Toneladas de piedra que destrozaron la vida

Opinión
/ 14 septiembre 2021

    Conforme avanzaba el camión, la vista del paisaje iba tornándose inquietante. Se trataba, hace ya muchos años, de viajes realizados a la Ciudad de México, atravesando para ello el Estado de México. Centenares de casas trepadas en el cerro en condiciones precarias era el escenario común que se extendía por kilómetros y kilómetros en una sucesión que parecía interminable.

    Las escenas de cascadas en el Cerro de Chiquihuite, poco antes del trágico deslave que sepultó hace unos días casas, provocando muerte y desolación, son elocuentes y evidencian el riesgo en que se
    encontraban al existir ahí asentamientos humanos.

    El gobernador del Estado de México, Alfredo del Mazo, atribuyó la tragedia, como tantos, a los sismos y a las lluvias torrenciales. No hay duda que fueron factores, pero los criminales permisos para que tales asentamientos tuvieran lugar constituyen fundamental condición de la tragedia.

    El conjunto montañoso al cual pertenece el cerro del Chiquihuite, explica la geóloga Magali Ramírez González en entrevista a un diario nacional, es una porción del Cinturón Volcánico Transmexicano y juega un papel importante al norte de la ciudad. La urbanización invadió los cerros y “ocuparon las laderas inclinadas cubriendo depósitos volcánicos”. Por las fallas y desplazamientos el riesgo es inminente.

    A lo largo de este Cinturón Volcánico se han registrado, en la historia reciente del Estado de México, derrumbes de rocas y escurrimientos en las sierras que propician destrucción de casas; inundación con lodo, aguas negras y piedras. De igual manera, las carreteras cercanas se han visto ferozmente anegadas.

    El registro de los daños da cuenta del deterioro que han sufrido los cerros de manera exponencial. Ninguna autoridad se ha empeñado a fondo para
    evitar la invasión que, a final de cuentas, cobra la factura junto con el embate
    de la naturaleza.

    La autoridad actúa cuando se le viene encima la tragedia. Miles de casas en la zona afectada son las que ahora mismo están en riesgo. Fueron evacuadas unas decenas, las más cercanas al área del derrumbe. Así como en el año 2000, el 2004, el 2015, se registraron los derrumbes de piedra, colapso y derrumbe de rocas afectando crudamente a las viviendas a lo largo de ese Cinturón Volcánico, las cosas siguen igual, y se siguen invadiendo más y más zonas, hasta que de nuevo llega la tragedia, se atiende y se olvida hasta la próxima desgracia.

    Lo que en el Cerro del Chiquihuite pasó debe llamar la atención en todo el País. La migración del campo a la ciudad, primero, y luego la ocurrida entre habitantes de unas y otras ciudades ha acelerado los procesos de urbanización. Resulta de la mayor importancia analizar los casos en ciudades como la nuestra, donde este fenómeno ya igualmente la alcanzó.

    Por lo que en nuestra región impacta, se tendrían que dar a conocer cuáles son los mecanismos que operan en la actualidad en áreas como el Cerro del Pueblo, la Sierra de Zapalinamé, la Sierra de Arteaga. Y cuáles son las reglamentaciones en el caso de la explotación de la sierra por parte
    de las pedreras.

    Es indispensable propiciar una mayor colaboración por parte de la ciudadanía en el tema de la basura. Mayor colaboración y mayor vigilancia. La acumulación de basura en tiempos de tormentas ocasiona, como ya lo hemos presenciado, graves
    problemas.

    Durante la pandemia, el arroyo que cruza por un lado de la Ciudad Deportiva estaba limpio. Hoy que los visitantes han vuelto, de nuevo viene cargado de basura. ¿No existe vigilancia?

    Situaciones como la expresada son parte del problema en que estamos inmersos. La lección que da lo ocurrido con el Cerro del Chiquihuite es grande y debe poner a trabajar en la dinámica con que se están haciendo las cosas en otras partes, como en nuestra propia ciudad.

    Dar a conocer los mapas de riesgo a la comunidad, prohibir los asentamientos en áreas irregulares, ofrecer información sobre los sismos que recientemente se han presentado en Saltillo, trabajar en la colaboración comunitaria. Acciones de prevención. No esperemos a la tragedia.