El performance es un arte que incluso en ciudades cosmopolita como Nueva York aún no es entendido del todo y es, en ocasiones, tachado de no ser arte, dice Arantxa Araujo. Fotos: George D Castro Day
La artista se presentó en la Universidad de Nueva York y en VANGUARDIA hablamos con ella sobre esta experiencia y su carrera en general

Nacida en la Ciudad de México, se interesó en el performance desde pequeña, aunque no hubiera descubierto esta disciplina como tal sino hasta años después. “Más o menos cuando tenía 15 años comencé a decir: Quiero estudiar actuación. Cuando un amigo mío se fue a estudiar a Boston, me platicó y me pareció excelente, en México comencé a prepararme y al final pude irme a Boston a estudiar teatro”, ahí cursó estudios teatrales enfocados a actuación y diseño de vestuario.

Migrante desde entonces, cambió su residencia a Los Ángeles. “Por cuestiones de visa no pude enfocarme completamente a actuar, necesitaba un trabajo para poderme quedar. Todo esto como la vida del migrante, ¿qué tengo que hacer para quedarme aquí y seguir aprendiendo? y eventualmente dije: No, yo lo que quiero es actuar. Entonces comencé a trabajar en marketing para Fox Searchlight y luego me cambié a una compañía de anuncios, donde hacíamos pósters para películas”.

Este episodio la acercó al mundo actoral hollywoodense, y aunque estaba aprendiendo de la industria, no estaba actuando. “Siempre va cambiando lo que quieres hacer como artista y en ese momento yo quería actuar. Entonces dije: No, me regreso a México, y así puedo hacer lo que quiero y no estar, por cuestiones de visa, agarrando trabajos que no quiero”.

Hija de un economista, se define con una mente pragmática, y a su vuelta al país aplicó una filosofía de su padre. “Tienes que buscar primero cómo vives y luego te ocupas de lo demás, entonces apliqué esto en mi vida y te das cuenta que el tiempo es limitado y al final del día nunca tenía tiempo de hacer arte”.

Comenzó a dar clases de yoga y comentó que le fue bien, pues llegó a tener hasta ocho clases programadas al día. Lamentablemente esto no le dejaba tiempo para la creación artística, hasta que decidió reorganizar su agenda. “En mi tercer año en México decidí sólo dar dosclases de yoga al día y empiezo a hacer arte”.

Participó con diversos artistas y compañías capitalinas como Las Reinas Chulas, con quienes realizó varios proyectos. Además, empezó a explorar que a través del arte se puede realizar activismo y obras de cambio social y cuando fue aprobada su maestría en neurociencia para la Universidad de Columbia y recibir un beca del Conacyt, no se lo pensó dos veces y regresó a los Estados Unidos.

“En teatro yo era más propensa a hacer teatro físico”, mencionó al hablar de cómo comenzó a involucrarse con el performance, “no tanto hablar pero hacer mucho movimiento. Y eso era como que lo raro del teatro. Y poco a poco me fui dando cuenta que lo que yo hago es performance art”.

A raíz de esto, su carrera en el mundo artístico se fue desarrollando con fluidez. Estando en Pittsburgh conoció a Hector Canonge, organizador del Festival Anual de Performance en Nueva York y otras conexiones que le permitieron hacer arte como forma de vida.

Todo esto nos lleva de nuevo a su obra “Linton, 15 libras, tres horas por semana, a 31.50 dólares”, presentada en CUNY. Dicha pieza surgió de una investigación que aún se encuentra realizado a y la cual ha dedicado más de  mil 600 horas trabajando en restaurantes de Nueva York. En ella conoció las condiciones en que los migrantes son puestos a trabajar en estas cocinas.

De la realización de esta obra se desprende su propia experiencia y el resultado obtenido de este activismo artístico. 

En el primer caso relató que “dado que este rábano es picante, resulta molesto para el comensal, por esto mandan a nuestros hermanos migrantes a un lugar subterráneo a rayarlo. Me meto a rayarlo con ellos y me doy cuenta de las reacciones de tu cuerpo al hacerlo. Ellos lo hacen en periodos de 15 minutos, pero a través de la repetición, yo creo un mensaje mucho más poderoso al hacerlo por tres horas seguidas”.

Esta repetición causó la reacción del público y, como sucede en el performance, llegó de la manera menos esperada en el Congreso de Migración de CUNY. “A las dos horas de estar en este trance de rayar los rábanos una señora comienza a gritarme: ¡Necesitas parar! ¡Cuánto tiempo llevas haciendo esto! Yo seguía en mi trance y no respondía a ningún estímulo”. La mujer era la encargada de recursos humanos y no paró hasta que alguien al fin le explicó que se tenían permisos para hacerlo y que ella era, en realidad, una artista en medio de su performance.

“Desde nuestra perspectiva fue súper efectivo”, comentó, “porque si ella reaccionó de esta manera al verme a mí, ¿cómo no reaccionaría al entrar a una cafetería y ver las condiciones en que trabajan nuestros hermanos hispanos? No he hablado con ella, pero sería interesante preguntarle si ha habido algún cambio en ella a raíz de esta acción”.

El performance es un arte que incluso en ciudades cosmopolita como Nueva York aún no es entendido del todo y es, en ocasiones, tachado de no ser arte. Para Arantxa es muy importante elcírculo artístico en el que ella se desenvuelve, pues le permite estar constantemente actualizándose, aprendiendo y “empapándose” de las propuestas de sus pares.

La última vez que se presentó en México lo hizo con una pieza en el Monumento a la Revolución donde, en plena vía pública, intentó, infructuosamente, lavar la sangre y tierra de unas prendas, símbolo de la violencia hacia las mujeres, los feminicidios, que han ocurrido en nuestra nación.

Y aunque acepta que se ha distanciado un poco de lo que se está produciendo aquí (con las excepciones en que sus amigos y allegados le informan del estado del arte) dados los proyectos que tiene en puerta, asegura que gustosa regresará al país en unos años, dispuesta a seguir abordando los temas de injusticia social y la búsqueda de la paz que tanto la conmueven.