DONALD TRUMP. Fotos: AP
La inusualmente persistente ventaja de Biden ha hecho poco para disipar las dudas sobre si las encuestas podrían volver a fallar este martes 3 de noviembre

Por: Nate Cohn

Varios de los factores que llevaron al error de los sondeos de la elección presidencial anterior ahora no están en juego.

Si los sondeos son correctos, Joe Biden podría obtener la victoria más decisiva en una elección presidencial en tres década y media, y superar la de Bill Clinton en 1996.

Ese es un “si…” considerable.

El recuerdo imborrable del fracaso de las encuestas en 2016, cuando Donald Trump aparecía en desventaja en prácticamente todos los sondeos preelectorales y, sin embargo, obtuvo los estados disputados y ganó el Colegio Electoral, se ha cernido sobre la campaña de 2020. La inusualmente persistente ventaja de Biden ha hecho poco para disipar las dudas sobre si las encuestas podrían volver a fallar.

Pero mientras que la sorprendente victoria del presidente Trump hace cuatro años le ha imbuido de un aura de invencibilidad política, las encuestas de hoy lo ponen en un aprieto mucho más grande que el que enfrentó de cara al día de las elecciones en 2016. Los sondeos muestran a Biden con una ventaja mucho más significativa que la de Hillary Clinton, y muchas de las explicaciones más probables del fracaso de los sondeos electorales no parecen estar en juego hoy.

Por supuesto, es posible que las encuestas se desvíen más que hace cuatro años. Pero para ganar, eso es exactamente lo que Trump necesita. Necesitaría que las encuestas fueran aún peores de lo que eran en los estados decisivos del norte del país hace cuatro años. Crucialmente, también necesitaría que los sondeos estuvieran errados en un grado mucho mayor a nivel nacional así como en el Cinturón del Sol —la región que se extiende de costa a costa al sur de Estados Unidos—, y esas encuestas han sido relativamente acertadas en las últimas elecciones.

Otra forma de verlo: los encuestadores tendrían muchas menos excusas que hace cuatro años para no estar a la altura de las circunstancias. La victoria de Trump fue sin duda una sorpresa, pero los encuestadores argumentaron, con credibilidad, que los sondeos no eran tan malos como parecían. Clinton ganó el voto nacional, como las encuestas sugerían que ocurriría, e incluso las encuestas estatales no eran tan deficientes, fuera de un puñado de estados de clase trabajadora, en su mayoría blancos, donde había relativamente pocas encuestas de alta calidad en la última etapa de la elección.

En los <em>post mortem</em> postelectorales, los encuestadores llegaron a una serie de explicaciones válidas de lo que salió mal. Ninguna de ellas se sostendría si Trump ganase esta vez.

Aquí están las muchas maneras en que las encuestas son diferentes hoy de lo que fueron en 2016.

Las encuestas nacionales muestran una victoria decisiva de Biden. Hace cuatro años, las encuestas nacionales mostraban a Clinton con una ventaja de alrededor de cuatro puntos porcentuales, muy cerca de su eventual margen de 2,1 puntos en el voto nacional. Este año, los sondeos nacionales muestran a Biden con una ventaja de 8,5 puntos porcentuales. Las encuestas nacionales de mayor calidad generalmente lo muestran con una ventaja aún mayor.

A diferencia de 2016, las encuestas nacionales no presagian los avances que Trump logró en los estados decisivos del norte.

Hace cuatro años, las encuestas nacionales mostraron que Trump había conseguido grandes avances entre los votantes blancos sin título universitario. Dejaban entrever que estaba a corta distancia de ganar en el Colegio Electoral, con posibles victorias en estados de clase trabajadora relativamente blanca como Wisconsin, aunque las encuestas estatales aún mostraban a Clinton a la cabeza.

Este año, las encuestas nacionales han mostrado consistentemente a Biden haciendo grandes avances entre los votantes blancos y, particularmente, entre los votantes blancos sin título. En este sentido, las encuestas nacionales son muy similares a las encuestas estatales que muestran que Biden va bien en los estados relativamente blancos del norte como Wisconsin y Michigan. Los encuestadores nacionales no podrán eludir la culpa al señalar a los encuestadores estatales.

Hay muchos menos votantes indecisos o de partidos menores. Hace cuatro años, las encuestas mostraron un gran número de votantes que estaban indecisos o apoyaban a un candidato de un partido menor, y siempre fue una pregunta abierta cómo votarían al final estos electores.

En general, Clinton iba al frente de Trump —45,7 a 41,8, en el promedio de FiveThirtyEight—, y el 12,5 por ciento de los votantes estaban indecisos o apoyaban a un candidato de un partido menor, como Gary Johnson o Jill Stein.

Hay pruebas significativas de que los votantes indecisos y de partidos minoritarios se inclinaron por Trump en 2016. Los sondeos a boca de urna encontraron que los indecisos se decidieron por él, 45-42, pero por márgenes aún más altos en los estados donde el error de las encuestas fue peor, como Wisconsin, donde los indecisos se inclinaron hacia él, 59-30, en la última semana. Los sondeos poselectorales, que buscaron volver a contactar a los votantes consultados en la ronda preelectoral, descubrieron que los votantes se inclinaron por Trump. Y todo esto fue presagiado por las encuestas preelectorales, que mostraron que la competencia se estrechaba después del tercer debate. No explica todo el error de las encuestas de hace cuatro años, pero probablemente explica parte de él.

Este año, solo un 4,6 por ciento está indeciso o apoya a un candidato de un partido minoritario, según el promedio de FiveThirtyEight. Incluso si estos votantes se inclinaran unánimemente por Trump, él estaría muy lejos de la victoria en los estados más disputados y a nivel nacional.

Algunos encuestadores —incluyendo la encuesta de The New York Times/Siena— muestran más votantes indecisos, votantes que apoyan a un candidato de un partido menor o votantes que simplemente se niegan a declarar a quién apoyarán para presidente. Sin embargo, hay pocas pruebas de que estén a punto de inclinarse de forma unánime por el presidente.

En las últimas encuestas de Times/Siena de los seis estados con mayor probabilidad de decidir la elección, el 8 por ciento de los probables votantes que no apoyaron a Trump o a Biden eran ligeramente más propensos que el promedio a ser jóvenes, no blancos, menos educados y hombres. Eran ligeramente más propensos que el promedio a ser demócratas registrados. Desaprobaban la actuación del presidente por el mismo modesto margen que los votantes en general, y no tenían una opinión favorable ni de Biden ni de Trump. Era mucho menos probable que hubieran votado en una elección reciente. Uno se pregunta si muchos de ellos sí saldrán a votar, aunque digan que lo harán.

Muchos más encuestadores estatales ahora representan adecuadamente a los votantes sin título universitario. El hecho de que muchos encuestadores estatales no lo hicieran hace cuatro años es probablemente una de las mayores razones por las que las encuestas subestimaron a Trump. No está resuelto al 100 por ciento en 2020, pero es mucho mejor.

El asunto es simple: los votantes sin un título universitario son menos propensos a responder a las encuestas telefónicas. Para compensar, los encuestadores deben ponderar por la educación, lo que significa dar más peso a ciertos encuestados para asegurar que los votantes menos educados representan la parte apropiada de la encuesta.

Esto ha sido así durante décadas, pero a los demócratas y los republicanos les solía pasar más o menos lo mismo entre los votantes blancos de ambos grupos, por lo que muchos encuestadores políticos pasaban por alto si en sus muestras había demasiados graduados universitarios. Eso cambió en 2016: a Trump le fue mucho mejor entre los votantes blancos sin título, y de repente las encuestas que habían sido precisas durante años estaban lamentablemente sesgadas en contra de Trump.

JOE BIDEN.

Según las estimaciones de Upshot, el hecho de no ponderar por la educación habría sesgado una encuesta nacional por cuatro puntos contra Trump en 2016. No habría tenido ningún efecto en 2012.

Es importante señalar que la mayoría de las encuestas nacionales de los últimos ciclos se ponderan en función de la educación. Hay una razón arcana: principalmente muestran a todos los adultos, y ajustan sus muestras para que coincidan con las variables demográficas del censo, como el nivel de educación. Muchos sondeos estatales, en cambio, llamaron a los electores de las listas de votantes registrados y ajustaron sus muestras para que coincidieran con las variables que los electores proporcionaron cuando se registraron para votar, como su inscripción en el partido o su edad, pero no su nivel educativo.

Afortunadamente, la mayoría de los encuestadores estatales ahora ponderan la educación. Hay un par de excepciones, pero generalmente no son encuestas de las que se hable mucho de cualquier manera. Prácticamente todas las encuestas que estás viendo muestran a los votantes blancos sin título universitario como una gran parte del electorado. Solo que ahora apoyan a Biden en un número mucho mayor que hace cuatro años.

No hay garantía de mejora. No hay razón para asumir que las encuestas serán muy precisas este año. Ni siquiera hay razón para estar seguros de que las encuestas serán mejores que en 2016, que no fue exactamente el peor error de sondeo de todos los tiempos. De hecho, las encuestas fueron aún peores en 2014 y bastante malas en 2012, aunque a pocos les importó, ya que se equivocaron al subestimar el eventual margen de victoria del ganador. Las encuestas podrían ser fácilmente peores que la última vez.

Incluso si las encuestas van mejor que en 2016, todavía podrían estar mal en formas que importan. En las elecciones de mitad de legislatura, en 2018, los sondeos fueron mucho más precisos que en 2016, pero la distribución geográfica del error en las encuestas al error en la elección presidencial.

Hoy en día, las encuestas muestran que a Biden le va mejor en muchos de los mismos estados en los que las encuestas estaban más equivocadas hace cuatro años. Tomemos Wisconsin. Fue la falla más importante de 2016; ahora, es un estado decisivo que Biden parece haber embolsado.

No sabremos hasta el día de las elecciones si eso simplemente refleja la fuerza real entre los votantes blancos, como se muestra repetidamente en las encuestas a nivel nacional, o si es un artefacto de un sesgo subyacente en las encuestas de los estados. Hace cuatro años, los votantes indecisos se inclinaron por Trump al final, lo que llevó a un error en su dirección; hoy, tal vez han vuelto a Biden.

La industria de la investigación de encuestas se enfrenta a verdaderos desafíos. Las tasas de respuesta a las encuestas telefónicas están en declive. Cada vez se realizan más encuestas en línea, y todavía es difícil recoger una muestra representativa en internet. Las encuestas siempre han dependido de si un encuestador puede diseñar un sondeo que dé una muestra imparcial, pero ahora depende cada vez más de si un encuestador puede identificar y controlar una fuente de sesgo.

No obstante, los encuestadores salieron de las elecciones de 2016 mayormente, si no completamente, convencidos de que la subestimación de Trump era circunstancial —como la decisión tardía entre un gran número de votantes indecisos— o podía arreglarse si los encuestadores se atenían a las normas tradicionales de investigación de encuestas, como la ponderación por educación. Si Trump gana esta vez, estarán en una nueva ronda de autoexamen. Esta vez, podrían no encontrar una respuesta satisfactoria.

*Nate Cohn es corresponsal nacional de The Upshot. Cubre elecciones, encuestas y demografía. Antes de unirse al Times en 2013, fue parte de la redacción de The New Republic. 


c. 2020 The New York Times Company