Entre los datos que las investigaciones deben aportar, tendrían que figurar las razones por las que las personas desaparecidas terminaron en dicha categoría

La incertidumbre es peor que las malas noticias, advierte con sabiduría la voz popular y si en algún tema acierta la expresión para retratar el drama que viven las víctimas, ése es el de las personas desaparecidas.

Pocas cosas pueden haber peores que despertar cada mañana con la misma incertidumbre con la cual se vivió la jornada previa: desconocer el paradero de un ser querido cuya presencia fue arrancada a su familia, muchas de las ocasiones a partir de circunstancias desconocidas.

Frente a los hechos, la conseja cobra puntual sentido: a la muerte de un padre, hijo, hermano o tío le sigue, más tarde o más temprano, la resignación, porque se trata de un hecho cierto e incontrovertible: la vida que animaba el cuerpo de la persona ausente escapó del mismo.

Pero a la ausencia inexplicada es imposible acostumbrarse.

Y nadie puede pedirle a los familiares de una persona desaparecida que se resignen a su ausencia, sobre todo porque el hecho de que no exista certeza respecto del paradero de la misma implica la posibilidad de que ésta pueda ser localizada con vida.

Ciertamente todos sabemos que en el largo episodio de violencia que padeció el País en los últimos años –y que, en algunas regiones, aún se sigue padeciendo– desaparecieron cientos, miles de personas, y que muchas de ellas fueron asesinadas y sus cuerpos exhumados de forma clandestina.

Pero el hecho de que hoy incluso exista evidencia respecto de múltiples fosas clandestinas, de las cuales se han extraído numerosos fragmentos óseos y tal circunstancia apunte hacia la posibilidad de que dichos restos pertenezcan a algunas de las personas cuya localización intentan sus familiares, no puede llevarnos a concluir que debe abandonarse la esperanza.

La búsqueda debe seguir y a ésta deben incorporarse los recursos científicos y técnicos necesarios para aportar certeza en la identificación de los restos óseos, de tal suerte que la incertidumbre que envuelve a las familias de las víctimas pueda disiparse a partir de datos ciertos.

Y entre los datos que las investigaciones deben aportar, tendrían que figurar las razones por las cuales las personas desaparecidas terminaron en dicha categoría, especialmente en el caso de las integrantes del sexo femenino.

Los casos de desaparición de mujeres ¿constituyen un ejemplo más de violencia de género? ¿Las mujeres desaparecidas, que de acuerdo con el registro de los colectivos ciudadanos, alcanzan el centenar de casos, terminaron siendo víctimas de este delito por el sólo hecho de ser mujeres o éste es un elemento aislado en tales casos?

Disipar esta duda también forma parte del proceso de eliminar la incertidumbre y contribuir a que las familias de las víctimas puedan, en el plazo más breve posible, superar este episodio en sus vidas y retornar a la “normalidad” que en sus casos sea posible.