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Terror sin tiempo: los cuentos de Amparo Dávila

Eugenia Flores Soria

 

Detrás de los cuentos de Amparo Dávila, como sucede en la literatura, está la vida. La imaginación, aunque indispensable, no basta para crear una gran obra. La escritora pensaba que la fuerza de la palabra tenía sus raíces en lo vivido. Por eso, el miedo y la maestría crecen en las páginas. Poco a poco uno camina hacia los reinos de lo maravilloso, lo irreal. Cada historia nos invita a repensar los alcances de la ficción, mientras algo de nuestros abismos surge de la lectura. El primer aniversario luctuoso de esta gran narradora mexicana es un pretexto para volver a su trabajo.

La edición de sus Cuentos reunidos empieza con Tiempo destrozado, libro de 1959. Aquí se encuentran pequeñas obras maestras como “El huésped”. Los personajes deambulan entre lo extraño y lo tenebroso. Amparo Dávila evita nombrar a los seres sobrenaturales. Por ejemplo en “Moisés y Gaspar”, un hombre recibe como herencia a dos aparentes mascotas (en realidad desconocemos si son gatos, perros, pájaros). Con el desarrollo del relato entendemos que no se trata de eso. ¿Entonces qué son estas figuras que se llaman como humanos? En “Alta cocina” no sabemos con exactitud quiénes gritan dentro de la olla cuando el agua hervía. El lector tampoco podrá descifrar por completo el misterio de Clara Camino, atrapada entre una voz demoníaca y una realidad difícil en “La celda”.

Una atmósfera muy distinta se percibe en Música concreta de 1961. Lo que ya empezaba a dibujarse en Tiempo destrozado, en este libro resplandece. El enemigo de los personajes es su propio temor y con frecuencia aceptan lo fatídico de su destino sin mover un dedo para cambiarlo. La señora Smith, por ejemplo, se resigna a ver a su esposo convertido en otro hijo más; una mujer entiende que no podrá volver a dormir porque, desde que descubrió a su marido con otra, cada noche escucha en su ventana un croar odioso; una joven es internada en el manicomio por haberse enamorado del mismo hombre que su tía. En ningún momento abrazan la salvación; se envuelven en su poderoso ánimo desconsolado y desesperante. La tragedia es emocional: Aquello que se resuelve con una acción insignificante, cotidiana y pequeñísima, se deja crecer hasta la catástrofe. 

Cada quien se asfixia en lo último de sí mismo. Este recurso ya existía en cuentos de su obra anterior, como “La señorita Julia”, personaje obsesionado con ratas inexistentes. También en “El espejo”, dónde madre e hijo aceptan la maldición de presenciar a un ser maligno cada noche. Música concreta es el infierno del delirio personal, una exploración de los fantasmas internos que hacen de las suyas en el plano real. El asesinato, la avaricia, la paranoia, el amor desmesurado son algunos de los sucesos que conducen al precipicio (como pasa en la naturaleza humana). En este libro crece la presencia de mujeres protagonistas.

El trabajo cumbre de Amparo Dávila está en Árboles petrificados de 1977, obra que le valió el prestigioso Premio Xavier Villaurrutia. Los cuentos son, en definitiva, más arriesgados en su estructura, conflicto y profundidad. La escritora logra un tono lírico que deslumbra. Juega con la circularidad como en “La rueda” y con el dolor en "Óscar". Este tríptico de libros, desde los títulos, está hermanado por la idea del cronos detenido. En el primero, utiliza el adjetivo destrozado para referirse, precisamente, al tiempo. Música concreta es una imagen específica de algún momento del que no se puede huir. Qué decir de árboles petrificados, tanto el árbol como la piedra nos regresan al origen, a lo vivo y a lo muerto como dos líneas en las que medimos la existencia.

Amparo Dávila nos deja, en su obra, este dolor perenne. Su literatura fantástica no es evasiva; al contrario, nos lleva de vuelta a los adentros. De ahí la pesadilla: los demonios dejan la catacumba, el miedo emerge. Tememos decir, como la autora en sus relatos: “Tal vez ya estamos muertos… tal vez estamos más allá de nuestro cuerpo”.