Una mujer celosa

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Opinión
/ 25 abril 2026

Doña Macalota, esposa de don Chinguetas, había dado cabida en su corazón al monstruo de los ojos verdes

Al principiar la noche de bodas la novia le comentó nerviosamente a su galán: “Me están temblando las piernas”. Explicó él: “Es que saben que al rato tendrán qué separarse”... Doña Macalota, esposa de don Chinguetas, había dado cabida en su corazón al monstruo de los ojos verdes. Así llama Shakespeare a los celos. Ignoro por qué nombró así a ese punzante sentimiento, siendo que los ojos verdes son muy bellos. Un dicho mexicano apostrofaba a quien pedía algo demasiado bueno: “¡Ah! ¡La quieres morenita y de ojos verdes!”. Tanto Bécquer como García Lorca y Luis Arcaraz encomiaron la presencia de ese color en la mirada femenina. Los ojos negros son misteriosos, espirituales los azules y llenos de luz los de color café cantados por el doctor Carlos González, pero en los ojos verdes hay promesas de goces inefables. Advierto con alarma, sin embargo, que me he apartado de un relato que ni siquiera he comenzado todavía. Estaba yo hablando de los celos que sentía doña Macalota, esposa de don Chinguetas. Comparado con la señora mencionada, Otelo era tan sólo levemente suspicaz. Un día la celosa mujer decidió comprobar si su consorte era dado a placeres prohibidos. Se puso una peluca rubia; se maquilló como muñeca japonesa; vistió provocativamente con blusa escotada hasta el ombligo, falda ajustada, medias de malla y zapatos con tacón de aguja, y fue a buscar a don Chinguetas en el Bar Ahúnda, pues sabía que frecuentaba ese lugar. En efecto, ahí estaba su marido. Se sentó doña Macalota en la barra al lado de él y le dijo en tono insinuativo: “Invítame una copa, guapo”. Tres o cuatro había bebido ya el salaz señor. Echó una mirada a la fingida fémina y respondió con tartajosa voz: “Ni pensarlo. Me recuerdas demasiado a mi mujer”... La recién casada le sugirió a su flamante maridito: “Para no aburrirnos en nuestro matrimonio, saldremos a divertirnos tres noches por semana. Tú saldrás los lunes, miércoles y viernes, y yo saldré los martes, jueves y sábados”... Aquel señor asistió con amigos a una función de cine para adultos. Se proyectó el film “La Torre de Nesle”, en el cual aparece una Silvana Pampanini de exuberantes prendas pectorales que la actriz muestra en esa película sin embozo alguno. Ver aquello le sirvió de motor de arranque al mencionado caballero. Llegó a su casa en horas altas de la noche, y poseído por los rijos que le suscitó la visión de aquella ubérrima mujer, movió a la suya y le dijo: “Quiero hacer el amor”. Todavía medio dormida respondió con enojo la señora: “¿Y para eso me despiertas? ¿Qué no sabes dónde están las cosas?”... La fila que se había formado frente a las puertas del Cielo era larguísima, pues el portero celestial, San Pedro, interrogaba exhaustivamente a los recién llegados para saber si habían cumplido los mandamientos de la ley de Dios. Repentinamente la fila empezó a moverse con rapidez. “¿Qué pasa? –preguntó alguien–. ¿Por qué ahora la fila avanza tan aprisa?”. Le contestó otro de los que esperaban: “Parece que San Pedro ya no está preguntando acerca del sexto y el noveno”. (El sexto: “No fornicar”. El noveno: “No desearás la mujer de tu prójimo”. He recordado la cuarteta anónima que dice: “Si no se quita el noveno, / y el sexto no se rebaja, / ya podrá Diosito bueno / llenar su Cielo con paja”)... El duque Sopanela gustaba de vestir con elegancia. Iba a viajar por países de clima frío, y fue a una tienda cara a comprarse un abrigo. El encargado del departamento de ropa para caballero le mostró uno y le informó: “Este abrigo es de pura lana virgen”. Respondió el duque: “No me interesan las costumbres sexuales de las borregas”... FIN.

https://vanguardia.com.mx/opinion/efectos-que-siguen-danando-a-mexico-OE20248161

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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