Las advertencias se han lanzado en múltiples tonos, pero pareciera que las autoridades -de todos los órdenes de gobierno- continúan pensando en la posibilidad de una solución mágica que repentinamente resuelva el conflicto generado por la intención de construir un confinamiento de residuos industriales en el municipio de General Cepeda.

Probablemente por ello es que nadie -en la esfera gubernamental- pareciera interesado en construir un puente de diálogo con quienes -a partir de las razones que sea- se oponen al establecimiento de la referida instalación en el territorio de su municipio.

Probablemente de la misma forma en la cual se le apostó inicialmente a la posibilidad de que, enfrentando a los pobladores ante un escenario de hechos consumados, aquellos habrían de “resignarse” a la construcción del Cimari, ahora se le apuesta al “desgaste” del tema en la opinión pública.

El problema es que, lejos de tal posibilidad, los opositores al proyecto han ido escalando en beligerancia y recurriendo a acciones cada vez más enérgicas para manifestar su desacuerdo. La más reciente de ellas es el cierre del acceso principal a predio en el cual se construye el confinamiento.

Adultos y menores de edad se manifestaron ayer dispuestos a “permanecer día y noche” en el lugar de acceso a las instalaciones del Cimari hasta lograr el propósito de revertir la autorización que en este momento le permite a la empresa operadora del confinamiento realizar las tareas de construcción del futuro basurero industrial.

Y mientras la posición de uno y otro lado se va radicalizando, la posibilidad de abrirle paso al diálogo se estrecha. Las apuestas de uno y otro bando se vuelven cada día más fuertes y eso ocupa el terreno que debería servir para instalar la mesa de negociación.

Y es que, como ya se ha dicho, en casos como éste se encuentran en conflicto dos realidades: por un lado, la necesidad de confinar en un lugar que ofrezca, al menos, condiciones mínimas de seguridad, la basura tóxica que se genera todos los días a nuestro alrededor y, por el otro, la válida exigencia de los ciudadanos por un medio ambiente sano.

Se trata de dos realidades que no deberían reñir, sino servir para que todos cobráramos conciencia de la necesidad de preservar el entorno y garantizar -para nosotros y las generaciones futuras- un entorno capaz de permitir la supervivencia de nuestra especie.

Pero cuando las partes en conflicto se colocan mutuamente de espaldas, el diálogo que es preciso desarrollar para encontrar la mejor solución para todos se vuelve empresa imposible.

Los promotores y detractores del Cimari de General Cepeda dieron ayer un nuevo paso en la dirección equivocada. Sería de esperarse que pronto aparezca en el horizonte alguien capaz de añadirle una dosis de sensatez a esta disputa.