La intención era escribir algo sobre el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018, otorgado hace unos meses al poeta chiapaneco Balam Rodrigo, por su “Libro centroamericano de los muertos”, pero la reciente novela de Haruki Murakami –“La Muerte del Comendador”- ha estado esperando en esta mesa durante varias semanas.

No puedo mantenerla tanto tiempo en la antesala, por eso trataré ahora de esbozar algunas líneas sobre el primer volumen de una novela cuya segunda parte saldrá a la venta, en México, el mes de enero del año que viene, según las reglas de la mercadotecnia editorial.

La primera de las virtudes de un escritor como Murakami es su poder de seducción. Heredero de una rica tradición literaria y conocedor de la forma de vida occidental -si algo quiere decir esto-, Murakami consigue atraer a sus lectores gracias a la aparente ligereza de su sintaxis y al ambiente un tanto onírico de su narrativa.

Confieso que, hace años, me acerqué a él con desconfianza. Tanta parafernalia publicitaria, tanta cintilla exageradamente laudatoria y tanta barahúnda mediática parecían algo excesivo –aunque para los mercados la hipérbole jamás es suficiente.

La primera novela que leí fue “Kafka en la orilla”. No me decepcionó. Al contrario: quise conocer más obras suyas. Devoré varias, incluso las más voluminosas. Entonces sentí que leía como un adolescente: parecía estar frente al mejor José Agustín, al más lozano Gustavo Sáinz…

Quizás el único punto de encuentro era el Rock, pues como Agustín, como Parménides García Saldaña, Murakami cita en sus obras a un buen número de bandas, aunque añade otros géneros musicales y un mundo que, aunque guarda cierta semejanza con el de aquéllos, es en cierto sentido “virtual”.

De cualquier modo, al leer a Murakami no logro olvidar por completo esa extraña atmósfera que invade libros como “De Perfil”, “Se Está Haciendo Tarde” o “Ciudades Desiertas”.

¿Es deliberado por parte de Agustín o se trata de un rasgo inherente a su estilo? No puedo saberlo pero está ahí, en sus páginas, en sus espacios, en algunos de sus personajes.
Como otras del propio escritor japonés, “La Muerte del Comendador” cuenta una historia que empieza “en realista”, pero en la que lentamente se va filtrando una fantasía que nos parece transitoria o, en todo caso, una suerte de juguetona digresión o de ilusión óptica. No es así.

La fantasía va adueñándose de la trama hasta dominarla y el lector sigue el juego para ver hasta donde para o hacia dónde se dirige. “Seguramente, todo volverá a la normalidad más adelante”, pensamos. Pero la novela sigue su curso y nada regresa a eso que llamamos normalidad.

Podemos citar muchos nombres de autores que utilizan recursos similares. El primero de ellos: Kafka. ¿Murakami es kafkiano? Por supuesto, como lo es todo en nuestro mundo, incluso antes de Kafka; como muchos fueron sádicos antes del Divino Marqués. Aquí, un obstáculo: ¿hablamos de una novela “de misterio”? No. ¿Se puede incluir la obra de Murakami en lo que los teóricos llaman “novela gótica”? El tiempo lo dirá.

La infiltración de “otro mundo” en el orbe de la narrativa –que forma parte del mundo “real”-, esa paulatina invasión de lo fantástico en la vida cotidiana es una de las características de Murakami. Está presente en “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” y en casi todas sus novelas.

En “La muerte del Comendador” ese “otro mundo” comienza a filtrarse en el momento en que el protagonista –un pintor- escucha el tintineo de un instrumento de percusión. A partir de entonces, su historia personal toma un rumbo distinto arrastrando consigo al lector, que se entera de muchos temas lo suficientemente sugestivos para seguir leyendo: “la farsa” del budismo, la pintura tradicional japonesa, el Japón de la Segunda Guerra Mundial, los usos y costumbres de aquel Japón y de Europa, el arte contemporáneo, la ópera y la música en general, el pasado y el presente, parte de la literatura japonesa…

Desde el principio me intrigó el nombre de la novela: ¿por qué un “comendador”? ¿Existió en Oriente un cargo que fuese designado con este vocablo de procedencia eminentemente latina y que implica, para ahorrarse explicaciones etimológicas, “encomendar algo a alguien” [un militar, un clérigo…]? Resulta muy interesante que Murakami cite la ópera “Don Giovanni”, de Mozart, para explicar esta figura de encomienda.

Parece evidente que el autor ignora –o no alude a- los autores de los Siglos de Oro españoles. Nosotros, los que formamos parte de la “cultura hispana”, podemos aludir de inmediato a “Fuenteovejuna”, de Lope de Vega: “¿Quién mató al Comendador? ¡Fuenteovejuna, señor!”. Pero Murakami no cita ni a Lope, ni a Tirso de Molina, ni siquiera a Zorrilla: de donde el autor extrae a su Comendador es el libreto del “Don Giovanni” que Lorenzo da Ponte escribió para Mozart.

Pero esto parece una nimiedad si atendemos a los atractivos de la novela, que algunos quieren emparentar con la obra de Paul Auster, García Márquez, Toni Morrison y otros por aquello del “realismo mágico”, esa borrosa etiqueta de la crítica profesional.