Si no fue esta, no será nunca
Hicimos nueve de nueve, le ganamos a una de las mejores generaciones de Ecuador y aun así volvió a faltar algo. Siempre termina faltando algo
—Pánfilo, ayúdame a llevarle los pantalones a la vecina. Llevo días de retraso y no he podido entregárselos porque tu tío no me ayuda en nada.
Cuando la abuela se sentía rebasada, había dos cosas que no perdonaba: que nadie la ayudara y, peor aún, que ni siquiera tuviera ganas de hacerlo.
—Abuela, estoy terminando la tarea. Es importante porque todos mis compañeros llevaron su trabajo impreso menos yo, y la maestra no me va a dar oportunidad de entregarlo después.
—¿Y tienes dinero para el cyber o para las impresiones? —preguntó con esa ironía que sólo las abuelas saben usar.
—No, abuela.
—Entonces ve a dejar los pantalones para que la vecina me pague y tengas con qué imprimir el bendito trabajo.
Me levanté de mala gana. Ese trabajo le correspondía normalmente a mi tío Catarino, pero desde el México contra Inglaterra apenas salía de su cuarto, ese que alcanzó a construir cuando se fue al gabacho junto con mi padre. Lo deportaron pocos meses después, aunque al menos regresó con un techo propio encima de la azotea.
—Abuela, déjeme hablar con él. Yo lo convenzo de que vuelva a trabajar. Eso de deprimirse por un Mundial ya es demasiado.
—Así se pone cada cuatro años. Mejor ni lo molestes. Ya se le pasará... aunque espero que se le pase mientras yo siga viva.
Aquellas últimas palabras me dejaron inmóvil. Mi madre no estaba con nosotros; mi padre seguía en Estados Unidos y hacía mucho que parecía haberse olvidado de mí. Si algún día faltaba mi abuela, el único que me quedaría sería Catarino.
—No diga eso, abuelita. Déjeme subir. Yo hago que baje.
Subí las escaleras y toqué la puerta improvisada que mi tío había construido para sentirse dueño de un poco de privacidad. La verdad era que todos los vecinos lo veían todos los días; un cuarto levantado sobre una azotea difícilmente podía esconder a nadie.
—Tío, voy a pasar.
Abrí la puerta despacio. Catarino seguía sentado sobre la cama, con el teléfono descansando sobre la panza. El cuarto olía a encierro, la barba llevaba varios días sin conocer un rastrillo y la televisión permanecía encendida en un canal deportivo.
—Pánfilo, dile a tu abuela que no quiero. Estoy bien.
Nunca lo había visto así. No parecía un hombre haciendo berrinche; parecía alguien a quien le habían quitado una ilusión que llevaba demasiados años esperando.
—No vengo a ofrecerle comida, porque casi no hay. Vengo a pedirle que le ayude a la abuela con las tortillas y con la ropa que prometió entregar hace días.
Apenas levantó la mirada y dejó escapar una sonrisa breve.
—Hazlo tú, muchacho. Yo sigo cansado... triste... todavía me pesa el Mundial.
—A mí también me dolió, tío. Fue bonito ilusionarnos con la Selección, pero ya pasó. Hasta el vecino dejó vacante el puesto de holgazán del barrio; no vaya usted a ocuparlo. Ayúdele a la abuela. Ayúdeme a mí para que pueda terminar mi tarea.
Catarino negó con la cabeza.
—No fue una ilusión. Eres un niño y todavía no alcanzas a verlo.
—¿Ver qué?
Apagó el sonido de la televisión y me miró con una seriedad que pocas veces le había conocido.
—Si no fue esta, no será nunca.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Nunca vamos a ser campeones del mundo. Hay que decirlo como es. No tenemos las condiciones para ir a cualquier país y plantarnos con esa personalidad. Lo que vimos este verano no salió únicamente de los jugadores ni del entrenador; salió de la gente. Salió de los que llenaron las calles, de los que se robaron al Ángel para hacerlo suyo, de los que convirtieron cualquier poste en un motivo para hacer fiesta. No creo que México vuelva a organizar otro Mundial, ni que la FIFA vuelva a ponernos todo tan de frente. La altura, el clima, la gente... todo eso jugó con nosotros.
Bajó la mirada antes de seguir.
—Cuando terminó el torneo, también se acabó la respuesta a ese “¿y si sí?”. En España, Portugal o Marruecos, ningún jugador va a escuchar nuestros gritos ni va a sentir esa energía que esta vez empujó al equipo cuando las piernas ya no podían más. Hicimos nueve de nueve, le ganamos a una de las mejores generaciones de Ecuador y aun así volvió a faltar algo. Siempre termina faltando algo.
Con Catarino nunca había punto medio. Era capaz de decir la tontería más grande de la semana o de pronunciar un discurso que dejaba pensando a cualquiera.
Lo miré un momento antes de contestarle.
—Puede que tenga razón, tío. A lo mejor nunca somos campeones. Pero la Selección siempre va a volver, y nosotros también. Lo bonito del Mundial no fue solamente lo que pasó en la cancha; fue ver a un país entero acordarse de que todavía sabe abrazarse. Usted mismo tenía pleitos con los vecinos y acabaron viendo los partidos juntos, pisteando como si fueran familia. Eso también cuenta. A veces hasta vale más.
Catarino sonrió por primera vez desde que entré al cuarto.
—Tienes razón, sobrino. Ahí vamos a estar, pase lo que pase.
—Pero primero tiene que ayudarle a la abuela, porque si no, nos va a enterrar vivos antes de que llegue el siguiente Mundial.
Ahora sí se rio.
—¿A qué vecina hay que llevarle la ropa?
—Creo que a la muchacha del 201.
Se quedó pensativo un instante.
—¿A Jimena?
—Sí.
Se levantó de la cama, buscó una camisa limpia y, mientras abría el cajón donde guardaba el desodorante, murmuró:
—Bueno... tampoco puedo presentarme derrotado en todos los aspectos de mi vida.