Trabajadores rocían materiales desinfectantes en un mercado local en Daegu, Corea del Sur
La pandemia más importante que nos afecta en este momento es una de miedo. Miedo a morir. No hay razones para entrar en pánico y la información dura demuestra claramente que sobreviviremos -como especie- al COVID-19. Pero lo que nos angustia no es la suerte de la especie, sino la nuestra en lo individual

No es posible hablar de ninguna otra cosa. El mundo se encuentra en vilo a causa del coronavirus COVID-19. Sobre todo tras la declaración del director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el sentido de haber alcanzado éste el grado de pandemia.

Las reacciones, pero sobre todo las decisiones, se han precipitado a partir de ese momento. Una parte importante de estas, debe decirse, son irracionales, aunque muy de los humanos de una época en la cual el miedo a morir se ha convertido en un elemento omnipresente en nuestro diario vivir.

Tampoco se trata de llamar a la irresponsabilidad de considerarse inmortal o invulnerable y salir a las calles a desafiar los muchos peligros de los cuales se encuentran pobladas. Pero habríamos de ser un poco más sensatos en torno a la única certeza con la cual contamos.

En efecto, sólo de una cosa estamos ciertos en esta vida: nos vamos a morir. Tarde o temprano –y entre más tarde, mejor, por supuesto–, pero sin duda ocurrirá el único desenlace posible de esta historia: pasaremos a felpar.

¿Da lo mismo cómo sea, dado lo inevitable del suceso? A juzgar por la forma en la cual reaccionamos ante amenazas como la del COVID-19, claramente no nos da lo mismo.

¿Cuál es la razón de ello? No tengo la menor idea, pero hoy como nunca queda en evidencia el genio de Epicteto de Frigia, quien lo vio claro desde hace más de 20 siglos: “la fuente de todas las miserias para el hombre no es la muerte, sino el miedo a la muerte”, dijo el filósofo.

Imposible pedirle a nuestros conciudadanos, en un momento como éste, abrazar la certeza de lo afirmado por el español Antonio Machado para quien “la muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos”.

El miedo nos tiene atenazados y, curiosamente –o tal vez no tanto– nos ha llevado a refugiarnos en uno de nuestros impulsos vitales favoritos: el consumismo. Presas de un frenesí digno de sesudos estudios académicos hemos acudido en tropel a vaciar los anaqueles de los supermercados como si estuviéramos ante el advenimiento de un apocalipsis zombie.

Una amiga me platicó ayer cómo en los supermercados de Saltillo ya racionaron la venta de productos de higiene: no es posible comprar más de dos paquetes, recipientes o envoltorios de toallitas o aerosoles desinfectantes, gel antibacterial y otras cosas con las cuales defendernos ante el bicho del momento.

Como corresponde ante casos como éste, pues mi amiga hizo trampa: se formó varias veces hasta hacerse con la cantidad suficiente de las mercancías con las cuales necesitaba salir de allí.

El racionamiento parece tener una lógica irrefutable: se trata de garantizar a todo mundo la posibilidad de hacerse con su dosis personal –o familiar– de los implementos necesarios para afrontar el inminente colapso de la civilización. O tal vez sólo se intenta impedir el acaparamiento para posterior especulación.

Porque esto apenas comienza. La psicosis seguirá subiendo de tono y se disparará en cuanto se publique la noticia inevitable: la primera víctima mortal mexicana del COVID-19.

Entonces entraremos en la espiral de la cual acaba de salir la ciudad de Wuhan –epicentro de la pandemia–, donde en la semana se dio de alta al último paciente en el hospital de mil camas construido en tiempo récord para atender a las víctimas de la enfermedad.

En China, conviene saberlo, el pico de muertes diarias se alcanzó apenas el pasado 23 de febrero cuando fallecieron 150 personas. A partir de allí el fenómeno comenzó a declinar y el viernes anterior sólo murieron 13 personas.

La historia es la opuesta en Italia: el 27 de febrero el COVID-19 cobró sólo cinco víctimas; este viernes la cifra fue de 250, el mayor número de fallecimientos en un solo día, para cualquier país, desde el inicio de la pandemia.

Italia es pues la realidad cuyo arribo temeremos crecientemente en los próximos días. China es la otra orilla del pantano en el cual apenas hemos apoyado un poco el primer pie.

Los sucesos de Italia sirven para acrecentar nuestra paranoia. Los de China para alimentar esa otra certeza a la cual podemos entregarnos confiadamente: vamos a sobrevivir, porque el COVID-19 no es, ni de lejos, el enemigo más importante del cual debiéramos preocuparnos.

Muy probablemente, en el fondo todos asumimos la certeza de la supervivencia colectiva. El problema es la incertidumbre causada por no saber si formaremos parte del contingente de afortunados capaces de llegar a la otra orilla. Complicada pregunta de la cual, muy probablemente, tampoco deseamos conocer la respuesta.

Porque, la verdad sea dicha, aunque sabemos de la inevitabilidad de la muerte, preferimos no saber cuándo ni cómo ocurrirá. El coronavirus nos enfrenta a esa posibilidad y acaso por ello nos provoca tanto pánico.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

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