De José Luis Cuevas, el artista de la ruptura, aprendí la licencia de inventar el mito, el autodiseño del productor. Cuevas creó un fantástico universo como un seductor y dibujante.

En 1991 Cuevas había inaugurado su museo a media cuadra de la Academia de San Carlos, por la calle de Academia, a un costado del templo de Santa Inés. Yo tenía 20 años y era estudiante de dibujo en San Carlos.
Cuevas llegó a dibujar al taller. Había dos modelos, se sentó y tomó la tabla de madera sobre sus piernas, sus lápices y papel. Dibujó con una exactitud admirable. 

Una hora después de dibujar con maestría. Empezó la distorsión, la exageración,  la inventiva. De pronto la realidad no existía, tomó otro camino. Aprendí al verlo trabajar.

Sus dibujos para su columna Cuevario en el suplemento cultural El Búho de Excélsior son increíbles, su serie de apuntes sobre enfermos mentales en La Castañeda es mi estudio.

Ahora que ha muerto, estoy revisando sus dibujos en Internet. Me doy cuenta que seguí su camino. 

Soy Cuevas