Régimen obradorista: Los riesgos de la ausencia de Estado

Opinión
/ 23 diciembre 2024

Absurdo que, para el régimen, la amenaza mayor sea la muy diezmada oposición y no el crimen

En la desesperación, opositores y críticos al régimen obradorista esperan ser testigos del pronto y total fracaso del Gobierno nacional. Consideran la pérdida de uno ganancia del otro, siendo ese otro la oposición institucional. Error mayor. Los vacíos se ocupan: el lugar que deja el Estado lo colma otro y, por lo que se perfila en el país y en regiones de profunda crisis institucional, como Guerrero, Guanajuato, Sinaloa y Tabasco, entre otros, la ausencia de autoridad empodera al crimen organizado y no a los adversarios políticos del régimen.

A los del régimen, funcionarios e intelectuales orgánicos, indigna que se plantee como escenario posible una severa crisis económica. De alguna manera cambiarían los términos del apoyo social, mejor no invocarlo y excluirlo del horizonte posible. En su enojo, afirman que los opositores quieren que le vaya mal a México, tergiversando el deseo de todo opositor de que las cosas no le resulten a quien gobierna, no al país. La cuestión es que si a quien detenta el poder le va muy mal, en las condiciones actuales, a todos también nos irá muy mal. El problema no es la economía o la inseguridad, sino lo que desencadenaría en secuela la ausencia de Estado.

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Mentes informadas e ilustradas, pero proclives a ver todo a favor del régimen, descalifican los escenarios negativos y los consideran catastrofistas, como si existiera el propósito en analistas de sembrar miedo para minar la credibilidad de quienes gobiernan. La credibilidad en cierta forma la tienen, no porque la merezcan, sino porque ganaron las elecciones y porque la asignación de legisladores se hizo conforme a la interpretación de la sobrerrepresentación, lo que les permite decir, aunque falso, que tienen la representación del pueblo, como si fuera uno solo y no el crisol de regiones y diferencias étnicas, culturales, políticas y sociales.

Nadie representa al pueblo, que sólo existe para la retórica. Por eso en la democracia el sujeto político son los ciudadanos; en el autoritarismo, el pueblo, entendido como una entidad única, homogénea, unificada y adherente a sus gobernantes de ahora; una falacia, sin duda. La realidad es que ante el colapso de las expectativas por las dificultades económicas puede significar un deterioro en el consenso mayoritario, hasta ahora sustento del régimen.

En este contexto es importante la manera en como se dan las disputas al interior del régimen. Después de la visita del secretario de organización de Morena a su padre, llamó la atención al gobernador de Tabasco, Javier May, quien había señalado públicamente al coordinador del Senado, Adán Augusto López, responsable directo de la descomposición de la seguridad pública en el estado. López Beltrán llamó a la unidad, no bajo el argumento del peligro que plantea el crimen organizado, tan notorio en Tabasco, sino por una supuesta oposición agazapada que en cualquier momento podría resurgir. Absurdo que, para el régimen, la amenaza mayor sea la muy diezmada oposición y no el crimen.

Debe resultar muy incómodo para el régimen plantear un escenario adverso, precisamente porque se ha sobrevenido no sólo la esperanza, sino la certeza de un mejor futuro; prácticamente se suscribe la infalibilidad del proyecto. Sin embargo, invocar al pasado como la causa de todos los males pierde fuerza por razón del tiempo. De esta manera, por ejemplo, se tienen que hacer malabares para referir a la corrupción en el Infonavit de tiempos lejanos como argumento para justificar el cambio a los principios fundacionales de la institución. El director Octavio Romero y la presidenta Sheinbaum ignoran deliberadamente seis años de gestión a cargo de los suyos; por cierto, con malos resultados. De valorarse los indicadores de desempeño, se advertirían las malas cuentas del gobierno obradorista, considerablemente peores a las de quienes le antecedieron. Para quien se instala en la lucha política sólo la propaganda vale.

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Las dificultades presentes, muchas generadas por impericia o por indolencia, particularmente el desorden financiero, el deterioro del gobierno y la complacencia o connivencia ante el crimen organizado y otras propias del entorno internacional, como el arribo del populismo nativista al poder en EU, obligan a pensar en la adversidad.

Obligada es la prospectiva de crisis, no por deseable, sino por inevitable. Sus efectos pueden ser devastadores para el país y los mexicanos. La crisis de Estado plantea escenarios indeseables que hacen pensable el caos, el narcoestado o la respuesta autoritaria militar, todo con cargo a la democracia y las libertades.

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