Mitos en la polis (I): Las musas, hijas de la Memoria

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Opinión
/ 26 abril 2026

Hoy, a más de 2 mil 700 años de que las musas inspiraron a Hesíodo, la inteligencia artificial sustituye la inspiración que estas musas nos han brindado a lo largo de la historia

“Comencemos nuestro canto por las Musas Heliconíadas, que habitan la montaña grande y divina del Helicón”. Así inicia Hesíodo su “Teogonía”, su gran épica sobre la creación del cosmos y las divinidades que, en la Antigua Grecia, constituían al mundo mismo: “Todo está lleno de dioses”, dijo Tales de Mileto, según Aristóteles; o, como dirían los Caifanes, ¿serán los dioses ocultos?

De tal forma inauguro una nueva etapa de esta columna, en la que me aventuraré a explorar los mitos griegos con ustedes, para reflejarnos humanamente en las divinidades, aquellos arquetipos que muestran nuestras luces y nuestras sombras. No todo lo que brilla es oro.

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El hecho de que uno de los grandes mitos occidentales inicie con un canto y que sea una evocación de las musas nos remite a dos grandes temas universales: la memoria y la inspiración. Paradójicamente, hemos olvidado a la memoria, tanto en un sentido cognitivo como social. Gracias a la memoria podemos perpetuar la historia, la literatura y las artes. Pero antes de atender este olvido, es menester recordar a las musas, de quienes emana la estabilidad y la proporción entre lo sensible y lo racional, entre lo bello y lo verdadero, en su justa medida.

Las musas, que habitan en el Monte Helicón, son hijas de Zeus y de Mnemósine –titánide, hija de Gea (la Tierra) y de Urano (el Cielo)–, personificación de la memoria, el pensamiento y las artes, especialmente de la música y la poesía. En ellas recae una dualidad cósmica: la Tierra, que aterriza lo sensible, lo corpóreo y lo material; y el Cielo, lo abstracto, lo ideal, lo racional. Esta dicotomía nos invita a la reflexión. El arte, en todas sus expresiones –ya sea por medio de la pintura, la imagen, el sonido, el tacto, el sabor o una combinación de estas–, requiere de la memoria, que ordena el caos. Cada una de las musas tenía su propia forma de armonizar hermosamente.

Clío (la que da fama), musa de la Historia. La podemos identificar por una trompeta y unos pergaminos, símbolos de los elogios de los triunfos y del registro de las hazañas históricas.

Euterpe (la muy encantadora), musa de la poesía lírica y la música. Podemos reconocerla por el aulós (instrumento de viento con dos tubos), con su corona de flores y alegre.

Talía (la festiva), musa de la poesía pastoral o bucólica, asociada con el campo, la naturaleza, la comedia y la alegría. Sus atributos son una corona de hiedra, una máscara y un báculo.

Melpómene (la que canta), musa de la tragedia, con mirada severa, una máscara trágica, una corona de laurel y un puñal, que representa la violencia de su género.

Terpsícore (la que ama la danza), musa de la danza, la poesía ligera y el canto coral. De figura esbelta –pues era bailarina– y ánimo jovial, portaba una corona de guirnalda de flores de diversos colores.

Erato (la que es amada), musa de la poesía erótica. De apariencia dulce, luce una corona de rosas y mirtos; sostiene una lira o cítara para acompañar sus poemas.

Polimnia (la de variados himnos), musa de los himnos, la poesía sacra, la elocuencia, la retórica, la pantomima y la geometría. Se le suele representar con el índice de la mano derecha levantado, indicando autoridad, adornada de perlas. Acostumbra sostener un libro en su mano izquierda, sobre el cual está escrita la palabra suadere (persuadir).

Urania (la celestial), musa de la astronomía, carga una corona de estrellas, un globo terráqueo y un compás. Usa una túnica de color azul intenso, que representa la bóveda celeste.

Calíope (la de la bella voz), musa del canto y de la poesía épica, dio luz y voz a las sirenas. Portaba un cálamo, una caña antigua que servía como pluma, lo cual muestra que era una musa que inspiraba a la escritura.

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Las nueve musas, que bailaban bajo el son de Apolo en el Monte Helicón, inspiraban a los poetas, rapsodas, campesinos y a cualquiera que tuviera el don y la voluntad para escucharlas.

Hoy, a más de 2 mil 700 años de que las musas inspiraron a Hesíodo, la inteligencia artificial sustituye la inspiración que estas musas nos han brindado a lo largo de la historia. No puede haber danza, literatura, poesía, pintura, fotografía o cine sin Mnemósine (la memoria). La pérdida del recuerdo nos deshumaniza; ante la marcha forzada de los modelos de lenguaje natural de la inteligencia artificial, aún tenemos la resistencia de la creatividad. En el pensamiento, la memoria y la creatividad recae nuestra humanidad. Atrevámonos a escuchar de nuevo los himnos de las musas; ellas siguen cantando.

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