Los oficios que el tiempo se llevó: Del Saltillo antiguo a la ciudad moderna... una historia de trabajos olvidados
Este es un recorrido por los oficios que dieron identidad al Saltillo antiguo y que desaparecieron con la modernización, dejando su huella en la memoria colectiva de la ciudad
Mis padres tenían la costumbre de recordar su infancia con una mezcla de añoranza y asombro. Hablaban de precios que hoy parecerían irrisorios, hablaban de personajes urbanos, de las cosas simples que llenaban el día a día, de ese tiempo que aparentemente se movía más despacio. Con el transcurrir de los años entendí que no era solo nostalgia: era el registro de una ciudad que cambiaba y que, al transformarse, iba dejando atrás personas, oficios, sonidos y voces que un día simplemente dejaron de escucharse.
Yo mismo guardo uno de esos recuerdos con una nitidez que no termino de entender. Estaba en quinto de primaria en la escuela Anexa a la Normal. El salón quedaba en el segundo piso y por las ventanas llegaba, por las mañanas, una frase que al principio no entendía. Era un hombre que caminaba por la calle Colón cargando dos botes —esos que antes llamaban de cuatro hojas— colgados en los extremos de un palo que sostenía sobre los hombros. Gritaba algo que tardé en descifrar. Después supe que vendía barbacoa. La gente lo rodeaba, él separaba unas pencas de maguey y despachaba su mercancía ahí mismo, en plena calle. No lo volví a ver. Que yo sepa, ese oficio de barbacoero ambulante ya no existe.
Otro de esos personajes que el tiempo se llevó fue Teódulo, un tocinero al que mi padre recordaba con una admiración casi reverencial. Según él, nadie hacía el queso de puerco como Teódulo. Su especialidad lo convirtió en una figura buscada; la gente acudía a comprar tortas hechas con ese queso de puerco que él mismo elaboraba. Era ese tipo de artesano que no necesitaba anunciarse: el sabor del producto hablaba por sí solo. Esos oficios y muchos otros no desaparecieron de golpe. Se fueron diluyendo, reemplazados por otras formas de vender, de producir, de vivir.
Durante siglos, la economía de Saltillo se sostuvo sobre los hombros de hombres y mujeres cuyos trabajos definieron la vida cotidiana de la villa. Arrieros, molineros, curtidores, tejedores, jarcieros, talabarteros, zapateros: cada uno cumplía una función que hoy parece tan distante. Rastrear esos oficios no es solo un ejercicio de nostalgia; es una manera de entender cómo se organizaba la vida cuando no había electricidad, agua potable ni mercados establecidos.
Desde su fundación en 1577, Santiago del Saltillo creció como punto de paso entre la Ciudad de México y el norte de la Nueva España. Esa posición geográfica lo convirtió en un centro de distribución donde confluían mercancías, personas y oficios. El trigo que se cultivaba abastecía a Zacatecas y Fresnillo; la lana que cardaban los tlaxcaltecas se convertía en sarapes que viajaban cientos de kilómetros en todas direcciones. Para sostener todas esas actividades se necesitaba una cadena de trabajadores que hoy ha desaparecido.
Entre los primeros en establecerse estuvieron los molineros. Juan Navarro construyó los primeros molinos movidos por las corrientes que entonces atravesaban la villa y es reconocido como el primer industrial del noreste novohispano. El quintal de trigo saltillense llegó a cotizarse hasta en cuarenta reales en las minas zacatecanas, una cifra que habla por sí sola de la calidad y la demanda que generaba este preciado grano. Junto a los molineros trabajaban los arrieros, encargados de conducir convoyes de mulas y carretas cargadas de grano, ropa y mercancías por caminos llenos de peligros. Bernabé de las Casas llegó a enviar hasta veinticuatro carretas cargadas de harina hacia Zacatecas en una sola remesa.
Los artesanos se agrupaban en gremios bajo la protección de santos patronos. Los carpinteros no solo construían muebles: los maestros albañiles aplicaban su oficio a los templos religiosos que todavía dominan el horizonte del centro de Saltillo. Los herreros fabricaban desde herramientas de labranza hasta herrajes para carretas; sin ellos, la red de transporte que sostenía la economía regional no habría funcionado un solo día. Los sombrereros, los sastres y las costureras completaban ese andamiaje artesanal que vestía y equipaba a la villa. Los veleros y cereros elaboraban cirios y velas para el alumbrado y el culto; antes de la electricidad, la cera y el sebo eran insumos básicos sin los cuales no había misa ni tertulia posible después del anochecer.
Cuando los tlaxcaltecas llegaron en 1591 para poblar el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, trajeron técnicas de tejido que transformaron la economía local. Los obrajeros establecieron talleres donde se cardaba y tejía la lana de borrego para producir frazadas y el sarape de Saltillo, una prenda que con el tiempo alcanzó fama internacional. Hacia 1811 había unos sesenta telares en operación en la villa. Ya entrado el siglo XX, fábricas como El Saltillero, de Jesús Santos Barrera, El Artillero y La Favorita, uno de los últimos talleres grandes, localizado en la calle Bolívar, en el barrio del Águila de Oro, empleaban a decenas de tejedores y se habían convertido en uno de los atractivos que los visitantes nacionales y extranjeros buscaban cuando llegaban a la ciudad. Los telares y sus sarapes eran ya un símbolo de Saltillo. Ese oficio habría desaparecido del todo de no ser por la creación, en años recientes, de la Escuela del Sarape.
La industria del cuero tuvo un desarrollo paralelo. El barrio de San Crispín, localizado en la antigua calle de Arteaga, concentraba las tenerías donde los curtidores trataban las pieles aprovechando el agua de los arroyos de Guanajuato y La Huasteca. Otro famoso taller fue el de don Porfirio Valdés, donde se producía el llamado zapatón saltillense, un botín artesanal que se exportaba a distintas ciudades del país.
Los plateros y orfebres representaban el escalón más alto del trabajo artesanal: el que requería mayor habilidad y producía los objetos de mayor valor. El ejemplo más notable es el altar de plata de la Catedral de Santiago de Saltillo, dedicado al Santo Cristo y construido presumiblemente entre 1768 y 1777. La pieza llegó a recorrer el mundo cuando formó parte de la exposición México: Esplendor de Treinta Siglos. Es una joya de la platería novohispana y uno de los grandes orgullos de la artesanía local.
Pero había otra capa de oficios, menos visibles y por eso mismo más fáciles de olvidar. Los serenos recorrían las calles de noche, encendían las farolas y vigilaban los barrios cuando no existía ningún otro sistema de seguridad pública. Los pregoneros gritaban las noticias en las plazas antes de que existieran periódicos. Los barberos atendían a sus clientes al aire libre: además del afeitado, realizaban curaciones menores y sangrías, porque en una villa sin hospital, el barbero era también el primer recurso ante una herida o una infección.
La famosa Feria del Saltillo, que se celebraba en septiembre y a veces en octubre se instalaba frente al templo de San Esteban, concentraba durante unos días a comerciantes de distintos lugares que intercambiaban cueros, granos, lana y sebo por telas, especias y productos venidos tanto del sur como del norte. Pero la feria no era solo un encuentro comercial. En lo que hoy es la calle Ocampo, las atoleras y chimoleras despachaban tamales, enchiladas, atoles, dulces, pulque y aguas frescas, el chimol hoy lo conocemos aquí como una especie de pico de gallo, una mezcla picada de tomate, cebolla, cilantro y chile con limón y sal. Hay registros, también, del consumo de tejuino, una bebida fría de maíz fermentado con piloncillo, cuya presencia en la feria llama la atención dado su origen en el sureste del país.
Las noches se iluminaban con luminarias de ocote y sebo; la escasa luz que emanaba de los faroles permitía caminar por las calles de la villa con algo de certeza. Con la feria llegaban también los vendedores ambulantes, conocidos aquí como varilleros, que iban de pueblo en pueblo con sus mercancías sin establecimiento fijo. Eran figuras tan características del comercio regional como los arrieros o los curtidores, y desaparecieron al ritmo de este son.
Con el paso del siglo XIX al XX, esa estructura comenzó a desmoronarse. Fue una sustitución gradual, casi imperceptible para quienes la vivieron. El primer inmueble con elevador en Saltillo fue el Edificio Coahuila, y con él apareció un oficio breve pero memorable: el elevadorista. Era la persona encargada de operar la cabina, abrir y cerrar la puerta metálica, anunciar los pisos y, con el tiempo, conocer a cada ocupante por su nombre. El aparato, sin embargo, tenía sus propios caprichos: quedar atascado con gente adentro era una eventualidad suficientemente frecuente como para haber dejado más de una anécdota en la memoria colectiva de la ciudad.
Las centrales telefónicas empleaban a docenas de telefonistas, en su mayoría mujeres, que conectaban los cables manualmente para enlazar cada llamada. Cuando llegaron las centrales automáticas, ese conocimiento dejó de tener utilidad.
Los afiladores son quizás los que dejaron una huella más sensorial en la memoria colectiva. Recorrían las calles con un silbido característico que anunciaba su paso. Las amas de casa bajaban con cuchillos y tijeras, y en pocos minutos el afilador los dejaba como nuevos sobre una piedra de esmeril montada en su bicicleta o carrito. Aún hoy se escucha ese silbido en algún barrio o colonia, aunque cada vez menos, y cuando aparece produce una mezcla de extrañeza y reconocimiento que pocas cosas modernas logran.
Los reparadores de máquinas de escribir tuvieron un fin más abrupto: en menos de una década, la computadora personal volvió obsoleto un oficio que requería años de aprendizaje. Muchos de esos talleres cerraron en los años noventa.
Lo que une a todos estos oficios, desde el escribano colonial hasta el reparador de máquinas de escribir, es que dependían de un conocimiento muy específico que no estaba en ningún manual y que se transmitía por imitación directa, de maestro a aprendiz, de madre a hija, de gremio a gremio. El sereno caminaba su calle; el telefonista escuchaba la voz al otro lado del cable. Eran trabajos que exigían estar ahí, en un lugar concreto, a una hora específica. Cuando esa presencia dejó de ser necesaria, los oficios simplemente se fueron.
Los libros y archivos del Archivo Municipal de Saltillo guardan registros de molineros, curtidores, arrieros y escribanos con nombres, fechas y montos precisos. De los afiladores y los lecheros quedan sobre todo la memoria oral y pocas fotografías sueltas que aparecen en álbumes familiares. Esa diferencia en el rastro que dejaron dice algo sobre qué y a quiénes consideramos dignos de documentar. Teódulo, el tocinero que deleitaba el paladar de mi padre, no aparece en ningún archivo. Tampoco el barbacoero de la calle Colón con sus botes de cuatro hojas y su pregón inteligible. Pero quienes los vimos guardamos el recuerdo con la precisión de quien sabe que fue testigo de algo que no va a repetirse. Igual que lo hicieron nuestros padres.