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Un estudio muestra cómo invaden las bacterias los recintos hospitalarios y cómo los pacientes que son internados en esos centros de salud, intercambian los microbios.

Comencemos con la llegada de los antibióticos
La duplicación de la ‘esperanza de vida’ durante el siglo XX —de los 40 a los 80 años en los países occidentales— obedeció a solamente tres causas de excepcional importancia: el saneamiento de las aguas, los programas de vacunación y los antibióticos desarrollados a partir de la penicilina a mediados de la II Guerra Mundial. 

Pero los antibióticos se están muriendo de éxito porque, de tanto usarlos, hemos forzado las bacterias a evolucionar para neutralizarlos. Así que la ‘Era de los Antibióticos’  podría estar llegando a su final. Y aún no tenemos un buen relevo para protegernos de las bacterias más agresivas.

Que los antibióticos dejen de funcionar no implica que vayamos a volver a los tiempos oscuros de la lepra, el cólera y la tuberculosis. Dicho en otras palabras, las pandemias bacterianas que otrora cambiaban el curso de la historia no volverán. No al menos mientras no arruinemos el alcantarillado y las campañas de vacunación.

Pero eso no le resta ni un ápice a la gravedad del problema. El año pasado murieron en todo el mundo 700 mil pacientes por culpa de las bacterias resistentes a los antibióticos y, de seguir las tendencias actuales, alcanzaremos los 10 millones de muertes por esa causa en el año 2050.

Lecciones por aprender
La presencia de bacterias resistentes a los antibióticos ha ido empeorando paulatinamente hasta llegar a la calamidad actual. Los CDC’s de Atlanta (Centros para el Control de Enfermedades, con sede en Atlanta, Estados Unidos) han reportado que los casos de sepsis (infecciones sanguíneas imparables) aumentaron de 620 mil (en 2000) a un millón 150 mil (en 2008), solo en EU, con el número de muertes superando las 200 mil en ese último año. 

Entre las mayores amenazas que se ciernen sobre la eficacia de los antibióticos, tal vez sea la ignorancia la más dolorosa. Por ejemplo, una encuesta reciente reveló que más de la mitad de la gente no sabe para qué sirven los antibióticos. Por lo tanto, no es casualidad que la venta de esos medicamentos se encuentre fuera de control.

Sobre esta cuestión hay dos lecciones que es conveniente aprender: la fácil y la difícil. 

La fácil es que los antibióticos matan a las bacterias, no a los virus ni a los hongos, y que por tanto no sirven de nada contra la mayoría de las enfermedades para las cuales son recetados en todo el mundo. 

La lección difícil es que los médicos saben que los antibióticos no matan virus ni hongos, pero tienden a curarse en salud ante el riesgo de que se les agrave un paciente infectado, y por lo tanto proceden a darle a esos pacientes su buena dosis de antibióticos. Eso no daña al paciente, ni al médico, pero sí a la sociedad en su conjunto, que se ve cada vez más expuesta a las bacterias resistentes a los antibióticos.

El otro problema
Pero las bacterias resistentes a los antibióticos no solo se crean en los hospitales, las farmacias y los centros de salud… Una parte significativa de las resistencias a los antibióticos obedece a una costumbre muy común de los criadores de animales: esos señores le echan antibióticos a la comida de sus vacas, cerdos y gallinas, no porque estén enfermos, sino porque los hacen producir más. 

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Europa y Estados Unidos tienen regulaciones muy estrictas sobre el uso de los antibióticos por los ganaderos, el problema es que las bacterias resistentes no necesitan pasaporte para ir de un lado a otro.

Así que, mientras llega la próxima bacteria resistente a los antibióticos, veamos cómo entran a los hospitales los microbios que nos agobian.

Así colonizan las bacterias
El 23 de febrero de 2013 abría sus puertas un nuevo pabellón del Hospital de la Universidad de Chicago (EU). Ese día y en ese lugar, fue también anunciada una investigación que había iniciado dos meses antes, cuando aún le estaban dando los últimos toques a la construcción del del nosocomio. 

Se trataba del proyecto ‘Microbioma en el Hospital’ (Hospital Microbiome), un ambicioso intento de saber qué bacterias hay en un centro hospitalario, cómo llegan hasta él, cómo evoluciona un ecosistema microbiano con el ir y venir de los médicos y pacientes, y de dónde viene la presencia de patógenos resistentes a los antibióticos. 

Algunos de los primeros resultados de esa investigación, publicados ahora, son realmente sorprendentes.

Es lo que veremos enseguida.

Una realidad de cuidado
No obstante su imagen aséptica, los hospitales son como inmensos recipientes bacterianos. Hay países donde es más fácil pescar una infección en el hospital que en la calle, y no hay que irse al África subsahariana para constatarlo…

En Estados Unidos, por ejemplo, se producen 1.7 millones de infecciones hospitalarias cada año. Y en España, seis de cada 100 pacientes que ingresan a un centro de salud, salen de allí  con una infección que no tenían cuando entraron, según el último informe de la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Salud Pública e Higiene.

“Cada paciente libera millones de microbios en su entorno cada hora”, asegura Jack Gilbert, responsable del Centro de Ecología Microbiana del Laboratorio Nacional Argonne, el principal centro de investigación médica de EE UU. 

Ese profesor de cirugía de la Universidad de Chicago, junto a una decena de colegas, son los que tienen a su cargo el proyecto ‘Microbioma en el Hospital’. Y tuvieron la oportunidad de estudiar el ecosistema del nuevo pabellón hospitalario, antes de que comenzara a recibir a los pacientes, mediante el muestro de diferentes áreas del nosocomio
 
Primeros invasores
Lo primero que encontraron los investigadores después de analizar las muestras, fue que un hospital en construcción no tiene las mismas bacterias que un hospital operativo. 

Según fue publicado en la revista Science Translational Medicine, los investigadores encontraron dos géneros bacterianos predominantes en las muestras que se tomaron antes de la apertura del hospital. Esos géneros fueron el Acinetobacter y las Pseudomonas.

Pero el escenario cambió tras la llegada de los primeros pacientes. Aquella flora fue rápidamente reemplazada por bacterias de los géneros Corynebacterium, Staphylococcus y Streptococcus, todas muy abundantes en la piel humana.

De las 10 mil muestras que los investigadores  tomaron en los 10 meses siguientes a la apertura del hospital, encontraron bacterias en 6 mil 500 de esas  muestras. Y en los 10 recintos estudiados, los puntos con mayor abundancia y diversidad bacteriana fueron, aparte de los propios humanos, las barandillas de las camas y las llaves de agua del baño. 

Los puestos de enfermería, el mostrador, los reposabrazos de las sillas y los ratones de las computadoras, también destacaron como refugios de vida microbiana. Y eso que son estancias y objetos que se limpian a diario con desinfectantes.

Luego llegaron las resistentes
Un realidad revelada por el estudio fue que el personal médico transfiere más microbios al paciente que al revés. La mayoría del personal lleva guantes y mascarillas, pero introduce los microbios a través de sus ropas y de ahí a la piel expuesta de los pacientes y las demás personas que deambulan por el nosocomio.

Un análisis reveló que las batas y uniformes de los médicos y enfermeras podían portar hasta 80 tipos de bacterias diferentes.

Por fortuna, la inmensa mayoría de esas bacterias son benignas, pero el estudio realizado en el flamante pabellón del hospital de la Universidad de Chicago también mostró un dato potencialmente peligroso: a medida que pasaban los días, aparecían más y más cepas bacterianas resistentes a los antibióticos. 

(Javier Sampedro y Miguel Ángel Criado/© Ediciones El País y BBCSalud)