Alberto del Canto: fundador de Saltillo, esclavista y traficante
El capitán Del Canto fue acusado en su época de capturar y vender indígenas. La Corona española ordenó castigarlo, pero nunca se le castigó por ese delito
Le pregunté a un buen amigo, de manera casual, solo por curiosidad: ¿a qué personaje de la historia de Saltillo no se le ha honrado todavía con una estatua? Me respondió sin dudar: a Alberto del Canto.
La respuesta no me sorprendió del todo. Le dije, de manera franca, que para mí Del Canto no la merecía, y le expuse mis argumentos. Me escuchó, pero no cambió de opinión; se mantuvo firme. Me fui con esa idea dando vueltas en la cabeza, y pensé que tal vez el problema es que no mucha gente conoce bien la historia del fundador de Saltillo.
ANTES DE QUE LLEGARA DEL CANTO
Para entender lo que ocurrió en el noreste durante el siglo XVI hay que conocer primero a quienes habitaban ese territorio. Los guachichiles eran el pueblo más numeroso y extendido de la región. Sus dominios abarcaban una franja enorme, desde lo que hoy es San Luis Potosí hasta Coahuila, Zacatecas y Tamaulipas. Su nombre, impuesto por otras tribus, significaba en náhuatl “cabezas pintadas de rojo”, por el pigmento con que se adornaban.
Por milenios de adaptación al ambiente, su forma de vida fue nómada, con estructuras de liderazgo flexibles y una capacidad de movilidad que sería, durante décadas, su mejor defensa frente a los españoles. El doctor Carlos Manuel Valdés reconstruyó en La gente del mezquite la diversidad de ese mundo: junto a los guachichiles convivían coahuiltecos, borrados, pachos, rayados y decenas de parcialidades más, cada una con su territorio y sus alianzas. No eran una masa homogénea, sino sociedades para resistir y adaptarse según las circunstancias.
Esa complejidad fue lo primero que la historia oficial borró. Al reducirlos a la categoría genérica de chichimecas, término despectivo que los colonizadores aplicaban a cualquier grupo que se resistía a ser sometido, los documentos coloniales los presentan como un obstáculo permanente para los planes de colonización. Pasaron años hasta que los grupos nativos cedieron; aun así, nunca se les reconocieron derechos sobre su tierra.
UNA RESISTENCIA QUE DURÓ DÉCADAS
Los guachichiles mantuvieron en jaque a los colonizadores. La Guerra Chichimeca se extendió de 1550 a 1590 aproximadamente, fue el conflicto armado más prolongado que enfrentó la Nueva España en el territorio norte. Durante cuarenta años, guachichiles, zacatecos y pames mantuvieron una resistencia que llegó a interrumpir el camino real entre México y Zacatecas, la arteria económica más importante de la Colonia, con ataques rápidos y retirada a la sierra que los españoles no lograban contrarrestar. Los guachichiles se describen en los documentos como guerreros feroces e indomables. Esos mismos documentos no dicen que estaban defendiendo su territorio, su libertad y la vida de su gente.
La guerra terminó no por derrota militar sino por negociación y agotamiento mutuo: la Corona optó por una política de paz por compra, con entregas de comida, ropa y herramientas a cambio de la reducción en misiones y rancherías. Fue una rendición condicionada, no una conquista. Hacia la séptima década del siglo XVII, algunos guachichiles decidieron regresar al desierto, su verdadero hogar. Después de 1670 no se les volvió a ver.
DEL CANTO Y EL SISTEMA QUE LO HIZO POSIBLE
Vito Alessio Robles fue quien estableció con documentos que el verdadero fundador de la Villa de Santiago del Saltillo fue Alberto del Canto, en 1577. Pero su trabajo también registró las expediciones de captura de indígenas en las que participaron los capitanes, entre ellos Del Canto.
El dato tiene respaldo documental concreto. En 1579, apenas dos años después de la fundación de Saltillo, la Corona ordenó al gobernador de Nueva Vizcaya remitir a la Audiencia el proceso contra el capitán Alberto del Canto, acusado de haber capturado y esclavizado a indígenas que estaban ya pacificados, según consta en la Real Cédula conservada en el Archivo General de Indias. La orden fue prácticamente ignorada: Del Canto siguió operando en la región sin castigo alguno.
Las Leyes Nuevas de 1542 prohibían formalmente la esclavitud indígena, pero la Corona emitía a la vez cédulas que autorizaban esclavizar a los llamados indios de guerra, categoría que los capitanes aplicaban a cualquier grupo que opusiera resistencia. Cualquier indígena que no aceptara el sometimiento podía ser declarado rebelde y vendido.
LAS COLLERAS
Fray Juan de Zumárraga reportó que solo desde el puerto del Pánuco se extrajeron entre diez mil y quince mil indígenas en periodos cortos del siglo XVI. Para los indígenas capturados, el trayecto comenzaba con una cuerda atada al cuello. Los nómadas eran amarrados en grupos llamados colleras y obligados a caminar cientos de kilómetros hacia el sur, hacia las minas de Zacatecas o hacia los puertos del Golfo. La mortalidad en el camino era altísima.
El historiador Hernán Venegas Delgado documentó un caso devastador: una collera de indígenas apaches, en su mayoría mujeres y niños, salió de Chihuahua el 1 de diciembre de 1789 con 180 personas. Llegó a la Ciudad de México 81 días después con solo 92 con vida; el resto murió en el camino, por epidemias y agotamiento.
Pero el destino no siempre eran las minas. Valdés y Venegas Delgado documentaron en el libro La ruta del horror, editado en 2020, que muchos indígenas del noreste eran embarcados en Pánuco y Veracruz y enviados a Cuba, para trabajar en la construcción de fortificaciones militares como el Castillo del Morro o San Carlos de la Cabaña. La mortalidad era casi inmediata después de la captura. Alexander von Humboldt lo constató en 1803: los indígenas de las tierras del norte no sobrevivían al traslado a los climas húmedos y calurosos del Caribe.
Los envíos no incluían solo hombres en edad de combate. Había mujeres y niños. La estrategia era clara: eliminar a las nuevas generaciones para desarticular por completo a los pueblos nativos.
LA VILLA DEL SALTILLO Y SUS PRIMEROS POBLADORES
Del Canto no llegó solo. Hubo otros colonos beneficiarios de mercedes de tierras, agua y ganado, cuyas concesiones dieron origen a haciendas y familias que concentraron poder económico y político en la región por generaciones. La historiadora María Elena Santoscoy Flores, en Aquellos primeros saltillenses, concluye con claridad: “los primeros pobladores de Saltillo no fueron fundadores heroicos, sino participantes de un proceso de colonización marcado por ambición económica, apropiación de tierras y desplazamiento forzado de la población indígena.”
En 1591 llegaron indígenas tlaxcaltecas, trasladados por la Corona para ayudar a pacificar la región. Fundaron el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, que convivió, con reservas, con la villa española, e introdujeron técnicas agrícolas que incidieron en la vida local. Su presencia recuerda que Saltillo no fue la obra de un solo hombre ni de un solo pueblo, sino el resultado de encuentros violentos entre tres mundos distintos: españoles, guachichiles y tlaxcaltecas.
La información siempre ha estado disponible. Alessio Robles la publicó en 1938. Cavazos Garza trabajó más de cincuenta años en los archivos del noreste. Carlos Manuel Valdés lleva tres décadas investigando a los indígenas del noreste de México. Todo ese trabajo existe, está publicado y buena parte puede consultarse de manera gratuita. Lo que no ocurrió fue contar esa historia completa, con todos sus matices. La historia oficial, los libros de texto y las efemérides reprodujeron la versión del fundador como un personaje heroico, que de héroe no tenía nada.
Cuando la historia de una ciudad se construye con una parte de los hechos y se omite la otra, se borra también a buena parte de las personas y los hechos importantes: los guachichiles encadenados y llevados hacia Zacatecas, las mujeres y los niños de las colleras, los indígenas que murieron en Cuba, a quienes les arrebataron su tierra, eso también se debe contar y no se debe olvidar.
LO QUE FUE DE DEL CANTO
Del Canto nunca pagó por las acusaciones que enfrentó. Su vida estuvo llena de escándalos, pero con el tiempo se reinventó como vecino “respetable” de la villa de Saltillo. Uno de los castigos por su adulterio fue casarse con la joven Estefanía de Montemayor, hija de Diego de Montemayor, fundador de Monterrey. Ocupó varias veces el cargo de alcalde y dejó atrás el tráfico de personas para convertirse en hacendado. Murió en 1611, a los sesenta y cuatro años, en su Hacienda de Buenavista.
LO QUE NO FUE EN SU TIEMPO
Hace cuarenta y nueve años, cuando se celebró con bombo y platillo el aniversario de la ciudad, surgió la idea de levantarle una estatua a Alberto del Canto. Por alguna razón nunca se llevó a cabo. De haberse construido, hoy probablemente estaría cuestionada, o ya no estaría en pie, como ha pasado con otras estatuas: en la Ciudad de México retiraron las de Fidel Castro y el Che Guevara, antes había ocurrido lo mismo con la de Cristóbal Colón, y en Virginia, Estados Unidos la estatua del general Robert E. Lee fue retirada como parte de un proceso de remoción de símbolos asociados al pasado esclavista y segregacionista del estado.
UNA HISTORIA COMPLETA
No se trata de presentismo, ni mucho menos. Sé que no se puede juzgar el siglo XVI con los valores del siglo XXI: solo se trata de conocer lo que ocurrió. La historia se distorsiona cuando se le mutilan los pasajes duros; por eso se empobrece, y eso afecta sobre todo a quienes fueron despojados de todo. Los guachichiles son parte del origen de Saltillo y no se les puede dejar de lado. Pocos son los nombres que sobrevivieron en los archivos, pero sus razones y sus acciones se entienden, y su memoria sigue viva. Por su gallardía y su resistencia, los guachichiles son quienes realmente merecen una estatua.
Mi amigo sigue pensando que Del Canto merece su estatua. Es probable que después de leer esto cambie de opinión, o tal vez no, y está bien: el debate es parte de entender mejor de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Pero usted, que ya conoce los argumentos, que conoce lo que fueron las colleras y el lugar adonde llegaban los encadenados, que ahora sabe que del otro lado de la fundación había un mundo totalmente diferente al que le arrebataron todo, casi, menos la dignidad: ¿merece Alberto del Canto una estatua en Saltillo? Antes de que responda, me permito recomendarle la lectura de cualquier libro que menciono al final. Hasta la próxima y que gane México.
FUENTES CONSULTADAS PARA LA REALIZACIÓN DE ESTE RELATO Y PARA SABER MÁS
Alessio Robles, Vito. Francisco de Urdiñola y el norte de la Nueva España. México, 1931.
Alessio Robles, Vito. Coahuila y Texas en la época colonial. México, 1938.
Amezcua García, Mónica S. “Deportación de una collera de apaches en la provincia de Coahuila”. Oficio. Revista de Historia e Interdisciplina 17 (2023): 31-45.
Archivo General de Indias, Guadalajara, 230, L.2, F.54R-54V. Real Cédula al gobernador de Nueva Vizcaya sobre el proceso contra el capitán Alberto del Canto, 1579.
Cavazos Garza, Israel (estudio preliminar). Historia de Nuevo León con noticias sobre Coahuila, Tamaulipas, Texas y Nuevo México. Gobierno del Estado de Nuevo León, 1961.
De la Peña de León, Francisco J. Historias de Saltillo. A través de sus personajes, sus anécdotas y sus lugares. 2022.
Santoscoy Flores, María Elena. Aquellos primeros saltillenses.
Valdés Dávila, Carlos Manuel. La gente del mezquite: los nómadas del noreste en la Colonia. CIESAS, México, 1995. Segunda edición: Secretaría de Cultura de Coahuila, 2017.
Valdés Dávila, Carlos Manuel. Los bárbaros, el rey, la Iglesia. Los nómadas del noreste novohispano frente al Estado español. UAdeC, Saltillo, 2017. Segunda edición: FCE, 2022.
Valdés Dávila, Carlos Manuel / Venegas Delgado, Hernán. La ruta del horror. Esclavos indios del noreste novohispano y sus rebeliones en Cuba. Ediciones Extramuros, La Habana, 2020.
Venegas Delgado, Hernán M. “Suicidios, epidemias y muerte en una collera de mujeres y niños apaches hacia la ciudad de México (1789-1790)”. Estudios de Historia Novohispana, núm. 71 (2024): 117-147, UNAM.