Hay muchos temas en la agenda internacional. Este es, sin duda, uno de los más importantes. Sin demasiado ruido, podríamos estar ante una espiral de elevadísimo riesgo, como si éstas hicieran falta en estos tiempos. En 2015, EU y otras potencias firmaron un acuerdo nuclear con Irán. Trump ha anunciado que no va a certificar su cumplimiento. Esta acción en sí misma no nulifica el acuerdo, pero abre el camino para que, si el Congreso así lo decide, se reinstalen las sanciones económicas contra Teherán que fueron liberadas como parte de dicho pacto, o bien, se establezcan nuevas condiciones que si Irán incumple, reactivarían las sanciones.
Aunado a esto, la escalada retórica entre Washington e Irán sigue aumentando. Esto ofrece un nada optimista panorama, sobre todo partiendo de que hace sólo dos años, el ambiente era diametralmente opuesto.

El acuerdo nuclear entre Irán y las potencias no es un tratado vinculante, sino una serie de términos pactados por las partes, cuya única garantía de cumplimiento es el acuerdo mismo. Si una parte incumple, la otra tiene la opción de dar marcha atrás en sus compromisos. Es por ello que, dentro del entendimiento, se establece un régimen de inspecciones sin precedentes a las instalaciones iraníes y Washington se mantiene continuamente certificando que el acuerdo esté siendo cumplido. Hasta el momento, según los inspectores internacionales, Irán ha cumplido con sus compromisos. El propio secretario de defensa de EU, Jim Mattis, afirma que no hay evidencias para suponer lo contrario. ¿Cuál es entonces el problema?

Obama y Kerry plantearon este pacto como algo que rebasaba a las armas nucleares. Al tejer nuevos vínculos con Irán, Washington conseguiría su colaboración para resolver muchos de los temas —como el conflicto sirio o la cuestión del combate a ISIS— en los que esa colaboración era indispensable. Para Irán, en cambio, el acuerdo nuclear siempre estuvo limitado a ese rubro en concreto.

Así, los problemas no inician con Trump, sino desde antes, cuando Irán demuestra que no tenía la menor intención de detener su programa de misiles (limitados por la ONU). Paralelamente, a lo largo de estos dos años, Teherán se ha mantenido comportándose del modo usual: apoyando a los actores que favorecen a sus intereses, independientemente de si éstos golpean o no golpean los intereses de Washington o sus aliados. Como resultado, Trump argumenta que el pacto pone en riesgo la seguridad nacional estadounidense, lo que le autoriza a descertificarlo.

¿Qué sigue? Al descertificar el acuerdo, Trump pasa al Congreso la decisión de restituir o no las sanciones vinculadas a la cuestión nuclear. Si el Congreso opta por hacerlo, y mientras Irán decide cómo responde, hay dos hechos ya inevitables: (1) queda formalmente reactivada una dinámica conflictiva entre Irán y EU, la cual podría incentivar la opción por parte de los actores más duros en Teherán de retomar el camino hacia una bomba atómica; y (2) EU envía un mensaje a otros actores, como Pyongyang, de que sus negociaciones tienen un valor temporal y limitado: no basta cumplir lo pactado; si los intereses de Washington son comprometidos, la superpotencia siempre podrá retirarse del pacto. El acuerdo sigue por ahora vigente.
Trump ha dicho que, si el Congreso no actúa, él puede cancelarlo. De él, por supuesto, es posible esperar cualquier cosa. Pero el peso que tanto los legisladores como el equipo profesional del presidente tendrán en sus manos en este tema, será muy elevado. Esperamos que todos ellos actúen con responsabilidad en las semanas y meses que siguen.

Twitter: @maurimm