Un hombre llamado Juan José

Opinión
/ 10 enero 2026

Ciudad Guzmán está amparada por el patrocinio del santo carpintero. Pero aquí no está vestido con el sencillo atuendo verde y café del artesano, sino con regias vestiduras de monarca

Mis andanzas de conferencista, o sea de juglar viajero, me llevaron hace tiempo a Ciudad Guzmán, Jalisco. Esta ciudad se llamaba antes Zapotlán el Grande, nombre más eufónico y sonoro que el soso apelativo oficial que ahora lleva.

Yo no conocía esa ciudad, y verla me causó un súbito deslumbramiento. Llegué a su iglesia mayor, y en ella encontré a San José. Soy muy devoto de ese santo, ejemplo de humildad. También él dijo a su manera: “He aquí el esclavo del Señor; hágase en mí según su palabra”. Aceptó una paternidad que no era suya; cumplió con docilidad y mansedumbre su tarea de esposo de la Virgen y padre putativo –o sea simbólico, virtual– de Jesús. Las imágenes de San José tenían las iniciales de Pater Putativus, P.P., de ahí el Pepe con que se conoce familiarmente a quienes llevan el nombre de José.

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Ciudad Guzmán está amparada por el patrocinio del santo carpintero. Pero aquí no está vestido con el sencillo atuendo verde y café del artesano, sino con regias vestiduras de monarca. Su imagen tiene traje de púrpura y armiño, y en la cabeza lleva una corona hecha de plata. En su fiesta es paseado por las calles, con la Virgen y el Niño, en un gran monumento que la gente llama “El trono”. Cada año se nombra un mayordomo que tiene a su cargo la organización de las fiestas patronales y la recaudación del dinero necesario para cubrir los gastos.

El templo es pequeño de estatura. La ciudad se encuentra en una zona sísmica, y no se construyen ahí edificios altos. Hace unos años la ciudad quedó casi arrasada por un temblor de tierra. La iglesia, sin embargo, resistió. Su interior me pareció hermoso, pese a las pesadas vestiduras de terciopelo que colgaban de sus columnas. Ahí encontré el más hermoso cuadro que he visto sobre la vida del castísimo patriarca. Aparece él en su carpintería, trabajando. Un Jesús ya adolescente le tiende una herramienta, mientras al fondo María hace costura y mira con serena alegría a su esposo y su hijo. En lo alto, el techo del aposento se abre y deja ver una radiante insinuación de cielo. De Cielo. El cuadro es de grandes proporciones, como los que pintó el Padre Carrasco en nuestro templo de San Juan Nepomuceno, pero éste tiene más vida, más verdad y más calor que las telas del jesuita, dicho sea con el mayor respeto para ese gran pintor.

Bajo ahora a la tierra. Caminé mucho por las calles del pueblo, siguiendo las huellas de Juan José Arreola, nativo de ahí, hombre excepcional que fue actor, ciclista, jugador de ajedrez y de ping pong, gran seductor de mujeres. Ah, y también escritor. Después de tanto andar sentí hambre. Entré a una fondita al lado del hermoso templo. Leí el menú, y después de leerlo pedí la “Tostada mixta” que se anunciaba ahí. ¡Qué tostada, Señor San José! Llevaba todo lo que del puerco se puede sacar. En la base la tal tostada traía un enorme trozo de lomo y otro igualmente descomunal de pierna. Luego, sobre este magnificente asiento que por sí mismo habría bastado para dar la tostada por hecha y concluida, un monte de trozos de lengua, oreja, trompa, buche y asaduras diversas y sabrosas. Y encima de todo, como corona real, una gran pata de cerdo a la vinagreta. Llegué yo a la fondita en busca de un tentempié y me topé con esta monumental obra maestra de la glotonería.

He de volver algún día a Ciudad Guzmán. Es decir a Zapotlán el Grande. Y me apena confesar que no sé si volveré en homenaje a Arreola, por devoción a San José o en busca de otra tostada como aquella que aún sigo saboreando.

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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