Variaciones sobre un tema de Bill Evans
COMPARTIR
* Waltz for Debby (1956), es un tributo velado a los “lienzos sonoros” que Debussy y Ravel plasmaron en sus hojas pautadas. Un impresionismo delata esta influencia en el pianismo de Bill Evans, autor e intérprete de esta pieza icónica del siglo 20. La pieza se marca a uno, no en el 3/4 parsimonioso del vals tradicional. La volatilidad tonal del Waltz es un ejercicio genial donde Evans elude tocar la tónica, en su lugar utiliza inversiones que descienden cromáticamente en terceras y séptimas, en una progresión de tonalidad suspendida.
* Con el afán de conciliar el sueño se obligaba a improvisar sin tregua miniaturas en cualquiera de los moldes aforísticos: nocturno, zarabanda, scherzo, preludio, etcétera. La ausencia de éste había llegado a instalarse en las horas densas de la madrugada después de una fallida velada musical entre sus más íntimos colegas y amigos: una torpe improvisación al piano lo había expuesto a la más descarnada muestra de su impericia creativa. La humillación fue más aguda cuando un adolescente, sobrino del anfitrión, improvisó piezas en varios estilos, además de emular a variados autores desconocidos para él. Se sintió como el aturdido personaje de Salieri siendo ridiculizado por un irreverente Mozart, en la película de Milos Forman. Como toda improvisación en curso, ésta no emana de un papel pautado, sino que es el resultado del flujo de la imaginación, más que del pensamiento sesudo de la prosa. Sin percatarse llegó a reconciliarse consigo mismo, al desatar el oleaje emocional que estaba estancado y dar rienda suelta a su propio lenguaje, pero tomó la resolución de no volver a exponerse al escrutinio de conocidos y desconocidos. Optó por encerrarse en las paredes apoltronadas del estudio de grabación. Ahí, entre cables y micrófonos, encerró su creatividad al juicio sempiterno de propios y extraños.
* Scott LaFaro, contrabajista y revolucionario de la técnica, cimenta la armonía en vastos giros armónicos. No duplica, multiplica inversiones armónicas, dislocando el ritmo, afianzando y liberando, a la vez, el pulso, para dar aire a las circunvoluciones del teclado de Evans.
* Odiaba el murmullo ensordecedor de los comensales. Lo aturdía y distraía, perdiendo el rumbo trazado en el mapa sonoro que habitaba su imaginación. La manera de contender contra esa perturbación se reducía a tocar figuraciones cromáticas en el registro agudo del piano, dotándolas de sforzandos que hacían vibrar las copas de vidrio. La vibración de las numerosas copas de vino y champagne interrumpían momentáneamente el barullo de risas y conversaciones. Esa era su arma para vengar y horadar la indiferencia de los anónimos comensales: la filosa sutileza recubriendo los dardos desnudos de acordes aumentados. .
* Bill Evans y Oscar Peterson, representan los dos polos opuestos en la manera de abordar la improvisación, el Yin y el Yang del piano de jazz, el Chopin y el Liszt del virtuosismo jazzístico. Evans es un acuarelista consumado, al modo de un Andrew Wyeth, al reproducir racimos armónicos terrosos, melancólicos, sus pasajes melódicos hilvanan armonías lumínicas, expandidas en acordes abiertos con una profundidad emocional, sellos inconfundibles de su improvisación; se erige en poco tiempo como un genio del voicing, un artífice de la introspección sonora y la armonía de tintes impresionistas, de toucher delicado y cantábile; es un “demócrata” en la interacción con los otros miembros del trío de jazz. Peterson, en cambio, es un maestro del óleo al modo de Jackson Pollock, de agresividad técnica, en el que el dripping de Pollock se ve reflejado en el swing de acordes densos de Peterson, un exhibicionista nato, de velocidad explosiva y potente destreza dactilar (diariamente se ejercitaba en los 24 Études de Chopin); su pianismo es un líder absoluto en el entramado del trío jazzístico. Entre ambos existió una admiración contenida por el respeto y la discreción. Peterson reconoció la sutileza colorística e intimista de Evans; éste, llegó a considerar a Peterson como una de sus primeras influencias antes de desarrollar el estilo introspectivo que lo definió.
CODA
“El jazz no es un qué, es un cómo”. Bill Evans.