Por primera vez desde que el acuerdo nuclear firmado entre Irán, EEUU y otras potencias entrara en vigor en 2016, Teherán ha decidido comenzar a incumplirlo, aunque por lo pronto de manera limitada. Dicho acuerdo no es un tratado vinculante, sino una serie de términos pactados por las partes, cuya única garantía de cumplimiento es el acuerdo mismo. Si una parte incumplía con lo pactado, la otra tendría la opción de dar marcha atrás en sus compromisos. En este caso, fue Trump—para quien este era el "peor" acuerdo de la historia—quien decidió salirse del convenio en mayo del 2018 y comenzar a reactivar las sanciones en contra de Irán, por lo que una de las opciones de Teherán siempre fue dejar de cumplir con su parte.

Como contexto, el acuerdo nuclear establecía que se revertiría la capacidad nuclear iraní, incrementando el lapso de tiempo que a este país le tomaría brincar del punto en el que se encontraba hasta poder armar una bomba atómica. Para lograrlo, se desactivaban miles de centrífugas, y aunque se permitía a Irán seguir con actividad nuclear, no podía enriquecer uranio por arriba de cierto nivel ni conservar más de 300 kg de ese material. Irán está ya violando algunos de estos puntos.

Como dije, Trump decidió retirarse del pacto en 2018 y escalar la presión en contra de Irán a fin de orillarle a renegociar el acuerdo. Esto no significa que el convenio haya quedado sin efecto, pues las otras partes habían decidido permanecer en él. Un año después, no obstante, las iniciativas de los aún firmantes han sido insuficientes para rescatar no solo a la economía iraní, sino a la postura pragmática del presidente Rohani y el ministro exterior Zarif. En cambio, al interior de Irán se ha impuesto la postura más dura.

Para mostrar su músculo, Irán cuenta con muchas opciones de acción tanto de manera directa como indirecta a través de sus muy distintos aliados en la región. La inteligencia de EEUU, de Israel y de otros aliados, ha indicado que las Guardias Revolucionarias Iraníes han sido las responsables de distintos eventos de sabotaje contra busques en la zona del Golfo. Por supuesto, Irán niega su participación en estos sucesos. Lo que nadie niega es que el incumplimiento del acuerdo nuclear forma parte de toda una estrategia mayor.

Ahora bien, Trump piensa que Washington no debería involucrarse en conflictos largos y costosos para defender intereses ajenos. Su juego consiste en ejercer la presión máxima sobre Irán hasta el punto en el que ese país se vea obligado a renegociar el pacto nuclear bajo términos más favorables, pero no al punto de detonar un conflicto mayor. El problema para Trump es que los duros en Irán lo han entendido bien y es por ello que parecen estar dispuestos a jugar con fuego. Al optar por incumplir de manera paulatina las provisiones del pacto nuclear, Irán no está ya solo ejerciendo presión sobre Trump, sino sobre los otros firmantes.

Parece haber, entonces, una competencia de tensiones. De un lado, Trump se ve asediado por actores que le aconsejan mostrarse fuerte y atacar. Del otro lado, sus propios instintos y buena parte de su base electoral le aconsejan seguir siendo paciente y esperar a que sus estrategias de sanciones y aislamiento funcionen. Y del otro lado están los duros en Irán quienes, ya sea porque están convencidos de que Trump no atacará, o bien, porque están dispuestos a llegar a las últimas consecuencias, han decidido cobrar caro el precio del incumplimiento de los compromisos que EEUU había firmado. La pregunta es hasta qué punto la cuerda resistirá esta carrera de presiones.

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