En el mundo se recrea en este momento una muy intensa “competencia” por el desarrollo de una vacuna contra el nuevo coronavirus SARS-Cov-2. Diferentes laboratorios de todos los continentes trabajan día y noche -literalmente- para conseguir, lo más pronto posible, un mecanismo eficaz para desarrollar inmunidad contra el bicho de moda.

Para orgullo nacional, también en tierras aztecas hay un grupo de individuos -no necesariamente científicos, aunque la apreciación cambia si le preguntas a John Ackerman- exprimiendo las neuronas para encontrar un remedio, para contribuir a la preservación de la especie, para hacerle a la humanidad el milagro de encontrar la “bala mágica” para matar al coronavirus, tal como lo imaginó hace siglo y medio el alemán Pablo Ehrlich.

El equipo mexicano es variopinto pero enjundioso y altamente imaginativo. No escatiman sus integrantes esfuerzo alguno para ganarle la carrera a sus homólogos -o competidores, si usted lo prefiere- de otras partes del mundo.

Compiten en desventaja, también debe decirse: los investigadores de Pfizer, AstraZeneca, Medicago, Moderna, la Academia Militar de Ciencias Médicas de China o la Universidad de Oxford, cuentan con abultadas chequeras para financiar sus desarrollos, elaborar prototipos y realizar pruebas masivas.

Acá… pues acá contamos sobre todo con el valor mexicano y en no pocas ocasiones, como bien lo demuestra la historia, con eso basta. Por ello, y emulando la proeza de Abebe Bikila al cruzar descalzo la meta en la maratón de los Juegos Olímpicos de Roma 60, nuestros… nuestros… digamos “pensadores” mexicas no caen en el desánimo por la falta de recursos y tecnología.

Gracias a ello, a la fecha llevamos, por lo menos, cinco prototipos de cura:

El primero de ellos fue puesto en circulación bien temprano durante la pandemia por un individuo a quien no puede uno contradecir porque seguro la fórmula le fue enviada desde el mismísimo cielo por intermedio del espíritu santo: el padre Solalinde.

Con generosidad, el sacerdote largó la receta en Twitter para beneficio de la humanidad entera sin esperar retribución material alguna para sí mismo: tomar, tres veces al día, una mezcla de té verde, manzanilla y diente de león. Los mentecatos de la red del pajarito se la borraron… ¡porque seguro algún rapaz neoliberal la está produciendo en masa para comercializarse y lucrar!

Luego viene nuestro huey tlatoani, nuestro brujo mayor, nuestro gran chamán, nuestro Perseo de pantano… ¡El Domador del Coronavirus!, don Andrés Manuel López Obrador, quien gracias a los dioses de todos los olimpos oficia cada mañana la homilía desde Palacio Nacional… o algún otro punto de la geografía patria a donde viaja para esparcir la buena nueva.

El Iluminado de Macuspana, ese súper humano llamado a superar las proezas de los héroes mitológicos, ha concebido no una ¡sino tres! curas diferentes para el bicho causante de la pandemia.

La primera es una suerte de aura protectora generada alrededor de los individuos a partir de la observación puntual de una cierta conducta, porque “el escudo contra el coronavirus es la honestidad”, según ha dicho el sabio profeta. Es decir, usted se comporta con honestidad y el virus ni se le acerca.

Es, vista la cosa en retrospectiva, una forma de no sentirnos tan mal por las más de 13 mil muertes registradas hasta ahora en México: porque quienes se enfermaron y murieron, seguro fue por deshonestos.

La segunda es bastante similar, pero requiere de un elemento físico para surtir sus efectos. Consiste en portar un escapulario con el sagrado corazón, a cuyo influjo el virus es inmediatamente repelido.

La última, acuñada apenas en la semana, es probablemente la menos potente de las tres, pero también debe comprenderse al vidente tabasqueño: ¡ya nos había proveído con dos remedios previos! Consiste en “no mentir, no robar -y- no traicionar”, aunque la letra chiquita del envase contiene una advertencia relevante: este remedio nomás “ayuda mucho”.

Finalmente, pero brillando con luz propia y muy probablemente rebasando a sus competidores nacionales por la potencia de su propuesta, tenemos a una mujer. ¡Pero no cualquier mujer!, sino a una capaz de proezas intelectuales dignas de las letras de oro en los muros de honor de todos los palacios legislativos de nuestro país.

Me refiero, ¡a quién más! a doña Olga Sánchez Cordero, el florero más rutilante en la historia del Palacio de Cobián, quien ha compartido hace apenas unas horas una fórmula matona. Y no exagero, porque se trata de un  auténtico “blindaje” según lo ha referido ella misma: las nanomoléculas de cítricos. Una cosa así como embutirse uno en un traje de kevlar, pero más fregón.

Esta última fórmula, además, tiene la seriedad de la ciencia detrás de ella: fue desarrollada con técnicas de ingeniería bioquímica y toda la cosa.

No sé ustedes, pero acá en esta columna ya estamos enviando cartas a la revista Anales de la Investigación Improbable para nominar a nuestros célebres benefactores al premio Ig Nobel del próximo año, pues sin duda se lo han ganado a pulso. Son unos sabios…

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx

Carlos Arredondo Sibaja

Columna: Portal 

Periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.