¿Y si sí?
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¡Pánfilo! ¡Ven, canijo! Empápate de esto. Esto es México festejando. Esto es lo que provoca la Selección
—¡Lo logró! ¡México consigue nueve puntos de nueve posibles! Es la primera vez que la Selección gana sus tres partidos de grupo. ¡Escuchen... escuchen esta locura! ¡El Azteca tiembla, el Azteca ruge!
Yo estaba sentado en el sillón de mi abuela, ese único sillón que no tiene plástico cubriéndolo. De fondo sonaba la televisión comprada a “paguitos chiquitos para que tu bolsillo no llore”, así como dice el comercial. El comentarista, con la voz entrecortada por la emoción, apenas podía hablar mientras en el estadio comenzaban a cantar “Cielito Lindo”.
“Canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones...”.
Cuando llegó el “Ay, ay, ay”, sentí un escalofrío que me recorrió completo. Por un momento me dieron ganas de llorar. Me emocioné. Aunque, siendo honestos, pocas cosas le ganan al hambre. El olor de los frijoles rancheros que preparaba mi abuela terminó de completar el momento, hasta que la escuché decir:
—¿Dónde carajo estará tu tío? Lleva dos días sin llegar a la casa y, si sigue así, lo voy a internar de nuevo.
—Abuela, ganó México. Seguro anda festejando. Hay que festejar nosotros también. Fue paso perfecto: tres de tres, ningún gol recibido, se despidió una leyenda.
Mi abuela me miró con mucha ternura. Siempre me miraba con ternura, pero aquella vez venía acompañada de un silencioso “no seas ingenuo”.
—Eso es lo que tiene este país: con las cosas más pequeñas nos ilusionamos. México ha jugado muy bien muchas veces, hemos tenido grandes ídolos, pero al final juegan como nunca y pierden como siempre. Mejor vente a comer.
Su respuesta me dejó pensando. Del Mundial de 2018 apenas guardo algunos recuerdos; el de 2022 ni siquiera quiero intentar recordarlo. Ya me habían hablado de otros fulanos que también prometían cambiar la historia, pero esta vez era diferente. O al menos eso parecía. Había algo en estos pelados que hacía pensar que jugaban también por la gente que todos los días sobrevive en este país.
En eso sonó el celular de mi abuela. Uno viejito, de esos que se regalan después de comprar otro. Este, en particular, servía únicamente para hacer y recibir llamadas. Nada de redes sociales, nada de fake news; sólo hablarle al tío y contestarle al mismo tío.
Y, dicho y hecho, era Catarino.
Mi abuela contestó gritando:
—¡BUENO!
Con ella nunca se sabía si gritaba por la sordera o por el coraje que implicaba ser la madre de mi tío.
—Ma, deje que Pánfilo venga al Ángel conmigo.
Podía escuchar perfectamente porque ese teléfono sólo funcionaba en alta voz.
—¿Estás tonto o qué? Hay mucha gente. Llevas dos días sin venir a la casa. Te mandé por mi dinero de la ayuda y seguro ya te lo gastaste en pomo.
—¿Cómo cree, jefa? Su dinero está intacto. Vine a ver lo de un jale, pero me queda bien lejos de la casa y por eso no he podido regresar. Dele chance a Pánfilo de venir. Que viva este momento histórico.
—¿Cuál histórico, Catarino? Dijiste lo mismo en Brasil. Lo mismo en Sudáfrica. Y ni hablar en Alemania, que hasta yo me ilusioné.
Terminó la frase mirándome. Tal vez pensaba que no quería verme repetir la misma historia.
—Jefa, esta vez es diferente, se lo juro. Lo dicen los argentinos, los brasileños y hasta los españoles. Hoy, hasta los grandes están volteando a ver a México. Deje que el morrillo venga. Además, quién sabe si volvamos a vivir otro Mundial aquí. Éste ya es el tercero y, con eso de hacerlo entre tres países, quién sabe cuándo vuelva a tocarnos.
—Has de andar bien cuete. Si en tus cinco sentidos apenas puedes cuidar de ti, menos vas a cuidar a Pánfilo. Además, traes mi dinero y también el de la beca del muchacho. No quiero que se los vayan a sacar por andar de lucidos.
Mi tío soltó una risa.
—Jefa, no vea tantas noticias. Si uno les creyera todas, ya nos habríamos acabado tres veces. Hoy deje descansar las preocupaciones tantito. Hoy ganó México.
Reconozco que Catarino podía ser medio fiestero y, de vez en cuando, un sinvergüenza. Pero también tenía un talento especial para convencer a la gente. Sobre todo a mi abuela. Con decir que hasta yo empezaba a creerle.
Mi abuela volvió a mirarme. Ni siquiera tuvo que preguntarme si quería ir. La emoción seguramente ya se me notaba hasta en las orejas.
—Ándale, pues. Pero vienes por él.
—Ya está grande, jefa. Dos camiones sí sabe tomar. Mándelo y, de paso, dele para los pasajes... y un refresco.
—¡Ay, Catarino! Siempre sales con lo mismo. Está bien, pero tienes que ayudarme a hacer tortillas y coser, que las vecinas me trajeron tanda de ropa para que se las arregle. También me tendrás que llevar al médico; quedaste en llevarme hace una semana y esta tembladera de manos ya no la aguanto.
—Sí, mamita... este fin de semana completamos.
Tomé mis cosas. Mi abuela me dio el dinero y me dijo:
—No pierdas esto, porque si no, no tendrás cómo regresarte. Y cuida a tu tío. No dejes que se gaste mi dinero ni el de tu beca. Ándale... encomiéndate a la Virgen, a San Judas... y a tu madre, que seguramente le hubiera gustado llevarte.
Recuerda que no importa que México salga campeón; un camión perdido sigue siendo un camión perdido.
Miré el altar de la esquina. La Virgen casi tomada de la mano con San Judas y, a sus pies, la fotografía de mi madre.
Llegué al Ángel. Había gente cantando, gritando, bailando, abrazándose con desconocidos. Efectivamente, todos coincidíamos en algo: tal vez no era histórico para el futbol, pero sí era un magnífico pretexto para reunirnos. Y es que ver a mexicanos y extranjeros intentando entenderse, alburearse o simplemente cantar lo mismo era un poema que ningún gobierno, de ningún color, podía borrar.
Era imposible acercarse al monumento. Se decía que más de 400 mil personas habían salido a celebrar. Busqué a mi tío entre la multitud, pero fue inútil. Miré hacia un lado, luego hacia el otro. Después levanté la vista y, efectivamente, ahí estaba: parado sobre una de las estructuras del Fan Fest, gritando como si el árbitro todavía no hubiera pitado el final. En ese momento pensé que, a pesar de no tener trabajo ni pareja y quizá tampoco un rumbo muy claro en la vida, Catarino era absolutamente feliz.
Me vio entre la gente, levantó los dos brazos y comenzó a abrirse paso a empujones hasta llegar conmigo.
—¡Pánfilo! ¡Ven, canijo! Empápate de esto. Esto es México festejando. Esto es lo que provoca la Selección.
Debo admitir que el ruido comenzaba a cansarme. Entonces, Catarino metió la mano en una bolsa de plástico y sacó una playera verde de la Selección.
—Mira lo que te compré. La que querías.
Al verla se me olvidó el ruido, el calor, los empujones y también se me olvidó preguntarle con qué dinero la había pagado. Era la que tanto quería. Poco importaba que el calendario estuviera medio chueco o que el escudo pareciera haber sobrevivido a una lavadora. Supuse que ese era el precio de no pagar tres mil pesos en una tienda oficial, sino ciento cincuenta en un semáforo.
—¿A poco no está bonita? —preguntó con una sonrisa de niño.
—Gracias, tío, está fregona. Con esta meteré varios goles en la escuela.
—Pánfilo... hoy hicimos historia, quizá un día tú andes entre esos once representando a tu país. Eso sí, yo sería tu representante. ¿Quién mejor que yo para llevarte la carrera?
Lo dijo con los ojos brillosos y una cerveza en la mano.
—Tío, ya sabemos que jugamos muy bien, pero ahí están Portugal, Inglaterra y Marruecos. Van a estar difíciles. Casi imposibles.
Catarino sonrió. Dio un trago a la cerveza, levantó la vista hacia el cielo iluminado por drones, luces y fuegos artificiales, y respondió con una tranquilidad que todavía hoy sigo recordando.
—Sobrino... eso ya lo sabemos.
Hizo una pausa.
—Pero... ¿y si sí?
No sé si fue el estruendo de la multitud, las luces pintando el cielo o la forma en que mi tío hizo aquella pregunta. Lo cierto es que, por primera vez en toda la noche, dejé de pensar en lo difícil que sería enfrentar a Portugal, Alemania y los demás gigantes.
Miré a Catarino. Seguía abrazando desconocidos, cantando con ellos y convencido de que México podía ser campeón. A veces, la esperanza no necesita tener razón. Sólo necesita encontrar a alguien dispuesto a contagiarla.
Yo seguía pensando que era muy difícil.
Pero, por culpa de mi tío...
ya no estaba tan seguro.
Carajo...
¿Y si sí?