Cuando conocí la historia de Rosy y Cande, las dos catequistas de Múzquiz, Coahuila, que murieron apuñaladas por una pareja de drogadictos a principios de 2017, me indigné y entristecí sobremanera.

Cómo era posible que unas santas mujeres de Dios como aquellas tuvieran muerte tan horrenda y todo por mil pesos que les quitaron los asesinos para su vicio.    

Unas mecenas, damas altruistas que habían adoptado a los hijos de una madre con discapacidad intelectual, internos en la casa hogar de Múzquiz

Cómo era posible.

Un par de soleras que se dedicaba a vender ropa para sostenerse y sostener sus infinitas obras de caridad.
Que se desvivían por ayudar al prójimo.

Rosy y Cande eran las catequistas del pueblo, las evangelizadoras de generaciones y generaciones de infantes de Múzquiz, las servidoras de Dios.

De plano me dio coraje.

Esque cómo era posible que unas mujeres de tal calidad humana tuvieran una muerte así.

“Bonita muerte”, solía decir mi padre cuando sabía de alguien que había dejado este mundo mientras dormía.

Gente que dormida se había ido a dormir el sueño eterno, como luego se dice.

Estás dormido y te llega la muerte apacible y hasta el día del juicio.

Y yo me pregunto, ¿cómo hará Dios para escoger la manera en que ha de morir cada quién?

¿Cuál es el criterio, el sistema?

Yo pensaba que alguien siendo bueno merece una buena muerte, una muerta compasiva, llena de amor.

Pero morir así, acuchillado, después que diste la vida por los demás.

De veras que no entiendo.

Vaya a saber.

Lo que si sé es que Rosy y Cande, las catequistas de Múzquiz, no merecían morir así.

SALTILLO de a pie