Luego del repudio generalizado la muestra fue retirada a pocos días de su inauguración.
La reciente exposición de una serie de portadas de una publicación dedicada a eventos sociales en la galería urbana de las rejas del Ateneo Fuente, un espacio destinado originalmente a muestras de fotografía artística o documental, contenidos históricos o educativos, auspiciada por la Secretaría de Cultura, abrió un ríspido debate sobre los propósitos y criterios para los contenidos que se comparten en espacios públicos. Aún y cuando la muestra fue retirada a los pocos días de su inauguración, la reflexión sobre su validez o no sigue siendo pertinente

¿Qué sí? ¿Qué no?

Hace algunos años, cuando me tocó hacer la curaduría para una exposición homenaje en torno a la obra del decano de la fotografía saltillense Gabriel Berumen, luego de ser seleccionado dicho proyecto en una convocatoria pública para formar el programa de aquel festival y ante la propuesta de que sus fotografías fueran exhibidas ahí, la entonces encargada argumentó que ese espacio era para proyectos “más importantes”, proponiendo en cambio las rejas de la Escuela Coahuila, en la periferia sur de la ciudad. A pesar de ese deslinde, la muestra dedicada a la obra de don Gabriel fue un éxito, tanto, que admiradores anónimos hurtaron más de cinco piezas.

Otras muestras previas en la Galería Urbana.

Ya desde antes la Galería urbana del Ateneo Fuente se había consolidado como una de las apuestas más efectivas de divulgación pública de las artes visuales por parte de la SEC: ahí se compartieron desde una colectiva de fotógrafos coahuilenses, otras dedicadas al medio ambiente o individuales de reconocidos autores como Vida Yovanovich; pero uno de los aciertos mayores, fueron las muestras provenientes de circuitos nacionales, curadas desde CONACULTA, la Cineteca Nacional, y otras instancias, donde el público saltillense –sobre todo universitario–, en decenas de marcos colocados ex profeso con iluminación y grandes formatos a lo largo de esa reja, pudo conocer muestras lo mismo sobre la evolución de la historieta mexicana, la fotografía política latinoamericana, los fotógrafos más representativos del cine mexicano, acercarse a culturas como la canadiense, a imágenes sobre la migración o el papel de la mujer en la historia de la educación en México. Sin embargo, no recuerdo una muestra individual dedicada a algún artista local o coahuilense. Sí, aquel lugar parecía reservado para “temas importantes”. Hasta ahora.

El doble rasero. La policía estatal retira fotos de desaparecidos en Plaza de Armas de Saltillo.

El sesgo

Entonces, sí este espacio de divulgación estaba ya consolidado ¿Por qué ahora, sin antecedente temático alguno al respecto, de pronto se volvió escaparate para una revista dedicada a eventos sociales? Aunque el texto de presentación argumente que “el concepto de cultura es mucho más amplio de lo que pensamos, y no sólo se limita a un sitio cerrado, sino a una plataforma que pueden utilizar todos los sectores de la población”, el contenido de la muestra contradice de forma rotunda dicho propósito. La teoría crítica nos ayuda a ver más allá de un aparente descuido o manga ancha en los criterios institucionales; a través de cuestiones que ya han planteado autores como Jurgen Habermas: ¿Es posible una relación de simetría en la concepción el espacio público y los diseños culturales desde la democracia seudo liberal? O como dijo algún despistado: si estas expresiones de cierto sector de la sociedad saltillense son legítimas de exhibirse en un espacio público, como forma de una oferta cultural ¿Por qué éstas y no otras? ¿Podrían todos los sectores de la sociedad saltillense hacer uso de este espacio? ¿Si esta política de inclusión es real, porque apenas el 10 de mayo la policía estatal retiró las pequeñas fotos de desaparecidos puestas por sus madres en un pequeño árbol de Plaza de Armas? ¿Cuáles son acá sus méritos artísticos? ¿Qué valores propone una muestra de esta naturaleza? ¿Conforma más bien parte de una estrategia de hegemonía cultural? O a lo mejor estoy sobre interpretando y ese montón de gigantescas reproducciones no sea más que la burda expresión auto celebratoria de una cultura del privilegio y vagas promesas aspiracionales.

Modelos a seguir para las demás mujeres de la región y del estado, la justificación.

Si el espacio público se concibe como una red donde se producen procesos de comunicación y consenso públicos, con sus opiniones, juicios e interpretación ¿Quién dispone estos contenidos y desde qué justificaciones teóricas o institucionales? ¿Qué ha cambiado en los criterios de la administración pública de la cultura para que ningún artista local o regional parezca digno de estos espacios, pero sí una empresa privada, con contenidos a todas luces ajenos a la difusión de la cultura? Mientras nuestros mejores artistas se conforman con exponer su obra en la penumbra de algunas cantinas, o de plano en sus propias casas (ver la reciente obra de Montes y Farías) ¿En qué momento nuestra más importante galería de arte público se convirtió en una especie de valla publicitaria, con el agravante de ofertar un contenido penosamente trivial en una zona universitaria? De este modo, si las políticas institucionales siguen derivando en un uso sesgado, discrecional y torpe de lo que entendemos como espacio público, nuestra vida democrática y cultural seguirá siendo una farsa; un coto privado: una broma de mal gusto.

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