Entre la tierra y el olvido: la muerte y los lugares del último adiós del Saltillo

Entre la tierra y el olvido: la muerte y los lugares del último adiós del Saltillo

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Durante más de cuatro siglos, Saltillo enterró a sus muertos donde pudo: bajo los pisos de las iglesias, en panteones improvisados, en terrenos que hoy son calles, parques y jardines. La ciudad creció sobre sus propios muertos sin preguntarse dónde quedaron

Coahuila
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LA IGLESIA COMO SEPULTURA

Durante los primeros años de vida de la villa de Santiago del Saltillo y del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, los muertos descansaban muy cerca de donde los vivos rezaban. Enterrar a los difuntos en los atrios de las iglesias constituía una expresión de fe, una manera de mantener a los fallecidos cerca de lo sagrado.

Esta práctica fue heredada del mundo medieval europeo y se arraigó en el Nuevo Mundo desde la llegada de los colonizadores ibéricos. Bajo el suelo de los templos católicos se guardaban los restos de españoles, tlaxcaltecas, criollos, mestizos, extranjeros y nativos de la región. A la hora de la muerte no existía distinción de raza, aunque sí había, una clara preferencia por la ubicación del entierro. La Iglesia, especialista ancestral en la recaudación de fondos, marcaba el precio.

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EL ARCHIVO MÁS COMPLETO DEL NORESTE NOVOHISPANO

La fuente histórica más extraordinaria sobre la muerte en el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala es un volumen manuscrito conocido como el Libro Número Uno de Defunciones del Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala. Su escritura resulta a veces difícil de interpretar: la premura de enterrar los cuerpos se nota en el trazo. En tiempos de epidemia, el registro se volvía un trámite rápido y escueto, impuesto por la larga fila de difuntos que esperaban sepultura.

EL COSTO DE DESCANSAR BIEN

Cuando el gobernador tlaxcalteca don Diego falleció en 1660, su entierro incluyó testamento formal, nueve misas rezadas, una cantada con vigilia y designación de albaceas. En cambio, un anciano tlaxcalteca del mismo periodo fue sepultado simplemente con una misa de limosna por su extrema pobreza; el acta así lo dice. Dos hombres, misma raza, mismo polvo, pero el estatus económico siempre marcaba precios y privilegios distintos.

Pero no todos podían pagar. En 1617, cuando murió el tlaxcalteca Simón Hernández en San Esteban, sus deudos cubrieron el costo de las honras fúnebres con tres pesos en efectivo y completaron la diferencia con unas gallinas que habían pertenecido al propio difunto. La muerte tenía su tarifa, y si no había efectivo, los bienes del muerto podían costear su propio entierro.

Un siglo y medio después, en 1789, la situación de Juan Antonio Ramos, vecino conocido en Saltillo como “el beato”, ilustra hasta qué punto podía el funeral consumir el patrimonio de una familia. Al morir, se vendió una casa de su propiedad ubicada en la calle de la Estación, hoy calle de Allende, a la altura de la calle Pérez Treviño, por cien pesos, todo para solventar el costo de su sepultura. Los deudos de Ramos destinaron el remanente a varias misas por las Ánimas del Purgatorio.

TESTAMENTOS Y CURIOSAS DISPOSICIONES

Los archivos notariales de Saltillo revelan que la muerte no era un asunto que se dejara al azar, al menos entre quienes tenían algo que disponer. A principios del siglo XIX, el rico comerciante Teodoro Carrillo, originario de Teocaltiche, Jalisco, según un artículo de la historiadora Guadalupe Sánchez de la O aparecido en el número 121 de la revista del Colegio de Investigaciones Históricas, poseía el mayor capital líquido de principios del siglo XIX, del orden de los 138 mil pesos. Carrillo se encontraba en una situación poco común: no tenía hijos ni herederos directos. En su testamento tomó una decisión singular: nombró a su propia alma como heredera universal. A la Iglesia le encargó la administración de esa posesión intangible, con la obligación de garantizar que se celebraran por él, nada menos que seis mil misas, una manera de comprar seguridad en el más allá con los recursos del más acá.

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La Gazeta del Saltillo, órgano oficial de difusión del Archivo Municipal de Saltillo, año II, número 6, conserva una referencia que, aunque el suceso ocurrió fuera de Saltillo, merece mención: la muerte de Carlos de Sigüenza y Góngora, uno de los intelectuales más destacados de la Nueva España, capellán y limosnero del arzobispo de México Francisco de Aguiar y Seijas, corrector general de libros del Santo Oficio y catedrático de la Real Universidad. Fallecido a finales de 1700, dejó instrucciones precisas para que, antes de ser sepultado en la capilla de la Purísima del Colegio de San Pedro y San Pablo de la Compañía de Jesús, en la Ciudad de México, los médicos le practicaran una autopsia. Su propósito era que los cirujanos examinaran la piedra que le había causado tanto sufrimiento en el riñón, con la esperanza de que ese conocimiento sirviera para aliviar a otros enfermos. El hallazgo reveló una piedra del tamaño de un hueso de durazno alojada en el riñón derecho.

EL PROYECTO FALLIDO DEL CEMENTERIO DE SANTA ANITA

A lo largo del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, la acumulación de cadáveres bajo los pisos y en los atrios de las iglesias se convirtió en un problema sanitario que las autoridades civiles y eclesiásticas ya no podían ignorar. En 1831 se realizó el primer intento formal de establecer un cementerio en la loma de Santa Anita, pero el proyecto fracasó por dos razones que los documentos señalan con claridad.

La primera fue de orden legal: existían litigios por la propiedad del terreno. La segunda fue de carácter sanitario y resultó determinante: se descubrió que de la loma brotaban manantiales que abastecían de agua potable a la ciudad, de modo que enterrar cadáveres ahí habría significado contaminar el líquido vital de la población. El proyecto quedó suspendido.

A estas dos razones documentadas cabría añadir una tercera: la fatiga. Imagínese cargar un ataúd por aquellas escalinatas de la pronunciada pendiente. Semejante esfuerzo bien podría haber ocasionado más decesos que los que se pretendía sepultar.

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LA INFRAESTRUCTURA DE LA MUERTE

Con las Leyes de Reforma de 1859, que secularizaron los cementerios y los transfirieron de la Iglesia al Estado, Saltillo desarrolló panteones municipales con mayor organización. El Panteón de Santiago y el de San Esteban se convirtieron en los principales recintos funerarios de la ciudad. Como suele ocurrir, el Ayuntamiento cargó con el muertito: la administración municipal debía lidiar no solo con los enterramientos cotidianos, sino con los problemas materiales que surgían inevitablemente en espacios concebidos para el descanso eterno.

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PROBLEMITAS COTIDIANOS, SOLUCIONES PRÁCTICAS

En febrero de 1920, J. Cárdenas Dávila, administrador del Panteón de San Esteban, envió una solicitud al presidente municipal pidiendo que se ordenara a Jesús María Rodríguez reparar la bóveda de su familia. El reporte indicaba que por las juntas entre los ladrillos se escapaban malos olores, lo que representaba un problema de higiene en el camposanto.

Un año más tarde, durante las obras de reforma en ese mismo cementerio, los ladrillos recuperados de las antiguas tumbas fueron distribuidos entre los vecinos. La medida permitió reutilizar materiales del panteón para usos domésticos, un aprovechamiento modesto pero que vino a aliviar la economía de varias familias de escasos recursos.

LA MOMIA DEL PANTEÓN DE SANTIAGO

Entre los episodios documentados de la historia mortuoria de Saltillo, quizá el más comentado en su momento fue el hallazgo del 1 de marzo de 1910 en el Panteón de Santiago. El administrador encontró ese día un cadáver en perfecto estado de conservación. Junto a la momia yacía otro individuo con un impacto de bala en el cráneo. La voz popular no tardó en construir una explicación: aquel segundo hombre era un criado fiel que, a la muerte de su amo, se había quitado la vida para seguir sirviéndole en el más allá. Ningún documento confirma esta versión, pero la historia circuló con la fuerza de las leyendas que llenan los huecos que la verdad no alcanza a explicar.

LA MUERTE EN EL SIGLO XXI

La historia de los camposantos de Saltillo no termina con el siglo XIX ni con las reformas del XX. En el Panteón de Santiago, los trabajadores que hoy recorren sus calles reportan encontrar con frecuencia objetos vinculados a prácticas de magia popular: frascos con alcohol que contienen fotografías, huevos, figurillas de cera, velas de colores. Son objetos depositados con intenciones precisas: atraer o retener parejas, resolver conflictos, invocar favores. El camposanto sigue siendo, para muchos, un lugar de mediación entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

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¿A DÓNDE FUERON A DAR LOS MUERTOS DE TRES SIGLOS?

A raíz de una conversación con mi amigo Haroldo Gutiérrez surgió una pregunta que ninguno de los dos pudo responder, y que el relato tampoco puede, pero que es necesario plantear. Si durante siglos los muertos fueron enterrados bajo los pisos y las calles aledañas a las iglesias que después se remodelaron, ampliaron o demolieron; si los soldados caídos en la batalla de 1847 quedaron bajo el pavimento de callejones y campos de cultivo que nadie volvió a abrir; si los panteones del siglo XIX fueron reformados y sus ocupantes reubicados sin dejar rastro, entonces la pregunta es inevitable: ¿a dónde fueron a dar los muertos de más de tres siglos de historia en Saltillo?

La respuesta es incómoda: en su mayor parte, no están en ningún lugar que pueda señalarse. Desaparecieron bajo la ciudad que los olvidó. No hubo preocupación sostenida, ni institucional ni comunitaria, por preservar los espacios donde reposaban. Las iglesias se reconstruyeron sobre sus propios muertos. Los cementerios se reformaron a toda prisa, sin inventario ni orden. Las lápidas, cuando las hubo, se perdieron, fueron robadas o simplemente reutilizadas.

Hoy, en el siglo XXI, la cremación generalizada amenaza con acelerar ese proceso de desvanecimiento. Sin cuerpo enterrado, sin lápida, sin la inscripción mínima que fije una fecha de nacimiento y una de muerte, la huella de los difuntos queda aún más atada a la memoria familiar que a la memoria colectiva. La memoria familiar, tarde o temprano, siempre se interrumpe. Cuando eso ocurre, no queda nada: la memoria deja de serlo y se convierte en otra incógnita sin resolver.

¿CUÁNTAS PERSONAS HAN VIVIDO Y MUERTO EN SALTILLO A LO LARGO DE SU HISTORIA?

Si pudiéramos reunir a todos los saltillenses que han muerto desde 1577, formarían una ciudad cuatro o cinco veces más grande que la que hoy habita el valle de Saltillo.

En los poco más de 449 años de historia de la ciudad, se estima que alrededor de 4 millones de personas han habitado Saltillo. De ellas, aproximadamente 3.2 millones han fallecido, y sus restos reposan en lugares inciertos: en el mejor de los casos, en cementerios conocidos; en el peor, en sitios olvidados o desaparecidos. Esto significa que por cada habitante actual existen cerca de tres saltillenses que ya no están, pero que también construyeron y aportaron algo a esta ciudad.

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Una sociedad que no sabe dónde están sus muertos tiene dificultades para saber de dónde viene. Una ciudad que no preserva los restos de quienes la edificaron, que no exige un lugar digno ni una inscripción mínima que diga aquí reposa, corre el riesgo de volverse, con cada generación, una ciudad sin memoria.

Fuentes consultadas para la realización de este relato: Archivo Municipal de Saltillo (AMS), Fondo Protocolos, Fondo Presidencia Municipal y Fondo Testamentos; Revista Coahuilense de Historia, Colegio de Investigaciones Históricas de Coahuila, números 102, 103, 108, 109, 113, 115, 116, 117, 119 y 123; Gazeta del Saltillo, AMS números 3, 7 (Año VI), 18 y 20; Gutiérrez Cabello, Ariel, Calles y otros lugares del Saltillo antiguo, Saltillo, 2023; Gutiérrez Cabello, Ariel El Libro Número Uno de Defunciones del Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, trabajo estudio inédito, 2024.

saltillo1900@gmail.com

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Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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