La segunda acepción de la palabra “síndrome”, según estipula el diccionario de la RAE, nos dice que es el conjunto de signos o fenómenos reveladores de una situación generalmente negativa, como bien se puede definir el caso descrito por el corrido de “Rosita Alvírez”, donde el violento Hipólito mata a la joven Rosita por haberlo desairado cuando la invitó a bailar, un crimen alevoso y cobarde descrito en el corrido como algo merecido, natural y hasta burlesco, pues resulta que “la noche que la mataron, Rosita estaba de suerte: pues de tres tiros que le dieron, nomás uno era de muerte”. Cierto o no, es una infamia.

Sin pretensión alguna decimos que lo anterior es un síndrome deplorable de abuso brutal contra la mujer, un ejemplo negativo que se ha propalado mediante una épica ruin y donde se pretende dar un consejo de sometimiento y sumisión para las féminas pues, al borde de la muerte, la víctima da un consejo; “Rosita le dijo a Irene, no te olvides de mi nombre, cuando vayas a los bailes no desprecies a los hombres”.

Mal andamos cuando se pretende adoptar dicho corrido como el “himno de Saltillo”, a pesar de la influencia negativa que pueda provocar esta apología de la violencia contra las mujeres.

Y el colmo es que dicho corrido, en la versión del “Piporro”, nos cause hilaridad; “¡Échenle aire!”, chacotean ante el cadáver de Rosita, algo que parece inocuo pero que lleva una carga de profundo desprecio.

Sin embargo, algo peor que la discriminación en los corridos es la barrera de la religión que ha permanecido insalvable. La nuestra, como la mayoría de las confesiones del mundo, es misógina por naturaleza.

Y es que por siglos nuestra religión ha imbuido en la mujer una serie de dogmas, tabúes y prejuicios muy retardatarios. Uno de ellos es el paradigma referente a un Dios de naturaleza androcéntrica y patriarcal, que impone la concepción de un todopoderoso varón que legitima una supuesta superioridad de los hombres sobre las mujeres, tanto así, que las católicas a lo único que pueden aspirar dentro de la Iglesia es al diaconado, no al sacerdocio, ni al episcopado y mucho menos al papado, al que jamás podrán acceder, según estipuló en vida el santo Wojtyla.

Si en las diferentes religiones se maltrata a las mujeres no podemos esperar otra cosa dentro de la sociedad civil, la política y otras instituciones públicas y privadas.

Y mire usted, sin ser musulmanes tenemos tendencias muy negativas como en el caso de “La Martina”, a la que “hincadita de rodillas” su esposo nomás tres tiros le dio, feminicidio que se justifica en el hecho de que el marido era el “dueño” de la muchacha de apenas 16 años, pues “la Iglesia se la entregó”, según dice el corrido.

Y se ve difícil que los institutos de las mujeres se manifiesten contra la discriminación de la Iglesia. La realidad es que las funcionarias tienen miedo enfrentar a los obispos, pero al menos, deberían promover normas para que ya no se difundan más los corridos y canciones que hacen apología del feminicidio.