reyes-Valdés abrió su reencuentro con la Sonata no. 8 en Do menor , Op 13 “Patética”, (1799) de Ludwig van Beethoven (1770-1827).
Desde la primera frase y el primer acorde en Do menor en forte, seguido de un piano, Alejandro Reyes-Valdés mostró su capacidad intacta para tocar el piano, y más allá de pulsar las teclas, demostró que su estatura para interpretar música del repertorio pianístico se fortaleció en el silencio de tres lustros: en esa primera frase se encuentra la esencia del piano, el contraste de dinámicas, que Alejandro dominó sin titubeos. El control y conexión del brazo a la muñeca y de ésta a los dedos, resultó en pasajes de bravura muy bien logrados, además de un control férreo del pulso que no permitió los desbocamientos muy comunes en pianistas amateurs.
Después del primer movimiento, surgió el lirismo del Adagio cantabile, una de las piezas más célebres del genio de Bonn. Reyes-Valdés hizo alarde de su madurez musical apegada al estilo del romanticismo temprano. Su legato hilvanó con maestría los temas del movimiento en forma de Rondó. La aparente sencillez de las líneas melódicas, la complejidad armónica de su estructura y la tensión dramática del segundo movimiento, se conjugaron en Reyes-Valdés en un pulso firme y fiel al lirismo beethoveniano.
El único “traspié” visible de la velada fue al inicio del tercer movimiento, el Allegro en forma de Rondó, en donde Reyes-Valdés repitió la anacrusa y las primeras notas del primer compás, en un titubeo explicable, provocado por los aplausos fuera de lugar de un sector del público. Este distractor desconcentró al pianista, indudablemente. Sin embargo, ello no mermó en la claridad que el pianista plasmó en las figuraciones rápidas del tercer movimiento, y que fue el sello distintivo de una brillante ejecución de la “Patética”.
El pathos beethoveniano dio paso a la jovialidad, ternura y limpidez de Mozart. Las Variaciones sobre el tema de “¡Ah, te diré, mamá!”, fueron la prueba de fuego para Reyes-Valdés en varios frentes, que resolvió con creces: claridad en las líneas contrapuntísticas y dinámicas de levedad, así como un manejo discreto del pedal. La ubicación estratégica de estas variaciones mozartianas sirvieron para depurar el oído y dar paso al repertorio con obras de Chopin: dos Nocturnos y cuatro Estudios.
Reyes-Valdés encaró las dificultades chopinianas con notable solvencia, madurez técnica pianística- que no se olvidó del todo-, y un lirismo contenido, sobrio, anclado en un conocimiento preciso del lenguaje chopiniano. Sin embargo, en algunos pasajes de los Nocturnos se percibieron pianos débiles, carentes de cuerpo y peso y un lapsus de memoria en la mano izquierda en la parte final del Nocturno en Do menor, Op. 48, no. 1. El lirismo chopiniano, casi vocal, fluyó apaciblemente en ambos Nocturnos, gracias al entendimiento pleno de Reyes en el uso del rubato.
De los cuatro Estudios (Op. 25, no. 2, Op. 10, no.12, Op. 10, no. 4 y Op. 25, no. 10), Alejandro Reyes interpretó dos de intensa bravura y gran dificultad: el Estudio op. 10, no. 4 en Do# menor y el Estudio op. 25, no. 10 en Si menor, de los que salió incólume, destacando su control absoluto del eje del brazo y flexibilidad en los hombros. El Reencuentro finalizó con el Vals-Capricho de Ricardo Castro, en el que Reyes consolidó su innegable maestría pianística, y un encore con una pieza de Enya.
CODA
Que este Reencuentro no tenga fecha de caducidad. Esperamos y deseamos el recital integral con los Nocturnos de Chopin.