Desde la antigüedad, la justicia es un concepto que tiene una profunda relación con el “ser” mujer. Por un lado, el género etimológico de la palabra: justicia es una palabra femenina que deriva del latín justitia, que a su vez es una derivación de justo. Por otro lado, la justicia es, en la mitología griega y romana, personificada por importantes diosas que tenían poderes adivinatorios e inventaron los oráculos, los ritos y las leyes.

Sin embargo, la justicia ha perdido el rumbo y el sistema patriarcal, poco a poco, ha ido conquistando todos los aspectos de la vida en sociedad, generando un sistema de (in)justicia que no ha hecho otra cosa que amplificar la discriminación contra las mujeres por cuestiones de género, sometiéndolas a los varones y relegándolas a posiciones marginales en la familia y en la sociedad.

Esta situación de discriminación ha sido avalada y hasta implementada por el mismo derecho (sea suficiente pensar en el derecho al voto, una conquista muy reciente de las mujeres, quienes sólo en el siglo 20 han empezado a ejercerlo) o a otras discriminaciones que se dan en la cotidianidad, tanto en un contexto familiar y/o doméstico, así como en las dinámicas sociales, políticas y laborales.

Fue hasta finales del siglo 18 que el movimiento feminista empezó a generar conciencia de la situación de discriminación en la que viven las mujeres. Desde entonces, el movimiento ha ido avanzando poco a poco en la lucha para una agenda de igualdad con la generación de un importante cambio de paradigma en el siglo 20, gracias al compromiso asumido por instancias nacionales e internacionales, tanto en términos legislativos, institucionales y de políticas públicas.

Académica, defensora y jueza, también Ruth Bader Ginsburg fue víctima de discriminación por cuestión de género en todas las etapas de su carrera profesional. Ella protagonizó la lucha para la igualdad entre hombres y mujeres mucho tiempo antes de ser nombrada por Bill Clinton, en 1993, como jueza de la Corte Suprema.

Fue una de las primeras mujeres en ser admitida, en los años sesenta del siglo pasado, en la Facultad de Derecho de Harvard y tardó bastante para ser ascendida a profesora titular de la Universidad de Columbia.

Durante su actividad –en un primer momento como voluntaria– en la American Civil Liberties Union (donde más tarde dirigió el Proyecto de Derechos de la Mujer), preparó el escrito que se presentó en el caso Reed v. Reed, decidido el 22 de noviembre de 1971. Sus argumentos pro igualdad llevaron a la Corte a emitir una sentencia que revolucionaría un siglo de jurisprudencia estadounidense y la totalidad del pensamiento político, todavía vigente desde el comienzo de la República, que excluía a las mujeres de la vida pública del país… por su propia protección.

Ruth Bader Ginsburg creía en la esencia de la Corte como un órgano colegial, así como en la colegialidad de los argumentos judiciales y en la moderación de la expresión del disenso. Prueba de esto es el hecho que sus posiciones más significativas las escribió para la mayoría, como por ejemplo en el caso EE. UU. v. Virginia, decidido en 1996. En esa ocasión, la Corte dictaminó que la negativa del Instituto Militar de Virginia a inscribir a estudiantes mujeres violaba la cláusula de protección igualitaria.

Otra prueba de su gran fe y confianza en la Corte Suprema como órgano de garantía constitucional y de protección de los derechos fundamentales la encontramos en la flexibilidad de sus posicionamientos. Durante la mayor parte de su carrera, Ruth Bader Ginsburg fue muy moderada (moderación que le costó el apoyo de muchas feministas al nombramiento en 1993, además de muchas críticas a su papel de activista feminista).

Sin embargo, esta posición empezó a cambiar con el fortalecimiento de la presencia de los conservadores modernos (empezada con la llegada de Antonin Scalia en los años ochenta y seguida con los nombramientos de los jueces John G. Roberts y Samuel Alito por George W. Bush) y exasperada con los más recientes nombramientos de Neil Gorsuch y Brett Michael Kavanaugh realizados por Donald Trump.

A medida que la fisionomía de la Corte cambiaba, Ruth empezó a destacarse como la “gran disidente”, convirtiéndose en 2007, bajo la presidencia de Roberts, en la líder del ala liberal; situación que resultó evidente en los casos Ledbetter v. Goodyear Tire & Rubber Co. (2007) sobre discriminación sexual en el empleo y Shelby County v. Holder (2013), en materia de derecho al voto.

Ruth Bader Ginsburg falleció el pasado viernes a la edad de 87 años. Nos deja un legado muy importante. Su lucha permitió lograr la constitucionalización de la emancipación de la mujer, revolución más reñida y menos apreciada en la historia moderna de Estados Unidos. Su lucha contra la incapacidad de las mujeres para la vida pública se erige como un monumento al poder de la disidencia contra un sistema profundamente patriarcal.

 

La autora es Directora General de la Academia IDH

Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA  y la Academia IDH