Mi hermana Odila
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Se llamaba así en memoria de una hermana de mi madre. Falleció esa primera Odila en plena juventud, y mi mamá, que sintió por ella un especial cariño, bautizó con su nombre a la hija que tuvo.
Fue la tercera de los cuatro hijos que mis padres trajeron al mundo. Desde niña mostró una clara inteligencia. Antes de cumplir los 5 años ya sabía leer y escribir. Obtuvo siempre en las escuelas las más altas calificaciones. No haré agravio a mis hermanos si digo que Odila era la más inteligente y culta de nosotros. La veo todavía estudiando con afán, leyendo durante horas. Maestra por vocación, sus alumnos la recuerdan por su sabiduría, de la que nunca hacía alarde.
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En un principio, y por décadas, fue educadora, esto es decir docente de jardín de niños. Llegó a ser directora, y luego funcionaria de la SEP. Después de jubilarse impartió cátedra en instituciones de educación superior.
Enamorada de las palabras, hizo de ellas su principal materia de conocimiento. Las usaba con elegante corrección, tanto en el habla como en la escritura. Acostumbraba leer mis columnas en VANGUARDIA, y las calificaba cotidianamente. Me decía, según si mi artículo le había gustado o no: “Hoy sacaste ángulo”. “Ahora sacaste tacha”. Si el texto le había agradado particularmente me otorgaba una altísima nota que me enorgullecía: “Tuviste 10 subrayado, con lápiz rojo y mi firma de aprobación”. Me corregía mis errores –no todos, pues no le habría alcanzado el tiempo para ello-, pero lo hacía con bondad y gentileza. En familia la llamábamos en broma “La Corregidora”. Mucho aprendí de su generoso magisterio.
No había nadie que no la quisiera. Para las tías era “Lila, celeste y rosa”. Amaba el campo. Pasaba las vacaciones en el rancho de la tía Crucita, cerca de Los Lirios, y luego en su cabaña de El Tunal. Nos reuníamos varias veces al mes a cenar sabrosamente en el Viena, y ahí le daba yo mi saludo sacramental: “Hola Ola”.
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Tuvo amigas entrañables. Las del Club del Caldo, cuyas integrantes se juntaban en grata convivialidad para degustar un buen puchero, hicieron ante su féretro una guardia que me conmovió mucho.
Agradezco por este medio la compañía de familiares y amigos en el velatorio de mi hermana, así como la condolencia del alcalde de la ciudad y de su señora esposa. Doy un abrazo a mi admirado hermano Carlos; a Oly, la queridísima hija de Ola, y a sus amados nietos, Fer y Vale. A todos los familiares y amigos les expreso mi pésame. Y me doy el pésame a mí mismo, pues la ausencia de mi hermana Odila me ha llenado de pesar. Fiat voluntas Dei. Hágase la voluntad de Dios.