La importancia de la inteligencia emocional en la escuela; esto dice la psicología
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Las calificaciones son relevantes, pero la inteligencia emocional puede marcar la diferencia entre aprender, adaptarse y enfrentar los desafíos escolares
Un diez en la boleta suele interpretarse como sinónimo de buen desempeño. Sin embargo, detrás del aprendizaje hay factores que pocas veces aparecen en las evaluaciones: la capacidad de reconocer, comprender y gestionar las emociones. Para la psicóloga María Elena Olvera, esa habilidad puede marcar la diferencia entre un estudiante que solo memoriza contenidos y otro que sabe enfrentar los retos de la escuela y de la vida.
“La inteligencia emocional maneja cinco habilidades: empatía, autoconciencia, autorregulación, automotivación y habilidades sociales”, explica la especialista.
Cada una cumple una función distinta, pero juntas permiten que las y los estudiantes desarrollen relaciones sanas, aprendan a tolerar la frustración y mantengan la motivación incluso cuando las cosas no salen como esperan.
La inteligencia emocional comienza a trabajarse desde los primeros años de vida. Hoy existen programas dirigidos a alumnos de preescolar porque las investigaciones han demostrado que fortalecer estas habilidades desde la infancia favorece el aprendizaje y brinda herramientas para enfrentar situaciones difíciles.
“El niño que está manejando una inteligencia emocional desde pequeño va a tener ese autocontrol. Suceda lo que suceda en su vida, va a poder gestionar esas emociones”, afirma Olvera.
MÁS ALLÁ DE LA BOLETA
La relación entre emociones y rendimiento académico es directa. Cuando un estudiante vive con ansiedad, estrés o conflictos emocionales, esas preocupaciones ocupan el espacio que debería destinar a la atención, la memoria y el razonamiento.
“Si un estudiante sabe manejar sus emociones, se concentra mucho mejor. Y al concentrarse, va a tener un razonamiento adecuado”, señala Olvera.
Por eso, un alumno con buena regulación emocional puede obtener mejores resultados que otro con grandes capacidades intelectuales, pero incapaz de tolerar el error o trabajar en equipo. La diferencia no está únicamente en el conocimiento, sino en la manera de responder frente a la presión.
La especialista advierte que muchos estudiantes considerados “de excelencia” presentan dificultades cuando deben colaborar con otros. “El niño que no maneja inteligencia emocional va a reprobar un examen y se nos va a ir para abajo. El que sí la maneja se va a preguntar: ‘¿en qué fue mi error?’ y aprenderá de esa experiencia”.
ATENCIÓN A LAS SEÑALES
Cambios repentinos en la conducta, aislamiento, apatía, irritabilidad, bajo rendimiento o pérdida del interés por actividades que antes disfrutaban pueden indicar que un niño necesita apoyo para fortalecer su inteligencia emocional.
“Los maestros son los primeros filtros para detectar todas estas conductas”, explica. Por eso considera indispensable la comunicación entre escuela y familia para identificar a tiempo cualquier cambio significativo.
A este escenario se suma el impacto de las redes sociales. La inmediatez y la necesidad constante de validación pueden afectar la autoestima de niños y adolescentes.
“Si nadie les da un ‘like’ o un ‘me gusta’, se sienten abandonados”, advierte. Esa búsqueda permanente de aprobación también dificulta la concentración y aumenta la frustración cuando las expectativas no se cumplen.
Para la especialista, el trabajo empieza en casa. Los padres no solo deben hablar de emociones con sus hijos, sino mostrar cómo las gestionan en su propia vida. “Nosotros como adultos tenemos que enseñarles a ponerle nombre y apellido a esa emoción y poderla gestionar”, concluye.
Porque aprender matemáticas, historia o ciencias es importante. Pero aprender a reconocer lo que se siente, expresar lo que ocurre y resolver los conflictos sin perder el equilibrio también forma parte de la educación.