El muro y la grieta: Rafael Ramírez Heredia, alias el Rayo Macoy

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Vida
/ 14 enero 2019

Decíamos en una entrega pasada sobre el auge de los talleres literarios en la ciudad de Saltillo,
¿Pero de dónde deviene esta tendencia? ¿Cómo se consolidó el auge de este tipo de experiencias en nuestra ciudad?

En “Gómez Palacio”, uno de sus cuentos menos conocidos, incluido en el libro “Putas asesinas”, Roberto Bolaño recrea su experiencia como tallerista y confiesa un dato inquietante:
“Una mañana partí del DF en un autobús atestado de gente y dio comienzo mi gira. Estuve en San Luis Potosí, en Aguascalientes, en Guanajuato, en León, las nombro en desorden, no sé en qué ciudad estuve primero ni cuántos días permanecí allí. Luego estuve en Torreón y en Saltillo. Estuve en Durango.” ¿Estaría el autor de “Los detectives salvajes” impartiendo un taller literario en nuestra ciudad, a principios de los 70? No lo sabemos, y hasta donde se, no hay registro de ello.
Lo cierto es que desde principios de los 90 –con la conformación del entonces Icocult– grandes plumas vinieron a compartir su cocina literaria: gente como Alberto Chimal, Eliseo Alberto, Christopher Domínguez, Paco Ignacio Taibo II, el generoso Daniel Sada, el amigable y siempre ameno Jaime Muñoz Vargas, e incluso una conferencia magistral que casi nadie recuerda, en un gélido invierno, en el mero recinto de Juárez: la presencia del nobel alemán Gunther Grass.

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Taller
Pero un taller que marcó a toda una generación de autores fue el impartido en el auditorio del Icocult por el entrañable narrador tamaulipeco  Rafael Ramírez Heredia en el verano del ¿98? ¿99?... Ahí, el autor de “El Rayo Macoy”, uno de los grandes cuentos mexicanos sobre los reversos del triunfo y la decadencia (“A mi ni me gusta el box”, decía…) con el que ganara el prestigiado concurso internacional convocado por Radio Francia Internacional –siendo el primer mexicano en obtenerlo, más tarde también Eduardo Antonio Parra sería el segundo con “Nadie los vio salir”- nos legó sus enseñanzas, su generosidad y su erudición a un montón de entusiastas de la literatura: recuerdo entonces a varios estudiantes de letras, a la narradora Marina Herrera, a la poeta Claudia Luna y al crítico Valdemar Ayala, a la poeta Heidi Arreola, a Julián Herbert (quien compartió borradores de su primera novela “Un mundo infiel”), a Gerardo Segura (quien leía entonces avances de su novela policiaca “Nadie sueña”), al entonces incipiente estudioso León Guerrero, hoy doctor en letras por la Universidad de Alcalá.
Fue un par de años en que varios días al mes, de manera periódica, el querido “Rayo” venía hasta Saltillo a formarnos como escritores, pero sobre todo, como rigurosos críticos y lectores de nuestra propia obra. Muchísimos se quedaron en el camino y nunca publicaron, sin embargo, a tantos otros nos tocó su inteligencia y su ejemplo, poco antes de morir de cáncer en el año 2006:
A mi, gruñón y sonriente como era, ante mis primeras paginitas, me gruñó detrás del eterno humo  de sus Delicados: “¿Qué quieres con esto? Esto no es un cuento… Lo que te están pidiendo estos personajes, es que les escribas una novela.”

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Profesor investigador en la Universidad Autónoma de Coahuila en el área de Artes y Humanidades. Doctor en Teoría Crítica por 17, Instituto de Estudios Críticos y Maestro en diseño editorial por la Universidad de Monterrey. Colaborador de medios como El Universal, Luna Córnea, Relatos e historias, Nexos, Sin Embargo y Vanguardia. Ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila en los géneros de narrativa y ensayo. Autor de los libros Luz, mirada y tiempo y Los estatutos de la mirada, ha sido curador de proyectos sobre artes visuales y fotografía documental. Como narrador, en 2007 obtuvo el Premio Nacional de Cuento Julio Torri con Murania. Su novela Lengua de plata fue finalista del Premio Internacional de Novela Lipp en el año 2017. En 2019 obtuvo el Premio Nacional de Cuento Magdalena Mondragón con El corazón es un perro perdido.

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